19 noviembre 2014

El infierno está aquí y yo sin saberlo

El pasado miércoles el infierno estableció sucursales en los estadios de diferentes clubs de fútbol europeos, o así, al menos, fue detectado por los locutores deportivos de televisión en masa. El estadio del Manchester era un infierno, el del Kaiserlauten era un infierno, el del Stutgart era un infierno, de pronto todas las canchas donde jugaban equipos españoles eran un infierno, y, bueno, será cosa de celebrar que por una vez los comentaristas del ramo acordaran ir tan de consuno en sus interpretaciones simbólicas. 

Ahora bien; los destellos de talento individual también iluminaron el miércoles europeo, de modo que no todo fue una repetición obsesiva de infiernos. Talento individual, pero sobre todo vasta cultura, lo que exhibió un locutor de Telemadrid que, ante las facilidades que daba en defensa el Stutgart ante el Osasuna, ahuecó la voz y soltó, grave y enfático: «No se las ponían así ni a Felipe II». 

No, señor; ni a Felipe II, ni a Witiza, ni a Carlos IV, ni a los Reyes Católicos, ni al mismísimo Carlos II, El hechizado. El Stutgart se las ponía al Osasuna, ciertamente, de una manera alucinante. Por fortuna, los presuntos infiernos quedaron, tras el juicio de los 90 minutos sobre el césped, en simples y casi confortables purgatorios, y el infierno de verdad, el infiernoinfierno, radicó, como todas las semanas, en la horripilante programación de todos los canales. 

Entre las abrasadoras llamas de los Pasa la vida, Chicas de hoy en día, Qué gente tan divertida, Un, dos, tres, Taller mecánico, Farmacia de Guardia, No te rías que es peor, Tutti frutti, La ruleta de la fortuna y demás monstruosidades salidas del estro humano, sólo unas pocas referencias al humilde paraíso de lo bien hecho, de lo bien urdido. Se conservaba aún, cálido, eI recuerdo del excelente informativo especial de La 2 con motivo de la Conferencia de Paz (Ana Blanco, perfecta; Pablo Irazazabal, también), así como ecos de risa que venían rebotando del A ver, a ver, de Martes y Trece. 

Pero la semana, como muy bien detectaron los comentaristas del eurofútbol, se recocía en las calderas del Averno, y sólo un maravilloso reportaje sobre gatos en el mediodía de La 2, mientras el resto de emisoras vomitaba culebrones, rescató al feliz espectador que recaló en él de la ardentía donde se achicharran eternamente las presas del Maligno. El infierno existe, y no estaba en Manchester, ni en Stutgart, ni en Kaiserlauten, sino aquí, en la pantalla, y más, definitivamente, cuando salió la sangre de Favio Moreno, el niño chico asesinado en Erandio.

17 noviembre 2014

La marcha de la bella Francine

Prueba irrefutable de que lo bueno y lo malo habitan juntos es que, de pronto, se acaban los espeluznantes programas de verano y, simultáneamente, se nos va Francine. Mucho es el júbilo que produce el deceso de esas monstruosidades desde Palma, o desde el Parque Acuático, o desde La Toja, o desde Marbella, pero mucha, también, la aflicción que provoca la marcha de la bella Francine, cuyos pequeños dislates se diluían en un rostro enteramente humano. Sin ella, la actualidad de los fines de semana volverá a ser insoportable, por mucho que sea recitada por alguien con una prosodia perfecta. 

A Francine la envían a un programa de actualidad cinematográfica, y a Jordi González, que es un chico que lo ha hecho bien en La Palmera, uno de los pocos engendros estivales que se salvan de las llamas justicieras, no sé donde piensan mandarle. Jordi, que aportó al medio la figura del presentador humano, que lo mismo se cabrea y es antipático como, al rato, se vuelve cariñosísimo y encantador, merecería seguir acompañando a la gente en otoño, y a poder ser con ese colaborador tan bonancible y entrañable que presenta baratijas de plástico y menudencias de la vida cotidiana. De todo el basural televisivo del verano, es seguro que nada quedará en la memoria, ese depósito invisible que disuelve, como todo el mundo sabe lo que le dislacera. 

¿Cómo podría recordarse, por ejemplo, el De carne y hueso de la señorita Larraz? ¿Cómo podría vivirse con el recuerdo, en verdad calcinante, de Caliente? ¿Cómo volver a sonreír tras lo visto y oído en lo de Tal y Tal, cómo apartar de la mente esas sombras en tanga, esa celebración infernal del fascismo emergente? ¿Cómo afrontar el invierno con los ecos del pobrecito Viyuela atronando las meninges? El Señor hizo una gran cosa inventando el olvido. Lástima que lo que viene a sustituir todo eso, los nuevos programas, las nuevas series y los nuevos fichajes, parezcan eso mismo con algo más de ropa. 

El anuncio de la serie La chicas de hoy en día, que comenzará a emitirse el lunes en La 2, no parece que remita a un producto que, siquiera, justifique los dineros que ha costado, y el retorno del Jedi, perdón, de Bigote Arrocet, habla por sí sólo de lo que se avecina. Y eso por no hablar de El precio justo, esa tómbola infame que regresa. Sea como fuere, y aun con la posibilidad de que se deslice alguna novedad interesante entre tanta morralla, el otoño se presenta duro sin Francine. Ella era, dentro de la anormalidad del medio, lo más normal del mundo, era un trozo de amable realidad que se coló en el receptor durante algún tiempo.

15 noviembre 2014

Que perra han cogido los transexuales con querer casarse

Que manía le ha dado a los cerebros democráticos que planifican los cebos de los programas de televisión con pedirle a los espectadores su veredicto en todo tipo de debates. Los férreos principios absolutistas del despotismo ilustrado, el práctico pero excesivamente desvergonzado «todo para el pueblo, pero sin el pueblo» ha sido sustituido por una cómica urgencia en devolverle el protagonismo y la judicatura a la enfervorizada plebe, siempre dispuesta a marcar un coral número de teléfono y a testificar sobre lo sacro y lo humano. Resulta demasiado servil y cochambroso el afán de presentadores y directores de debates por convencer a sus abstractos mirones de que en su anónima boca está siempre la verdad. 

Mi permanente y lamentable ego-trip acostumbra a desinterarse de las opiniones de las mayorías silenciosas o bullangueras sobre el estado de las cosas, de las leyes y de la conducta de los personajes «trascendentes», pero en alguna ocasión sufre escalofríos o relajación cuando observa la creciente popularidad de monstruosidades legales o la buena salud de la tolerancia y de la sensatez. Al primer grupo pertenece la súbita adicción de mucha gente racional a que se restaure la pena de muerte o la necesidad del terrorismo de Estado, con axiomas tan fascistas y asnales como «el fin justifica los medios». 

Al segundo, el esperanzador veredicto de un setenta y tres por ciento de la clientela de Culpable o inocente, a favor del derecho de los transexuales a casarse, a comer perdices, a ser felices y a educar a sus hijos para el cielo. Me produce regocijada estupefacción que los ancestralmente marginados y los transgresores involuntarios sólo aspiren a la bendición ritualizada de esa sociedad que siempre les ha tratado como a monstruos de feria, su aspiración a integrarse en los valores burgueses, su deseo de asumir la condición legal de esos vecinos que siempre les han considerados unos apestados. 

El desprecio social no ha fomentado sus convicciones iconoclastas sino que ha aumentado su deseo de parecerse a sus inquisidores, de legalizar la unión con su pareja, de blanco y por la iglesia. Ambientando el coloquio de leguleyos, magistrados y psiquiatras en torno a la conveniencia de aceptar en el rebaño a aquellos desafortunados con alma y biología ferozmente enfrentadas, aparecen las patéticas declaraciones de varios transexuales sobre el calvario de su vida, los riesgos mortales que implica esa operación desesperada intentando, borrar sus huellas viriles, su deseo de adoptar a un niño, de que los otros les acepten como «normales». La encuesta telefónica no aclara si sus redentores les tolerarían como vecinos.

13 noviembre 2014

Las guerras democráticas son un bulo

Estados Unidos -me dice un amigo- nunca ha ganado una guerra después de 1945». Nunca la ha ganado -sostiene- porque es una sociedad democrática y porque, después del 45, las sociedades democráticas son sociedades de la comunicación democrática. Es el pueblo americano quien ha obligado a la paz a los generales enloquecidos que querían lanzar la bomba atómica sobre Corea, es el pueblo americano quien ha obligado a su gobierno a la rendición en Vietnam: un pueblo organizado por la información y escandalizado por los horrores de la guerra. Esta consideración -añade Paul Virilio- es aún más válida hoy día. 

Después de los años 50 y 60, la comunicación ha dado pasos de gigante: hoy la guerra se nos presenta en «tiempo real», el espectáculo televisivo nos hace partícipes de la tragedia. Una sociedad democrática no puede aceptar este tipo de participación, que implica una responsabilidad compartida en cuanto a los efectos y un delegar en cuanto a las causas, así como una inmediatez de la participación en el desastre y una irresponsabilidad espectacular. 

El «tiempo real» trastorna los mecanismos de la representación democrática, mostrando como realizado lo que debe decidirse realizar, volcando sobre los ciudadanos la responsabilidad de las monstruosidades que la guerra comporta y sobre las que ellos no han deliberado. El problema parece estar claro para los gobernantes americanos. Pocos días antes del inicio de la guerra, Neil Postman, profesor de «ecología de los medios» en la Universidad de Nueva York, se preguntaba: «¿Conseguirá lo imaginario, criatura exclusiva de la televisión, engancharse a la realidad tosca y durísima de la verdadera guerra sin hacer que estallen la cabeza y los nervios de la gente»? «¿Cómo será el momento en que la narración del «próximamente» se acabe, y se comience a combatir de verdad, se comience a morir de verdad?». 

A estas preguntas ya se ha comenzado a responder. Algunos han sostenido que sólo una anticipación imprevista y breve de la guerra, un «raid» velocísimo y triunfador, una «guerra israelí», podían garantizar que los mecanismos democráticos de participación y de representación no resultaran heridos por la decisión belica y por el conjunto de sus consecuencias. En este caso el peligro habría sido evitado, la comunicación envuelta por la brevedad y por la velocidad del acontecimiento y justificada por el inmediato éxito: una feliz operación de policía internacional. Pero ésta no ha sido la elección del gobierno americano.

Otros han pensado que la solución era la de mostrar una guerra «distinta», una guerra tecnológica, una guerra que se parece a una exploración espacial. Esta vía parece que es la seguida en las primeras semanas de la guerra por las televisiones de todo el mundo: una solución «protestante», un poco hipócrita pero sustancialmente correcta en las primeras semanas de guerra. En este caso el peligro ha sido evitado de nuevo, y la comunicación esterilizada, al mismo tiempo presentada y neutralizada. 

¿Pero, y después? ¿Podrá seguir funcionando este atajo cuando la guerra se convierta en lo que todos esperamos, una guerra de masas con infanterías diseminadas por las trincheras, soldados con título de enseñanza media, una familia en casa, en contacto constante, que lo sabe todo y que lo ve todo? ¿Podrá continuar esto cuando las imágenes de los cormoranes ahogados en petróleo comiencen a ser continuas, y al desastre de los hombres se añada el de la naturaleza? De nuevo el problema fundamental -el de la compatibilidad de la democracia con la conducción de una guerra moderna, total, tecnológica y de masas- volverá a plantearse. Queda una alternativa: la del bloqueo de la información, la de la transformación de la comunicación en propaganda. 

En esta dirección parecen haberse movido las jerarquías militares de todos los países, impulsadas por una «racionalidad instrumental» que aprecia sólo el modo relativo, y a veces mínimamente, las razones de la verdad y de la democracia. Pero contra esta decisión no es difícil prever -es más, ya comienza a verificarse- una fuerte resistencia, más que por parte de los órganos de comunicación, por parte de la ciudadanía democrática, en todos sus componentes. En efecto, el bloqueo de la información infringe los principios mismos de la democracia, y muestra las necesidades de la guerra como enemigas de la democracia. ¿Cómo se podrá ratificar la pretensión de reafirmar el derecho y la democracia allí donde los instrumentos para alcanzar el fin niegan el derecho y la democracia? Planteado en estos términos, el problema se abre a abismales interrogantes: ¿no podrá nunca una democracia moderna, fundada sobre la comunicación, afrontar y vencer una guerra sin recurrir a métodos que la deshonran, y ceder a una opinión pública sublevada ante el horror de la verdad y convencida de que el fin no justifica los medios? 

No es fácil, es más, parece irreal poder responder a estos interrogantes. Ello no quita que alguna indicación pueda ser formulada como respuesta. La primera indicación reside en insistir sobre el hecho de que la guerra, cada vez menos puede ser una solución aceptable para los conflictos que atraviesan el mundo, tanto entre naciones como en el interior de las naciones. Aquella solidaridad visiva que los modernos instrumentos de comunicación ofrecen a los ciudadanos del mundo, revelan una efectiva proximidad de los ciudadanos del mundo. 

La matanza indiscriminada de ciudadanos del mundo que la guerra moderna -total, tecnológica y de masa- provoca, la destrucción o la disminución de los recursos naturales que ésta necesariamente ocasiona, es en sí repugnante. La conciencia normal del hombre moderno, formado en la comunicación, rechaza la guerra como continuación de la politica. ¿Significará esto que es imposible reaccionar a los actos anti-jurídicos que ciertas naciones realizan? No, con toda seguridad no. Existen, efectivamente -y ésta es la segunda indicación-, la de que el derecho internacional sea igual para todos los sujetos, que en éste no se constituyan figuras privilegiadas o hegemónicas que se arroguen la predeterminación de lo justo y de lo injusto. 

Podemos, así, volver a las primeras observaciones de este artículo y considerar ahora cuán positivo es el hecho de que los Estados Unidos no hayan ganado ninguna guerra a partir de 1945. Esta constatación equivale a la constatación de que la opinión pública democrática, formada sobre la comunicación moderna, siempre ha vencido contra sus gobiernos, contra concepciones del orden mundial que nada tenían que ver con la restauración del derecho o con la fundación de la democracia.

Nuestro deseo es, así pues, que también en la guerra que hoy presenciamos en nuestras pantallas, y que afecta tan profundamente a nuestras conciencias, la democracia venza, que la comunicación no sea bloqueada, que la igualdad del derecho sea afirmada también en el terreno internacional. No es tarde para imponer las reglas de la democracia contra las de la guerra. 

Y es urgente hacerlo, de nuevo, continuamente, sin descanso. Un amigo, ante la televisión, observaba en estos días: «¿Por qué es tan complicado definir al enemigo, por qué no basta con una sola frase (como en los tiempos en que se decía "defensa de la libertad y de la democracia") para describir lo que está sucediendo en el Golfo?». La respuesta es simple: antes de definir al enemigo, en la democracia de la comunicación, tenemos que definir al amigo. El amigo es la democracia, y cualquier cosa que vaya en su contra, incluso los instrumentos y la propaganda de la guerra moderna, eso es nuestro enemigo.

11 noviembre 2014

Lo que no sabías del comercio de las armas

Un informe de los obispos de la Iglesia de Inglaterra anunció la guerra de la Iglesia. No se aceptaron por más tiempo sanciones piadosas... la intransigencia de Sadam... una guerra justa... fuerza mínima para alcanzar el objetivo... resolución de todos los problemas de la región... En mi Iglesia local, prediqué el otoño pasado sobre qué era la doctrina de la guerra justa. Mi presentación fue tan neutral -pensada para que la gente forjase su propio juicio- que algunos creyeron que estaba diciendo que la guerra para liberar Kuwait sería una «guerra justa».

El domingo después de comenzar la guerra, volví a hablar de lo mismo, dejando clara mi oposición a la guerra. No me di cuenta -quizá estaba demasiado influido emocionalmente para ser todo lo sensible que quería- pero no estaba preparado para ser llamado traidor (una afirmación pronto retractada). Presioné sobre la lectura del día, de Jeremías, haciendo notar que, también, fue acusado de colaboración con el enemigo. Hoy en día no hay profetas como en el Antiguo Testamento. Dije que sólo hay personas con opiniones. Pero corren tiempos en los que debemos decir lo que pensamos. Pienso que podemos encontrar una forma de convivir juntos durante la guerra. La gente puede dialogar en privado, pero quiere algo más, algo que les tranquilice, cuando oye el sermón. Pero dudo que pueda ofrecer esta tranquilidad durante una guerra que, me parece, no puede aportar nada bueno a su confort. 

Cuando la guerra se hace más dura, deben empezar a comprender por qué he compartido mis peores temores, por qué he elegido palabras como «desastre» y «locura total», y entender que esto no era un intento de minar la moral sino de subrayar la inutilidad de la guerra. Algunos todavía deben querer un líder como el Obispo de Oxford, que habla de un deber cristiano de «reforzar la resolución de las naciones para usar la fuerza militar antes que minarla cuestionándose la legitimidad moral de una opción militar». Pero, ¿es la habilidad para plantearse cuestiones sobre moralidad la primera baja que ha tenido la Iglesia en la guerra? 

Necesitamos agarrarnos al Evangelio de la paz, necesitamos trabajar con los textos santos que nos dicen: «El Señor es un guerrero que nos da la victoria» (lección de mañana del Antiguo Testamento), pero que nos ofrecen la oportunidad de poner la otra mejilla, renunciando a la espada de Cristo. Pero estamos en guerra y las pasiones se despiertan, y realmente parece ser demasiado tarde para los sermones, al menos mientras la precisión de los bombardeos» y «algún daño colateral» vayan negando las masivas bajas civiles. No puedo decir, como algunos esperan, que lo que creía ser falso el 14 de enero se hizo verdad el 16 de enero. Incluso con esto, sé que los argumentos para no ir a la guerra ya no se usan mucho ahora.

Ahora que ya está aquí, y hago circular impresos para la suscripción para la Campaña contra el Comercio de Armas, ¿quién va a unirse? Esta guerra, como la de las Malvinas, es una exhibición del comercio de armas, y todo el mundo quiere armas de gran precisión. Las llamadas armas de precisión quedan muy bien en la doctrina de la guerra justa: son discriminatorias, puedes hacer que apunten a objetivos militares y reducir las bajas civiles. Pero una vez que los traficantes comienzan a vender armas de precisión alrededor del mundo, éstas serán a menudo disparadas contra civiles. ¿Quién va a unirse a Amnistía? Todo el mundo ha visto el informe sobre el terror en Kuwait, y las lágrimas de George Bush. Pero Bush era director de la CIA, organización que publica manuales de cómo torturar para aterrorizar a los contrarios. ¿Dónde está Dios en todo esto? ¿Está todo en las manos de Dios? 

He oído esto mucho porque se rezaron muchas oraciones por la paz, y el hecho de que la guerra comenzase significa que es el deseo de Dios. Intento relacionar esto con la enseñanza de Jesucristo, y no lo consigo. Respuesta al estilo Barchester: «Jesucristo no tiene nada que ver con esto». Pero sí que tiene que ver. Dale Aukerman, en su libro Darkening Valley, presenta una letanía de monstruosidades antiguas y modernas, y concluye: «La pavorosa magnitud de estos horrores permanece como un misterio impenetrable a menos que lo concibamos a través del Hombre de Getsemaní y Gólgota». 

Ahora la frase de Bush «ningún precio es demasiado caro» es una fórmula para la monstruosidad como lo es la resolución de las Naciones Unidas que permite «todos los medios necesarios». ¿Qué quiere decir? ¿Armas nucleares? Quizá las iglesias puedan unirse en una única voz cuando llegue la oportunidad para el establecimiento de la paz, pero que contenga algunas concesiones. La versión de Kennedy era «ninguna carga es demasiado pesada para llevar», una frase tan dicha que al final sugiere un deseo de sufrir, que habla del calvario más que de Wall Street.

Los líderes de la Iglesia, persuadidos de lo que es la guerra por el precedente de Hitler más que la paz por el precedente de Cristo, deben declarar ahora que hacer una concesión que permita la guerra total puede ser la carga que deben soportar las .naciones unidas contra Irak. Los líderes de la Iglesia no necesitan la casuística de la «guerra justa». La Declaración de Independencia de América dirá: «La indistinta destrucción de personas de todas las edades, sexos y condiciones» es un precio demasiado caro que pagar. Y si las vidas humanas individuales no parecen en sí mismas suficiente causa para detener la guerra, puede entenderse que visto lo que hacemos al resto de sus hermanos, hacemos esto a Cristo. El es la víctima central, identificándose tanto con el soldado muerto como con el civil muerto. Esta no es una guerra santa. No es una guerra por Cristo. Es, como todas las guerras, una guerra contra Cristo.

09 noviembre 2014

Dónde está el Papa en las catástrofes humanas

EL Papa, que no ha dicho esta boca es mía en lo que llevamos de conflicto petrolero, ni siquiera en los momentos en que la escabechina parecía depender sólo de que algún imbécil uniformado se pusiera nervioso, no ha tenido empacho, sin embargo, en inaugurar oficialmente la demencial basílica de Yamusukro (7.363 metros cuadrados de vidriera francesa, 11.000 de mármol rosa italiano, 24.000 millones de pesetas) en el corazón del continente más pobre y hecho polvo del mundo. 

Felipe González, en cambio, sí ha dicho esta boca es mía, aunque no hacía ninguna falta, porque cuando a los pocos días de la invasión de Kuwait dijo que eso era un asunto interno, enseguida se notó que, efectivamente, era su boca, y no otra, la que decía semejante cosa. 

Ayer, casi un mes y medio después del inicio del conflicto del Golfo, el presidente tuvo, al fin, el detalle de comparecer ante los supuestos representantes del pueblo colocados en la Carrera de San Jerónimo, y aunque hubo sus más y sus menos, la cuestión quedó, una vez más, en una conversación de amiguetes. La situación en el Golfo, de momento, está en un impase, o, como se decía antiguamente, en un ni cenamos, ni se muere padre. 

Aunque nadie hizo caso a Gamir el otro día, cuando dijo en el telediario que lo ideal sería que la crisis se resolviera con una guerra corta, pero contundente, el espectro de la guerra sigue deambulando, siniestro, por los rincones del planeta, con la particularidad de que si se arma, algún pepinazo nos podemos llevar nosotros, vía Armada Invencible. 

El Papa disfruta en Yamusukro, González disfruta en el Congreso de los Diputados, Gamir. disfruta diciendo monstruosidades en la tele, pero el que más disfruta, con diferencia, es Narcís Serra, ministro del ramo, que se vistió de gran guerrero el otro día para visitar en alta mar la fragata y las corbetas. 

¿Que por qué disfruta tanto? Muy sencillo; porque ha conseguido hacer realidad el sueño de todos los mozos en edad de merecer la negra suerte del servicio de armas: hacer la mili de jefe. Y durante unas pocas horas nada más.

15 octubre 2014

Codigo descuento WIMDU

 Wimdu ofrece dormir en un castillo encantado o en el pueblo de Frankestein. ¡Muy terrorífico!. Además de tener para su clientela online códigos de descuento para Wimdu que te hacen un servicio.


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La cadena Iberostar por otro lado ofrece programación de miedo el puente de Todos los Santos en varios de sus hoteles de Andalucía y Mallorca, desde 49 euros/noche, con media pensión.

Una escapada para conocer los mejores balnearios de Karlovy Vary (que están en la República Checa) supone una inmersión en algunas de las mejores aguas medicinales de Europa, alojándose en palacios imperiales de postín. Desde 174 euros/ tres días.

La cadena low cost Travelodge se jacta de los precios más baratos. Su hotel Valencia Aeropuerto ofrece habitaciones desde 20 €, (oferta que también tiene Wimdu), como el resto de establecimientos que poseen en España, Inglaterra, Escocia o Gales. Eso sí, que el hospedaje sea entre el 22 y el 30 de octubre, muy limitado.

Dos amigos insatisfechos con "los caros y fríos hoteles" fundaron esta página en 2011 en Berlín la página de Wimdu. Hoy, ofrece más de 300.000 alojamientos, lo que indica que la clientela está satisfecha.

HouseTrip, nació en el 2009 con el objetivo de simplificar los alquileres y ser una alternativa económica a los hoteles.

A través de su página web, los usuarios pueden alquilar pisos o habitaciones a particulares en otras ciudades para, por ejemplo, sus vacaciones. El precio, normalmente, es inferior al de los hoteles.

15 millones de huéspedes han encontrado alojamiento a través de Airbnb, según los datos ofrecidos por la propia compañía.

34.000 son las ciudades en las que un usuario puede encontrar alojamiento en el sitio wed de Airbnb. Por países, la cifra es de 190.