29 septiembre 2015

Porqué hay algo en lugar de no haber nada??

Sobre la azotea de una casa de campo del Aljarafe, a eso de las dos de la madrugada, lindando con las marismas del Guadalquivir y sin urbanizaciones próximas, el esplendor de una noche de verano. La Osa Mayor ha girado, y no se encuentra ya en el lugar habitual cuando la miro poco antes de acostarme. 

Distingo las rutilantes cabrillas de las Pléyades, las joyas de Casiopea, el azul de Sirio y miles de luminarias cuyos nombres desconozco. Uno comprende enseguida la primera pregunta del primer hombre en filosofar: ¿Por qué hay algo en lugar de no haber nada? Excepto para la esquemática mentalidad del progre nutrida de lugares comunes que lo sabe todo, seguimos sin respuesta alguna. A lo más que se llega es a la formulación del físico John Wheeler: «Todo cuanto conocemos procede de un océano infinito de energía que tiene la apariencia de la nada». La física se vuelve mística.

Los astrónomos indagan desde hace tiempo en busca de un sol con planetas parecidos al nuestro, y ya sabemos que casi el 10% de las estrellas tienen un sistema planetario. Por desgracia, hasta ahora, los astros descubiertos o son muy grandes o muy pequeños; o tienen demasiada gravedad o demasiada poca; o carecen de corteza sólida, de agua o de aire respirable. La búsqueda es frenética, pues lo que se está buscando es otra vida en el espacio aunque sea microscópica; y no digamos nada si es vida inteligente. Tengo dudas de que tal descubrimiento vaya a producirse nunca, y una sensación muy fuerte de que los únicos seres inteligentes del cosmos somos nosotros.

Entre las miríadas de estrellas que miro desde la azotea siento al hombre solo y, en consecuencia, centro del universo. Centro, porque sin el hombre el universo no existiría al no haber nadie para mirarlo, astros muertos que nunca podrán ser vistos. De aquí, y no de otro sitio, el concepto de dignidad del ser humano; bien distinto de una bacteria, de una bestia, de un pingajillo perdido en un rincón de un espacio casual. Como diría Heidegger, el hombre al mirar sostiene la existencia dentro de la nada; salvo que, pienso yo, el hombre haya sido 'colocado' a propósito en esa centralidad.

Entonces, la vida inteligente una casualidad inaudita. Un rosario de casualidades que comenzó en el Big Bang: una mínima variación en las llamadas «constantes», una densidad inicial distinta de la que fue, un pequeño desajuste en la cohesión del núcleo atómico, una variación minúscula en la fuerza de la gravedad y el universo no habría existido. Luego, otra cadena casual, donde no debe faltar ni un eslabón, para la emergencia de la vida y de ahí al pensamiento. La probabilidad de la primera célula viva surgida del azar, calculan los biólogos, es del orden de 1 entre 10 elevado a 1000. O sea, imposible. Francis Crick, Nobel de Fisiología, descubridor del ADN, no acepta casualidades así. Después, más casualidades imposibles hasta alcanzar la inteligencia y las bases del progreso humano. 

Tan difícil que algunos sospechan que Prometeo no robó el fuego a los dioses, sino que fueron los rayos de Zeus y los volcanes de Hefesto quienes enseñaron el camino al hombre. Un regalo. De la primera candela encendida a la puerta de la cueva hasta la curación del cáncer, pasando por el petróleo, la penicilina y el descubrimiento de la electricidad, ¡qué de hallazgos casuales! Nuestro planeta parece un inmenso cofre del tesoro. Nada debería existir y, sin embargo, todo se encuentra.

Pero es hora de bajar del terrado de la casa y poner los pies en el suelo. Dentro de poco por el Este se levantará Venus, el lucero del alba, la estrella de Vandalia. Se acabaron las reflexiones que importan, para dar paso a una salvaje campaña electoral que en Andalucía puede durar hasta el mes de abril. Tosquedad, aburrimiento y mentiras.

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