10 septiembre 2015

El fuego es el mayor amigo del hombre

Lo de ese cabo y esos veteranos que han quemado a un recluta puede ser una novatada de mal gusto (de todos modos acabarían quemándole en alguna guerra), pero no deja de responder al viejo uso español de la purificación por el fuego. Desde los socarrados por la Inquisición, aquí en la Plaza Mayor, hasta las fallas de Valencia y la gran falla de la guerra civil, el fuego, en España, es el mejor amigo del hombre. Mayormente cuando la situación y el entorno no nos permiten otra cosa. 

Los periodistas hemos quemado en estos últimos tiempos a Juan Guerra, Naseiro, García Valverde, Alfonso Guerra, Isabel Pantoja, Marta Chávarri y más gente. Y es que el periodismo y la opinión se toman la justicia por su mano cuando la justicia propiamente dicha, judicial o política, no se comporta. 

Ahora estamos socarrando minuciosamente a don Mariano Rubio, pero quien nos ha entregado este héroe para la pira es Felipe González, al no aceptarle la dimisión. Si el gobernador se hubiera ido en el acto, no tendríamos leña con que hacer nuestro fuego y andaríamos escribiendo literatura de la Expo (lo cual que aquí el señorito Pedrojota, me va a llevar a verla en el AVE, ya les contaré, este hombre me va a estropear por exceso de mimo). 

Quiere decirse, en fin, que cuando los periodistas, los preopinantes y la opinión montamos la barbacoa a un personaje público, beauti o no, es por dejación de los poderes y las justicias que entran en complicidad con el reo por omisión. No negaré que a los curas, los cabos chusqueros y los periodistas nos gusta quemar gente, que es una hermosura cómo arden los reclutas crudos, los herejillos relapsos y los ancianos leñosos y con el alma sarmentosa, como don Mariano Rubio. Qué bendición de fuego. Hay que suponer que Dios no nos dio el fuego sólo para cocer las lentejas a fuego lento. 

El fuego es la imagen llameante de la justicia, y nosotros provocamos «incendios en los matorrales del idioma» (Sartre) cuando hay que purificar a alguien que las justicias, los poderes y el Felipe González de guardia (siempre hay uno) se niegan a purificar o castigar. 

Si últimamente cebamos el horno todas las noches, como los panaderos, no es por vicio, sino porque la vida nacional hay que iluminarla de alguna forma, y lo nuestro es la alta fogarada de las palabras y los titulares en almagre de escándalo. «Somos una pura oscuridad» (Santa Teresa), pues que el Gobierno se vuelve cada día más opaco y no practica la transparencia que anunciaba. De modo que a los periodistas nos resta el hermoso y vil oficio de verdugos, como últimos ladrones de fuego y guardianes de las palabras malditas de la tribu. En nuestras hogueras siempre encendidas, últimamente, han ardido los tirantes de Fraga y las bragas de Marta Chávarri, los feos y toscos zapatos de Felipe y los versos italianos de un poeta traducido por Carmen Romero, los calzoncillos de Hormaechea y el yugo y las flechas de Peña, el alcalde gótico de Burgos. 

Quemar gente es una gozada para los españoles y en Valencia se contentan con quemar al personal en efigie. Le preguntaron a Jean Cocteau: «¿Qué salvaría usted de un fuego en el Louvre?». Y respondió: «El fuego». Los periódicos de «poco ruido» queman a la gente mediante el silencio, que es la más ardiente quemadura. En España siempre se ha dicho del político o el escritor en decadencia que «está quemado». 

El fuego arde en el subconsciente nacional. La Juana de Arco que arde hoy en la pira española tiene gafas, corbata y testiculario. Se llama Mariano Rubio y está ahí por omisión del presidente, que no ha sabido/querido retirarle a tiempo. Si esto no lo arreglan pronto, Rubio va a quedar hecho un escalope a la brasa. Felipe hace sus hombres y los quema.

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