12 septiembre 2015

Madrid la capital mundial en teatro de lengua española

Desde hace 400 años, Madrid ha sido siempre la capital mundial del teatro en lengua española. No es una afirmación localista sino un hecho demostrable: en los dramaturgos, en la vida teatral, en los locales, en el público. Hacia 1580, en una zona muy pequeña, al lado de lo que hoy es el Hotel Palace, vivían Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón de la Barca, Cervantes y otros autores no teatrales, como Góngora y Quevedo. Como es habitual en la vida literaria, se odiaban a muerte y cada uno escribía sátiras feroces de sus colegas. Muy cerca de esa zona estaban los Corrales de comedias: del Príncipe, de la Pacheca, de la Cruz... 

Los escritores costumbristas nos cuentan cómo era el día del madrileño que iba al teatro: come atropelladamente, «llega a. la puerta y la primera diligencia que hace es qué hacer para no pagar». Muchos lo consiguen. Después, el aficionado al teatro «se mete en los camerinos de las actrices para ver cómo se visten. Las pobres actrices lo sienten pero no se atreven a impedírselo porque, como todos son votos en su aprobación, no quieren disgustar a ninguno». 

Los conflictos mayores se producen alrededor de la «cazuela» destinada a las mujeres, entre ellas mismas y los galanes que las pretenden. No es imposible que algún noble -o el mismo Rey- haga soltar allí, durante la representación, unos ratones que ha hecho llevar en jaulas... En el siglo XVIII hay menos autores geniales pero sigue vivísima la pasión por el teatro y los actores -como los toreros- se convierten en ídolos populares: la Tirana, la Malibrán... En esa época, Madrid se llena de pequeños teatros, cercanos a lo que hoy llamaríamos el cabaret o el barracón de feria. 

La nobleza se mezcla con el pueblo en sus diversiones, como vemos en los tapices de Goya. En los Corrales, convertidos ya en teatros, triunfa la tonadilla escénica y los ilustrados introducen muchas reformas: cobrar a la entrada, cubrir con butacas el patio (eliminando así a los temibles «mosqueteros»), elegir los actores adecuados a los papeles, intentar que cada uno escuche a los otros, no meta «morcillas», vista adecuadamente... Moratín, el gran autor, funciona también como un verdadero director de escena.

A comienzos del XIX, Isidoro Máiquez es el primer actor que da nombre a un período del teatro español, el primer «becario» (de Godoy) que estudia declamación en París, con el gran Talma. Cuando Máiquez declamaba «libres nacimos, libres moriremos», desencadenaba un motín: el alcalde tenía que rogarle que «mitigase su ardor o suprimiese aquellos versos, a lo cual él se negaba con altivez». Los madrileños se entusiasman después por el drama romántico. En La conjuración de Venecia -nos cuenta Larra- el grito «iVenecia, libertad!» encontró el mayor eco en el público, como alusión al presente. Así ha sucedido tantas veces con el llamado teatro histórico. 

En la segunda mitad del XIX, triunfa la zarzuela, con su unión de partes cantadas y recitadas. Dentro de ella, el género chico representa una de las cumbres del madrileñismo: La Verbena de la Paloma, La Gran Vía, La Revoltosa son «género chico» sólo por el nombre (más exacto sería «teatro por horas»): en realidad, nuestro género «grande», que soporta perfectamente la comparación con la ópera buffa italiana, la ópera cómica francesa o la opereta vienesa. Bretón, Chapí o Chueca valen tanto -por lo menoscomo Offenbach o Lehar. 

El mundo de la zarzuela está muy próximo al del «sainete» y las «parodias». Don Carlos Arniches se basa en la observación de los tipos madrileños y la recreación estética de su lenguaje. Por otro lado, los madrileños se divierten de modo especial con las parodias de las obras más famosas: así, Tosca se convierte en La Fosca, La bohemia en La golfemia, Sansón y Dalila en Simón es un lila, Curro Vargas en Churro Bragas... Como ha demostrado Alonso Zamora Vicente, este terreno popular es la raíz de la que surge la genial creación de ValleInclán, el «esperpento». En Luces de bohemia, Max Estrella y don Latino de Hispalis se pasean por un Madrid «absurdo, brillante y hambriento».

Muy cerca de la Plaza de Santa Ana, en el callejón del Gato (la calle del poeta Juan Alvarez Gato) debemos recordar las frases inolvidables de ValleInclán: «Los héroes clásicos, reflejados en los espejos cóncavos, dan el esperpento... El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada». La razón de ese proceso estético es muy dolorosa y simple: «España es una deformación grotesca de la civilización europea». La historia teatral de la ciudad continúa, después del esperpento: estrenos de Gregorio Martínez Sierra y Federico García Lorca, de Alejandro Casona, en los años de la República; después de la guerra, de Buero Vallejo, de José Tamayo, de los grupos independientes... Son 400 años de afición ininterrumpida a un arte siempre viejo y siempre joven, porque está hecho «de la estofa misma de los sueños». Pasemos una y otra vez, hoy mismo, delante de los espejos cóncavos y convexos de la calle del Gato: allí, lo madrileño popular se ha hecho arte universal.

No hay comentarios:

Publicar un comentario