27 septiembre 2015

Cuando los dioses se sentaban en las nubes

Esta tarde llegan los tres Reyes guiados por una estrella que atravesará la boina de dióxido de Madrid. Hubo un tiempo en el que los dioses se sentaban en las nubes y había uno de guardia para sostener la bóveda del cielo en sus hombros, mientras las pléyades -las palomas - iluminaban la Tierra. 

Todos aquellos mitos degeneraron en aire sucio y el recibo de la luz que pagamos todos los meses. Así lo ha recordado Lissavetzky, y, además, ha denunciado los niveles de contaminación de la ciudad: la media de dióxido de nitrógeno supera en un 12,5% el máximo permitido.

Más allá de la boina, el cielo es azulísimo y dan ganas de bañarse en él; por eso los madrileños decían lo «De Madrid al cielo», enseñándoles a los niños que si eran buenos se irían a vivir con los ángeles y que del firmamento se despeñaban con regalos los camellos y los reyes. Las puerilidades y leyendas han empeorado; hoy nos cuentan lo de los Reyes Magos que esta tarde llegarán estornudando. No nos han explicado si proceden de Oriente o han abierto, para salir, el relicario donde reposan sus podridos huesos entre vendas y estatuas de oro, debajo del altar mayor de la catedral de Colonia, desde que el emperador Barbarroja regaló los fiambres de los Magos a la ciudad alemana.

He ahí un caso de despilfarro, ternurismo y fetichismo de nuestros espesos concejales en la ciudad más entrampada del mundo, que además dedica este año la cabalgata a los abuelos, porque según ellos, enseñan historias bonitas a los nietos, sin decir que la recesión ha transformado a los abuelitos en au-pairs e institutrices sin sueldo, además de convertir sus domicilios de jubilata en casas de acogida. Pero esta tarde, a la calle, a ver sapos y princesas, hadas y cisnes, pajes, reyes, cientos de miles de bombillas adosadas en armazones, desde Nuevos Ministerios hasta la Cibeles.

Reyes en Madrid, Papá Noel en Cataluña, Olentzero en el País Vasco y Navarra, siguen las hechicerías y parques temáticos con dinero público; a los niños les regalan videojuegos y bicicletas, no como cuenta Emo Philips que ocurría en los barrios de Chicago: «Rezábamos todas las noches para que nos trajeran una bicicleta, hasta que me di cuenta de que el Señor no actúa de esa manera, así que robé una y le pedí que me perdonara». 

Estos niños lo tienen mal, no aprenden, como nosotros, a recibir carbón en la alpargata durante el neorrealismo de nuestra vida, en aquella España o Italia, de la que habla Emma Rodríguez refiriéndose al libro de Sandra Pettrignani sobre los antiguos juguetes perdidos: futbolín, trompo, cocinitas, la comba, patines, cuando los niños eran niños y los adultos, adultos; ahora los límites se han roto. Llega otro neorrealismo y los niños no pueden jugar en la calle, ni saben robar bicicletas.

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