06 julio 2015

La princesa durmiente todo un éxito

A estas alturas, asombra todavía ala libertad, la absoluta libertad con la que se mueve Gonzalo Torrente Ballester por la literatura. La ficción noiene secretos para él, nada se le resiste, no queda sombrío rincón sin escudriñar. Sin duda su obra mayor ya está hecha, pero su pluma sigue brujuleando, marcando el norte de su literatura. 

En la impresionante scuadra de este marino ferrolano que hubiera gustado de tocar la gloria en la batalla de Trafalgar, hay varios buques insignias, pero también hay obras menores, de menor calado, hechas con diferente intención, con distinta ambición, pero no por ello hay que tenerlas en dique seco. 

Torrente tiene tanto oficio, el escribir en él es algo tan consustancial con su persona, que ningún género se le planta, con todo puede. La princesa durmiente va a la escuela es un pastiche, una suerte de cuento de hadas escrito hace cuarenta años, cuando no hacerlo era pecado. La rosa de los vientos es una inteligente opereta bufa, con ribetes zarzueleros y anacronismos balcánicos. 

Quizá nos lleve el viento al infinito es una estupenda narración falsamente tiquetada como novela de espías, que también lo es. A Torrente, además, le ronda el magín desde hace años encararse con una novela policíaca y seguro que se pone a ello un día de éstos. En este grupo de obras menores, de obras de género, de divertimentos, puede ser incluida su última novela, que no es una novela erótica, aunque se insinúe, y tampoco una novela histórica paródica, aunque lo parezca. 

Cronica del rey pasmado es una novela de humor, amena, divertida, inteligente y tan bien escrita como en Torrente es norma. Eso sí, sin complicaciones ni arboladuras.La anécdota es lineal. Un rey inexperto y pasmado, vive prisionero de la Corte, de la Iglesia y del Protocolo sin poder satisfacer uno de sus más fervientes deseos: ver desnuda a la reina. 

Con agilidad y garbo va moviendo Torrente el decorado, distribuyendo sus actores, usando su lenguaje, sin más intención que divertir, entretener. No se busque intencionalidad política, afán de denuncia, interés por deslumbrar con conocimientos históricos, ambición por poner en pie un pedazo de historia española. Nada de nada, solo pasión por contar, por escribir, por divertir. 

Al contrario que Filomeno, a mi pesar, Premio Planeta 1988, que resultó, a mi modo de ver, fallida porque repetía unas fórmulas ya gastadas en Javier Mariño y porque daba la impresión de que Torrente escribía con falsilla desganada, Crónica del rey pasmado está hecha sin falsilla, con lozanía, más bien. Al leerla se nota, cosa que siempre es de agradecer.

04 julio 2015

Carolina y Estefania de jóvenes fueron unas marranas

Las campanas de la catedral de Montecarlo repicarán el próximo mes de jimio por Estefanía de Monaco y su «príncipe azul», el hombre de negocios francés, JeanYves Le Fur. Por fin se casa la princesa. Su corazón rebelde ha sido conquistado por el más «serio» de sus innumerables pretendientes.

Al contrario del resto de los cachorros de la realeza europea, Estefanía de Monaco, benjamina de la casa de los Grimaldi, nunca ha hecho mucho caso del viejo dicho «noblesse oblige». Pareciera que a ella, el hecho de ser hija del Príncipe Rainero y de la ya mítica Grace Kelly, no la obligaba a otra cosa que no fuera rebelarse, divertirse, y en general, hacer lo que le viniera en gana. 

En su país, un pequeño principado que vive principalmente de sus casinos y de la imagen de su primera familia, nunca se le ha alabado por su tacto, dignidad, discreción y demás cualidades que se suponen esenciales en toda gran dama. A Estefanía se la ha crititicado, más bien, por los disgustos que ha causado a su anciano y conservador padre. De todos es conocido que Rainiero nunca ha visto con buenos ojos las aventuras en el mundo de la música, de la moda y de la perfumería de su hija menor. Y por lo que respecta a las aventuras de Estefanía en el mundo del amor, Rainiero se ha negado, por regla general, a recibir a sus múltiples pretendientes en el palacio de los Grimaldi en Montecarlo. Que se sepa, recientemente sólo ha recibido a uno, al productor de discos norteamericano Ron Bloom, gesto que inmediatamente puso en sobreaviso a los monegascos. 

Estos olfateaban ya un matrimonio en la catedral del principado, aunque el novio fuera un hippy cuarentón de origen judío, con coleta incluída. No era la pareja ideal para una princesa católica de 25 años y los fieles súbditos de Rainiero dieron un suspiro de alivio cuando apareció en escena el joven y apuesto JeanYves Le Fur, una especie de réplica francesa del italiano Stefano Casiraghi, marido sólido y convenientemente gris de la única hermana de Estefanía, Carolina. 

A todos ha tomado por sorpresa el cambio de tercio de la princesa rebelde, y nadie sabe cómo explicar este aparente caso de metamorfosis principesca. Pero todo parece indicar que por esta vez el amor ha logrado un milagro, aunque nadie sabe cuanto puede durar la conversión de Estefanía a la «normalidad».

02 julio 2015

El secreto de El Quijote

Encierra el Quijote un secreto? ¿Están escondidas en sus páginas terribles claves para la comprensión heterodoxa de la historia de España? El propio Cervantes habló en alguna ocasión del «ancho secreto del Quijote» y lo que aún nos maravilla es que a tantos años de su aparición y siendo la bibliografía sobre tan impar libro casi abrumadora, esté todavía por descubrir ese tan ancho secreto. Muchos, sin embargo, han sido los investigadores empeñados en descubrirlo. Pocos, preciso es decirlo, sus logros. Pero, a pesar de ello, la idea del secreto ha perdurado en todos los que se dedican a estudiar tan singular creación y muchos también han sido los que han dejado juventud y vida, y hasta la razón misma, tal y como le pasó al héroe de sus sueños, en intentarlo. 

Porque es lo cierto que cuando se ha releído varias veces esa prodigiosa historia, a uno le queda la lejana reminiscencia de que tras esos ingeniosos renglones un secreto, un profundo, un terrible secreto se enconde. Como en los espejos, es lo que hay detrás del Quijote lo que nos interesa.

Don Rufino Bonilla es hoy uno de esos alocados personajes que ha pasado sesenta años de su vida intentando desentrañar lo que Cervantes escondió en su genial libro. ¿Y qué es lo que ha descubierto el tan porfiado investigador?, se preguntarán. ¿Qué singular método ha seguido para dar con la difícil clave de tan trascendental secreto? Pues bien, la clave, para la singular cervantina, no es otra que la del anagrama. Un anagrama no es sino la transposición de las letras de una palabra o frase, de modo que resulta otra distinta. Y éste ha sido el método empleado. Transponer las letras de una frase y ver qué otra frase resulta. 

Y su resultado, a nuestro juicio, no ha sido estéril. Para el señor Bonilla se enceuntran en el Quijote cuatro fuentes de anagramas a investigar: los versos, los títulos de los capítulos, los entrecomillados y el texto narrativo propiamente dicho. De lo que podemos deducir que todo el Quijote es un inmenso anagrama, donde se esconde la protesta de Cervantes a los terribles hechos que le tocó vivir. Y por los anagramas ya descubiertos, podemos saber, según el citado invertigador, que siempre quiso una monarquía liberal y que luchó por ella con la pluma y con la espada, apoyando a don Juan de Austria y al desgraciado infante don Carlos, mandado a la muerte por su propio padre, como es sabido. 

Visto así, bajo este prisma del Cervantes conspirador y hasta revolucionario, la lectura del Quijote cobra una nueva, una inquietante, una apasionada reinterpretación, que hará correr nuevos ríos, inmensos ríos de tinta, tal y como siempre, desde su aparición, viene sucediendo. Vamos a dar algunos ejemplos. Cuando Cervantes dice en el prólogo a la primera parte, «y así determinó que el Quijote se quede sepultado en sus archivos de la Mancha, hasta que el cielo depare quien le adorne de tantas cosas como le faltan», es interpretado por el señor Bonilla «como la espera de Cervantes hasta que se conozcan los maravillosos anagramas, los cuales, sin duda, darán mucho que pensar, mucho que escribir y no poco que hablar» y que, a nuestro parecer causarán diversas emociones: asombro, entusiasmo, escepticismo, indignación y hasta temor. Antes que el señor Bonilla, otro curioso investigador del quijotismo sostuvo la misma tesis. 

Don Antonio María Rivero afirmó ante el asombro general, que la primera parte del inmortal libro estaba escrita en clave y en forma anagramática, como la contestación del falso Quijote atribuido a Avellaneda. Es decir, existe ya una asombrosa tradición en este tipo de investigaciones.

Hemos tenido la impagable fortuna de poder leer el primero de los tomos de la inmensa obra del señor Bonilla y nos hemos quedado entre sorprendidos y anonados. Ya el anagrama de «El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha», quiere decir: «No dí quejos de la honda Mancha. El genio litigó» y así se nos explica: Cervantes no pudo dar quejos a voz en grito, no pudo protestar como quisiera por la honda mancha que la inquisición estaba derramando sobre España, porque «silencian ala fuerza al que les conviene». El era consciente de la mancha, de la negra leyenda que estaba cayendo e iba a caer sobre todos los españoles y para denunciarles litigó genialmente con este libro de doble lectura. ¿Es esto cierto? ¿Puede ser correcta esta interpretación tan radical de Cervantes? 

Lo ignoramos. Pero a veces no importa tanto que la lectura de un texto sea cierta, siempre que sea certera. El hondo secreto del Quijote, según nuestro paciente investigador, nos revela a un Cervantes en lucha contra sus muchos enemigos que eran también los de la España del futuro: el rey Felipe II, al que llamó loco y titán. La intrigante princesa Eboli, al servicio de Roma. El traidor Antonio Pérez. El mendaz y encarnizado anticervantista Lope de Vega y, sobre todos ellos, la Inquisición a la que, amante de la libertad de conciencia, odió Cervantes con toda su alma. 

Por otro lado, se nos aparece un Cervantes partidario y luchador por una monarquía liberal, seguidor de don Juan de Austria y convencido de que el infante don Carlos supondría una vuelta de tuerca a la negra España que presenciaron sus inquietos e inquietantes ojos. Aquella España cuyo rey «a tanto poder llegó y con tal extremo que fue el espantajo y el coco del mundo. Tuvo que vivir de loco, y tuvo que morir de cuerdo. A su muerte, que no se recuerda otra igual, todo el mundo vivió días felices. Hacen de la muerte ventura», según uno de estos anagramas.

Ignoro el éxito de esta nueva y sugestiva interpretación del Quijote, pero me felicito de que pueda remover las aguas tan quietas y estancadas del cervantismo en España. Ortega habló una vez de la espera de Cervantes en los prados Elíseos, «tranquilamente esperando que le nazca un nieto capaz de entenderle». ¿Ha llegado ya ese momento? El tiempo, como tantas otras cosas, desocupado lector, nos lo dirá.

30 junio 2015

Cuando la princesa Estefanía de Mónaco era cantante

La princesa Estefanía de Mónaco contraerá matrimonio el próximo mes de junio en Montecarlo con el francés JeanYves Le Fur. El anuncio del compromiso oficial, confirmado ayer por el servicio de prensa del Palacio de Mónaco, se efectuó en la noche de ayer en una fiesta privada que ofreció la pareja en el restaurante parisino «Le Télégraphe». La princesa reservó para la ocasión un salón para recibir a una cincuentena de amigos. La noticia fue publicada ayer en el diario regional francés Nice-Matin. 

El servicio de prensa del Principado, que no ha publicado en esta ocasión ningún comunicado oficial, se negó a dar más detalles sobre los esponsales de la princesa. Al parecer, ha recibido la consigna de confirmar la noticia ante los numerosos periodistas franceses y extranjeros que llamaron ayer al palacio. 

No obstante, según fuentes oficiosas monegascas, la celebración de la boda podría tener lugar durante la tercera semana del próximo mes de junio en Montecarlo. Estefanía, de 25 años e hija menor del Príncipe Rainiero de Mónaco, conoció a JeanYves Le Fur, de 26, el pasado mes de septiembre. 

Tras romper con su último novio, el productor norteamericano Ron Bloom, Estefanía se dejó ver en compañía de JeanYves en diversos actos oficiales. El futuro marido de la «princesa rebelde» dirige una sociedad inmobiliaria en París y es hijo de un conocido arquitecto francés.

El anuncio del compromiso oficial de la pareja no hace sino confirmar los insistentes rumores que circulaban desde hace unas semanas en la prensa del corazón sobre la aceptación de Rainiero de Mónaco a Jean-Yves como futuro yerno. La presencia del novio de Estefanía junto a la familia Grimaldi en el VI Festival de Magia, celebrado recientemente en Montecarlo, se consideró como el reconocimiento oficial de sus relaciones. Le Fur, serio y prestigioso hombre de negocios, deportista y con una sólida posición social, ha gustado a Rainiero. 

Hasta ahora, el príncipe no había visto con buenos ojos ninguna de las numerosas relaciones que su hija menor ha mantenido hasta comprometerse con Le Fur. El rubio Mario Oliver, con quien Estefanía salió durante dos años, nunca fue recibido por el príncipe a pesar de los intentos de su hija y de los rumores de boda que circularon durante una buena temporada. Su oscuro pasado, su fama de noctámbulo empedernido y sus actividades empresariales al frente de una discoteca en Los Angeles (EEUU), no convencieron a un Rainiero que ya había sufrido bastante con las alocadas aventuras y el fracaso matrimonial de su hija mayor Carolina. La esperanza de Rainiero es que el matrimonio de Estefanía traiga la estabilidad y el equilibrio a la agitada vida de su hija. Estefanía de Mónaco ha resultado ser una princesa muy poco convencional. 

A sus 25 años ha revolucionado el Gotha (libro de la «sangre azul») viviendo su propia vida, ajena a protocolos e indiferente a los escándalos que ha provocado. «No tengo porqué justificarme. Mis elecciones y decisiones me pertenecen y asumo mis errores», ha declarado en varias entrevistas.

Después de haber lanzado una línea de bañadores, la «princesa rebelde» decidió grabar un disco y entró en la lista de «hit- parades» con la canción «Huracán». También ha creado un perfume que lleva su nombre, «Stephanie», y parece decidida a iniciar la carrera cinematográfica. Lejos de los «paparazzi» y de la expectación que causa su sola presencia en cualquier país europeo, Estefanía ha vivido en Estados Unidos como muchas jóvenes de su edad: coleccionando romances y sin importarle los escándalos. Las imágenes de la princesa tomando el sol en «topless» o en actitudes algo «ligeras» con sus novios se convirtieron en algo casi habitual en la prensa europea. En Mónaco, sin embargo, causaron más de un disgusto. La «princesa rebelde» parece, por fin, decidida a sentar la cabeza.

28 junio 2015

Cuando Sara Montiel vendía castañas

Castaña «gorrinera»: dícese de la castaña de sucio aspecto y mucho peor sabor, alimento ideal para los cochinos. O sea, la que nunca metería en un cucurucho Pepe Jaraíz Serrano, casado con Antonia, padre de ocho hijos. Medio siglo detrás de la «nafre» de hierro donde saltan alborotadas las castañas. Su puestecillo, en plena Gran Vía, es la discreta ventana que quisieran tener todos para saber qué se cuece en la calle. «Aquí compraba castañas Antonio Machín cuando trabajaba ahí, en Jacometrezo. 

También eran clientes Pemán, la Sara Montiel y el mismísimo Enrique Tierno». Pepe, madrileño hasta la médula, habla arrastrando las letras con ese deje castizo, medio «cheli»: «¡Al casssstañero, casssstañas! Que es como decir: A mí me la vas a dar tú, con todo lo que he visto». Doce horas en la calle, seis o siete días a la semana, cerca de cincuenta años... (Castaña «enterrá»: dícese de la castaña que se cae del árbol y se entierra para que se conserve. 

Todo un incordio eso de quitar la arena) De la mano de su madre, la castañera María, Pepe ha recorrido el centro de Madrid de esquina a esquina: «De la calle del Pozo a la de la Cruz, y de allí al callejón de Cádiz y al de Barcelona, que es donde se cocía el estraperlo». Y así hasta llegar a la calle José Antonio, justo al pie de los popularísimos billares Callao. Después de 30 años, él sigue en su sitio con bastantes canas más. A sus espaldas, Raúl Sender se autoproclama ahora «el rey de la Gran Vía» en los luminosos de Xenon Music-Hall.

«Fíjate, me acuerdo cuando estaban a peseta la docena. Era después de la guerra y había mucha hambre. También se vendían entonces las famosas "chuletas" de huerta... Ya sabes, las patatas asadas». «Ahora la gente se queja de lo caras que están. Aquí las vendemos a 125 pesetas la docena, pero vete por ahí y pregunta: los hay que las venden a 150».

(Castaña «injerta»: abombada, fresca, de cáscara resplandeciente y carne jugosa. La castaña ideal, la que siempre hará volver al cliente). Pepe, que vende hasta 50 kilos los sábados y domingos, sabe cómo no defraudar a los suyos. «Me las traen de Avila, bien gordas y bien caras también». Otro de sus secretos es el carbón de encina, que despide un calor hogareño, insustituible. «A mí me vinieron con el rollo del butano, pero yo me negué de plano. Les dije: "Si esto pega un «pedo», el primero que salta por los aires es un servidor. 

Y ya saben aquello de que salvándose el señor se salva su mejor amigo». «¡Chestnuts!, ¡Chestnuts!». Pepe está convencido de que el grito que por estas fechas invade las calles de Londres fue importado directamente desde Madrid. «Según tengo entendido, fueron los españoles que se fueron de aquí quienes lo pusieron de moda». A ratos perdidos, este artesano de la calle enseña también lo suyo a los japoneses y filipinos que acuden como abejas a su puesto. «Los extranjeros vienen y miran debajo de la nafre para ver de dónde sale el calor. Yo les digo que viene de la tierra, del metro. Je, je».(Castaña pilonga: dícese de la castaña seca, monda y lironda, dura como una piedra, sabrosona y dulce). «¡Que si me gustan a mí las pilongas! Mira, mira, por ellas me he quedado sin dientes». 

Pepe, en la Gran Vía; la Cari, en Tirso de Molina; la señora Amparo, en Cuatro Caminos... Nombres que son ya casi leyenda, como el de la señora Consuelo, sesenta años en Princesa, esquina Altamirano: «Ya me conocen hasta las piedras». «Sigue habiendo tantos puestos como antes, pero la mitad están cerrados. Se los dan a parados y luego no tienen ni tiempo... ¿Castañeras, castañeras? Debemos quedar cuatro o cinco?».

A Consuelo, 74 años y tres bisnietos, se le ha amoldado el cuerpo a las exiguas cuatro esquinas de su puesto. Ella es de las que decidieron abrir las puertas al gas butano: «El sabor no cambia, nada. Al revés, con el butano se mantiene siempre la misma temperatura. Además, no estaba yo como para andar agachándome cada dos por tres». Y lo dice con una sonrisa en la boca que la rejuvenece un puñado de años. 

Casi tantos como los que tiene Angel Machuca, asalariado de la castaña. A sus 46 años, sin ningún trabajo a la vista, Angel decidió pasar el otoño paleta en mano, ayudando en el puesto de un amigo. «Oiga, ¿me da dos duros de castañas?». La señora, con aire despitado, ya le ponía a Angel las diez pesetas en la mano cuando se encontró con la fatídica respuesta: «Lo mínimo son 20 duros, señora». «Así todos los días, se llevan cada chasco... Si nos las siguen vendiendo como el oro, el año que viene estarán a 150 la media docena. Así no hay quien compre». El puesto de Angel, en la plaza de España, está abierto entre diez y doce horas. 

Pero los fines de semana toca guardia: «Eso sí que es negocio. Salen de las salas de fiesta a las cuatro de la madrugada y les apetece algo calentito. Se ponen las botas».

La novedad de la temporada se llama «mogollón»: nada menos que 500 pesetas de castañas, un cucurucho gigante donde entran ni se sabe cuántas. «Lo compran sobre todo las pandillas de estudiantes o de noctámbulos, pero lo que sigue mandando es la docena. Yo tengo preparados ya los cucuruchos, bien colocaditos y sobre la lumbre». A Pepe Jaraíz, el castañero por excelencia, le parecen un camelo ésta y otras moderneces: «Que se cuenten las castañas una a una y que se vean todas, bien hermosotas». «Que no me vengan ahora con la gaita de un sindicato de castañeros o queriéndome quitar el puesto». 

«Que yo me me he ganado esto con muchos sudores y aquí me quedo, con mi "burra"». Y en su «burra» trabajan también su mujer y algún que otro hijo. Así, por lo menos, puede regalarse el lujo de dar un paseo de cuando en cuando. Aunque sea para acercarse al banco y dejar el dinero. Pepe se pierde en los túneles del metro de Callao mientras intenta recordar socarronamente aquel dicho que le escuchó alguna vez a su madre: «Lo que yo saco con castañas, mi marido lo pierde con el nabo. O algo así».

26 junio 2015

El rey Miguel de Rumanía y su cara de asesino

La última vez que ví al rey Miguel de Rumanía, hace cuatro años, aconteció una pequeña anécdota que en estos momentos torna para mí un especial significado. Su Majestad vive en un sencillo chalé, parecido al de tantos otros de sus vecinos, en la localidad suiza de Versoix, a una decena de kilómetros del aeropuerto de Ginebra. La conversación -privada- con la familia real se prolongó, y de repente reparé que iba a perder mi vuelo de regreso a Madrid. 

Como tenía que estar inexcusablemente al día siguiente en España, expuse que debía abandonar la reunión e intentar llegar al aeropuerto, para lo cual había que solicitar un taxi. 

«No se preocupe -me contestó el rey, al verme apurado- mi hija menor le acompañará. Y seguro que llega a tiempo. Ya ve que vivimos casi al lado del aeropuerto. Por si llega el caso...» Acabé, por cortesía, la frase: «Por si llega el caso de volver a Bucarest». Sonrió melancólicamente: «Sí. Por si llega ese caso». Pues el caso ya ha llegado. Leo en un periódico de Madrid -escribo el martes 26- que ayer, día de Navidad, el rey Miguel, acompañado de su esposa, Ana de Borbón, asistió a una función religiosa en la iglesia ortodoxa más cercana a su residencia. 

A mi modo de ver, hubiera tenido que asistir al oficio celebrado en la catedral de Bucarest. Hace cinco días, la reina Ana encabezó a un centenar de manifestantes que clamaron ante la embajada rumana en Berna por la libertad. Hace tres días, fue la princesa Margarita, la propia hija mayor del rey Miguel, quien encabezó otra manifestación.

En sus últimas declaraciones a la prensa, el mismo rey Miguel, pocas horas antes de la caída del clan Ceaucescu, subrayó que la situación no podía continuar y que él estaba dispuesto -como siempre lo había estado desde su forzada abdicación, en 1947- a servir a su país. No dijo a reinar, ni a ocupar un puesto cualquiera en el gobierno de una Rumanía libre. Dijo «a servir». Por eso me extraña que el rey Miguel no haya tomado un avión en el aeropuerto vecino para presentarse en su país. Quizás altas razones de Estado le obliguen a esperar. 

Quizás no pocos rumanos le hayan recomendado calma. Me he fijado que muchos de los integrantes del gobierno libertador pasan de la cincuentena. Ellos, o sus padres, recordarán sin duda que, si bien un retorno de la monarquía al país balcánico no es asunto prioritario, Miguel I -el más antiguo de los exiliados rumanos- representa, en estos momentos de ausencia de legitimidad política, un poder histórico que fue obligado, bajo presión de las bayonetas soviéticas -y esto es literalmente exacto- a alejarse de la Rumanía construida por su dinastía, con el pueblo, en menos de cien años. 

Porque Rumanía -pocos los recordarán- se emancipó del yugo turco con un príncipe de Hohenzollern-Sigmaringen, predecesor de Miguel, a su frente. Un príncipe alemán que el país balcánico eligió precisamente para que representase a una realeza de cuna indisputada ante las grandes familias autóctonas que se hubiesen despedazado entre sí en el caso de que cualquiera de ellas hubiese primado sobre las demás. 

Miguel I, que en el exilio ha mantenido siempre la más perfecta dignidad y corrección, tiene el mismo derecho que cualquier otro exiliado a regresar.

Quienes le admiramos y le queremos -aunque no caigamos en la cortesanía- confiamos en que su aparente duda en estos momentos críticos se deba a razones de Estado que se nos escapan (aunque resulta significativo que el nuevo país haya sido rebautizado simplemente Rumanía y no República de Rumanía). 

Mi amiga rumana Nicoleta Franck, una de las mejores periodistas de su país en el exilio, me comentó en cierta ocasión: «Ceaucescu ha intentado borrar hasta el recuerdo de nuestro rey. Han sido suprimidos en los libros de textos escolares las referencias a su reinado y los de sus antecesores, como si no hubiesen existido. Pero es dudoso que los rumanos hubiéramos conseguido la unificación si no hubiésemos contado con la conciencia que ellos nos dieron de la fuerza que significaba la unión de todas las provincias. 

Ceaucescu ignora que no se pueden borrar cien años sin que la historia se vengue». La historia se ha vengado. Y la historia exige ahora que Miguel cumpla con su deber, como rey o simple ciudadano. Le tocó reinar con los nazis y con los comunistas. Se deshizo hábilmente de los primeros -hecho que el elemento ultra, vencido en la guerra, jamás le ha perdonado- y tuvo que contemporizar con los segundos hasta que no pudo mantener la independencia de la corona. En su exilio, Miguel ha sido un testigo acusatorio de la dolorosa servidumbre a que su pueblo se vio reducido. 

Primo hermano de nuestra reina doña Sofía -como hijo de Elena de Grecia, hermana del rey Pablo-, el antiguo monarca rumano tiene ahora la obligación de cooperar, desde la propia Rumanía, como uno más entre sus compatriotas distinguidos, a la reconstrucción del país unificado antaño por sus antepasado y destruido por la tiranía. ¿O acaso será que el rey no se fía del nuevo gobierno porque teme que, como decía el protagonista de El gatopardo: «Algo ha de cambiar para que todo siga igual»?

24 junio 2015

Hohenlohe la vieja aristócrata glamourosa

Existe un apellido en Marbella que con sólo decirlo representa respeto, glamour y actitud emprendora. Ése es Hohenlohe. No en vano a esta vieja estirpe aristócrata se le adjudica el acierto de haber apostado por el pueblo costasoleño cuando éste era apenas un varadero de pescadores y no una red imantada de fortunas planetarias. El más conocido de sus miembros fue Alfonso de Hohenlohe, que catapultó la repercusión mediática de este destino turístico situándolo en el mapa mundial desde una base de operaciones llamada Marbella Club.

No fue este emplazamiento hotelero, por el que pasaron famosos de todo el mundo durante décadas, el único negocio certificado con el escudo de armas de la familia (veáse por ejemplo también el Sanlúcar Club de Campo) y que resultó felizmente exitoso con los años. En este caso se recuerda el de los vinos de Parchite (Ronda) del Cortijo de las Monjas, en los años ochenta, cuando el príncipe teutón se afanó por desarrollar tintos, en una tierra andaluza donde nunca antes habían triunfado este tipo de caldos. El tiempo le dio la razón y hoy día Ronda, por su especial orografía, tiene decenas de ‘chateaux’ que funcionan con gran predicamento comercial, sobre todo en el extranjero.

Este éxito promotor no ha eximido nunca a los Hohenlohe de una doble faceta descrita magistralmente por Óscar Wilde en su comedia La importancia de llamarse Ernesto, donde un mismo personaje, en este caso perteneciente a una misma saga familiar o del mismo apellido, interpretaría la honestidad, la discreción y el trabajo, y otro el faranduleo y la crapulamanía más irrredenta. Así llegados a esta segunda década del siglo XXI el apellido Hohenlohe ha perdido distancia con la promoción de esta tierra pero no descendientes que siguen llevando estas bipolaridades por bandera.

De hecho Sandro Gamazo, sobrino nieto de aquel Hohenlohe inquieto que revolucionó la Costa del Sol, quiere recoger ahora el testigo de su carácter emprendedor y en el pueblo limítrofe de Istán, donde conserva la finca de Los Llanos de Belvís, introducir el primer aceite ecológico del litoral, sacado de unos olivos de una variedad genuina y no catalogada que rodean su espectacular palacete. El nombre de esta marca vendría prestigiado de fábrica con referencia a su bisabuela ‘Piedita’, condesa de Belvís de las Navas y llevaría el nombre de Belvís de las Navas.

Conseguiría con ello consagrar un apellido con empresas ajenas a la promoción inmobiliaria o automovilística, y desmarcarse de primos tan habituales en las noticias de sociedad y de la frivolité como su primo Hubertus Hohenlohe que lo mismo se gana las portadas de todo el mundo por fotografiar a una modelo libanesa desnuda en los Juegos de Invierno de Sochi, que es cantante pop en Austria o único representante del esquí alpino de México.