25 septiembre 2015

Mirando a damas misteriosas

¿Qué miran? ¿Quiénes eran? ¿Quién las pintó? Sus bustos parecen danzar en el aire de pan de oro. ¿Bailarán chaconas y pavanas de moda en la corte? ¿De qué época se escaparon? En el Salón de Embajadores de los Reales Alcázares, encima de la serie de retratos reales, asoman unos rostros femeninos cuyo origen se desconoce. Doncellas, monjas, dueñas, beatas, cortesanas anónimas pintadas sobre el linaje de monarcas.

Esta galería de damas es uno de esos detalles que pasan desapercibidos al visitante, sobre todo, al paseante miope, incapaz de percibir con agudeza esos retratos minúsculos que adornan esta sala destinada a fascinar al forastero, a embajadores y cónsules de otros reinos. ¿Sería una galería en la que se presumía de las bellezas locales? ¿Por qué están estas damas sin nombre y, sin embargo, no aparecen en la galería de retratos las grandes reinas de España? Ni Isabel la Católica ni su hija Juana ni las más lejanas doña Urraca y doña Berenguela.

El Salón de Embajadores responde a la qubba musulmana. Al Mutamid lo incluyó dentro de las salas de las Pléyades y Pedro I lo incorporó con decoración polícroma de lujo. Participaron artesanos toledanos, nazaríes y sevillanos. En una de las inscripciones árabes se lee que este lugar es "semejante al crepúsculo de la tarde y muy parecido al fulgor de la aurora".

Sin embargo, esta galería de retratos de damas data de finales del XVI. Apenas hay documentación pero se sabe que el encargo de las damas pintadas en el arrocabe se hizo a Diego de Esquivel: "Treinta y dos medios cuerpos de figuras de damas en lugar de otros tantos que estaban pintados". ¿Qué pinturas eran esas que sustituyen? ¿Quiénes serían? ¿Eran personajes indignos de aparecer junto a los reyes de España?

Sigamos el rastro de Esquivel y de los maestros que se ocupan de las tareas de dorado y pintura en esta sala también llamada de la Media Naranja: Juan Bautista, Lorenzo Hernández, Blas Grillo, Alonso de Balderas y Francisco Muñoz.

Lo primero que sorprende es la calidad artística de los retratos de las damas. De hecho, están resueltos de forma más virtuosa que el de alguno de los reyes. ¿Por qué si se trata de personajes anónimos, de meros óleos de ornamentación, de bellezas sin nombre? Cada una de estas damas tiene su individualidad, su detalle en el peinado, en las joyas, en la mirada.

Y entonces surge la pregunta. ¿Qué sevillanas posaron para estos retratos? ¿Por qué ese interés en indidualizarlas? Estas damas atrapadas en los óleos para formar parte de esta memorabilia sevillana, este museo de recuerdos de la ciudad, pasearon por la Sevilla de 1599. Conozcámoslas...

Miremos hacia arriba para detenernos en cada una de ellas: las del paramento que da al comedor de gala, la sala de fumar, la galería de las doncellas y la sala de billar. Elijamos una al azar. Por ejemplo, la del arrocabe izquierdo del comedor de gala. Es la tabla 1C, según la terminología de los restauradores que en 2003 analizaron el estado de esta galería. La dama aparece con un tocado floreado, parece tener los ojos claros y serenos, como si la describiera Gutierre de Cetina en un verso. Lleva una ajorca de piedras de azabache y un cuello de encaje a la flamenca.

En el arrocabe derecho de la sala de fumar, en la tabla 9F, aparece una dama de más edad, una dueña de casa principal con gorguera a la española. Un rostro severo, de poder y como si controlara qué hacen las doncellas del arrocabe central de la sala de fumar, las de las tablas 2F y 3F. Una mira al espectador doblando dulcemente el cuello blanquísimo que asoma a través de un velo transparente. A su lado otra joven la mira llevando un collar con lunas invertidas. Ambas son rubias.

Y al pensar en estas bellezas se puede fabular con hipótesis que se adentran en el terreno de la ficción. Por ejemplo, por entonces era alcaide del Alcázar don Enrique de Guzmán, el conde-duque de Olivares, quien quizás ordenó a los pintores que retrataran a alguna dama querida. O tal vez el asunto lo sugirió el que era lugarteniente del edificio, Fernando de Porras, también poderoso veinticuatro de Sevilla.

Fabulando incluso se adivina la mirada lasciva del monarca godo Chidasvinto o Sancho I El Craso que parece ordenar a alguna que se dirija a su alcoba.

Sin embargo, la posibilidad de que hubiera algún guiño erótico a damas muy queridas por algún caballero principal se desvanece al contemplar el retrato de la dueña ya entrada en años que vigila la moral de las doncellas o el óleo de una monja, la dama 6C del paramento que da al comedor de gala. ¿Es una monja o se trata de una dama tan recatada que la toca le cubre todo el cuello y casi entero el rostro? El detalle delicioso son sus anteojos. 

Sin duda, sería una de esas damas sabias tan caricaturizadas por el teatro del Siglo de Oro o condenadas por la Iglesia. ¿Quién sería esta ilustrada con quevedos? ¿Se hizo monja sólo para no estar bajo autoridad de marido y poder consultar libros en la biblioteca del convento, aunque sólo fueran religiosos?

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