19 julio 2015

La tortura por un maillot amarillo

Para cualquiera familiarizado con las supersticiones surgidas en el mundo del teatro no sólo resulta sorprendente, sino incluso espeluznante que cientos de personas se atrevan a correr tres mil kilómetros suspirando, jadeando, maldiciendo y hasta desmayándose por un maillot de color amarillo. Tiene el color un macabro simbolismo, más allá de su muy discutible atractivo cromático, que siglos, o tal vez la intervención de dioses tan irónicos como traviesos, se han encargado de conformar. 

Desde la clásica muerte en escena de Molière, enfundado de la cabeza a los pies en amarillos ropajes, hasta las estrellas con que los nazis distinguían en sus años de esplendor, en campos de concentración y exterminio, a sus invitados hebreos (amarillas, frente a las rojas de los presos políticos y las rosadas que discriminaban a los hornosexuales). Otras experiencias de infausta memoria confirmarían la magia que rodea tan luminoso color. 

Si se considera que los casi doscientos ciclistas arrancan de salida, conformes con ser perseguidos por automóviles, helicópteros, motos y otros locos cacharros «ajenos a la obra»; si se tiene en cuenta que parten para ser filmados hasta en su veloz intimidad sobre dos ruedas (complicado empeño, vaciarse sobre el sillín, pues no siempre se sale en la disposición con que se visita a los parientes) y no faltan miradas curiosas por doquier, pues la carne es débil, y en ocasiones, muy débil; si se valora, en fin, que siempre son más los llamados que los elegidos, el precioso fin de tantos sufrimientos -un sudado maillot, iy amarillo!- aparece como asunto diabólico, materia digna de la sagacidad de don Julio Caro Baroja. 

Pero no es así. A las penas del esforzado jinete de dos ruedas a quien el progreso parece abandonar a su destino escuálido, se suman otras desdichadas. Lejos, hasta la desmemoria, quedan aquellas hazañas dignas de la resobada «furia española», cuando el ciclista tironeaba en solitario del pelotón, quemando kilómetros para alcanzar la meta más solo, ante el despiste de las masas ávidas de sprint confuso y deslabazado, de chorro de músculos duros, camisetas empapadas, alegres gorras y ruedas ligeras y vibrantes. El triunfo correspondía entonces a quien los trabajaba. 

Ahora -Gorospe los sabe- la soledad del ciclista se ha vuelto imposible ante la «vista de pájaro» de SuperGarcía y los demás, siempre a la verita suya; ante el trapicheo de los equipos, en un fragor de combate hortera y conflicto de verdulería donde Banesto (¿o se trata quizá de Klimov, Ivanov y su prole «perestroika»?) lanza una Opa hostil contra Once, se asalta el poder, o se repiten los ditirambos incomprensibles del lenguaje de los economistas. Los grandes grupos se han encaprichado del maillot, lo que no entraña riesgo cuando no debe sudarse. Si esto explica (el sudor de los ciclistas, iqué heavy!) que ni Alicia ni Esther Koplowitz y tampoco Marta Chávarri acudan al pódium para besar al triunfador de cada etapa, sólo cabe confiar en la magia siniestra del amarillo. Para que, entre tanta vulgaridad jet society, quede recuerdo hasta de los ciclistas.

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