28 junio 2015

Cuando Sara Montiel vendía castañas

Castaña «gorrinera»: dícese de la castaña de sucio aspecto y mucho peor sabor, alimento ideal para los cochinos. O sea, la que nunca metería en un cucurucho Pepe Jaraíz Serrano, casado con Antonia, padre de ocho hijos. Medio siglo detrás de la «nafre» de hierro donde saltan alborotadas las castañas. Su puestecillo, en plena Gran Vía, es la discreta ventana que quisieran tener todos para saber qué se cuece en la calle. «Aquí compraba castañas Antonio Machín cuando trabajaba ahí, en Jacometrezo. 

También eran clientes Pemán, la Sara Montiel y el mismísimo Enrique Tierno». Pepe, madrileño hasta la médula, habla arrastrando las letras con ese deje castizo, medio «cheli»: «¡Al casssstañero, casssstañas! Que es como decir: A mí me la vas a dar tú, con todo lo que he visto». Doce horas en la calle, seis o siete días a la semana, cerca de cincuenta años... (Castaña «enterrá»: dícese de la castaña que se cae del árbol y se entierra para que se conserve. 

Todo un incordio eso de quitar la arena) De la mano de su madre, la castañera María, Pepe ha recorrido el centro de Madrid de esquina a esquina: «De la calle del Pozo a la de la Cruz, y de allí al callejón de Cádiz y al de Barcelona, que es donde se cocía el estraperlo». Y así hasta llegar a la calle José Antonio, justo al pie de los popularísimos billares Callao. Después de 30 años, él sigue en su sitio con bastantes canas más. A sus espaldas, Raúl Sender se autoproclama ahora «el rey de la Gran Vía» en los luminosos de Xenon Music-Hall.

«Fíjate, me acuerdo cuando estaban a peseta la docena. Era después de la guerra y había mucha hambre. También se vendían entonces las famosas "chuletas" de huerta... Ya sabes, las patatas asadas». «Ahora la gente se queja de lo caras que están. Aquí las vendemos a 125 pesetas la docena, pero vete por ahí y pregunta: los hay que las venden a 150».

(Castaña «injerta»: abombada, fresca, de cáscara resplandeciente y carne jugosa. La castaña ideal, la que siempre hará volver al cliente). Pepe, que vende hasta 50 kilos los sábados y domingos, sabe cómo no defraudar a los suyos. «Me las traen de Avila, bien gordas y bien caras también». Otro de sus secretos es el carbón de encina, que despide un calor hogareño, insustituible. «A mí me vinieron con el rollo del butano, pero yo me negué de plano. Les dije: "Si esto pega un «pedo», el primero que salta por los aires es un servidor. 

Y ya saben aquello de que salvándose el señor se salva su mejor amigo». «¡Chestnuts!, ¡Chestnuts!». Pepe está convencido de que el grito que por estas fechas invade las calles de Londres fue importado directamente desde Madrid. «Según tengo entendido, fueron los españoles que se fueron de aquí quienes lo pusieron de moda». A ratos perdidos, este artesano de la calle enseña también lo suyo a los japoneses y filipinos que acuden como abejas a su puesto. «Los extranjeros vienen y miran debajo de la nafre para ver de dónde sale el calor. Yo les digo que viene de la tierra, del metro. Je, je».(Castaña pilonga: dícese de la castaña seca, monda y lironda, dura como una piedra, sabrosona y dulce). «¡Que si me gustan a mí las pilongas! Mira, mira, por ellas me he quedado sin dientes». 

Pepe, en la Gran Vía; la Cari, en Tirso de Molina; la señora Amparo, en Cuatro Caminos... Nombres que son ya casi leyenda, como el de la señora Consuelo, sesenta años en Princesa, esquina Altamirano: «Ya me conocen hasta las piedras». «Sigue habiendo tantos puestos como antes, pero la mitad están cerrados. Se los dan a parados y luego no tienen ni tiempo... ¿Castañeras, castañeras? Debemos quedar cuatro o cinco?».

A Consuelo, 74 años y tres bisnietos, se le ha amoldado el cuerpo a las exiguas cuatro esquinas de su puesto. Ella es de las que decidieron abrir las puertas al gas butano: «El sabor no cambia, nada. Al revés, con el butano se mantiene siempre la misma temperatura. Además, no estaba yo como para andar agachándome cada dos por tres». Y lo dice con una sonrisa en la boca que la rejuvenece un puñado de años. 

Casi tantos como los que tiene Angel Machuca, asalariado de la castaña. A sus 46 años, sin ningún trabajo a la vista, Angel decidió pasar el otoño paleta en mano, ayudando en el puesto de un amigo. «Oiga, ¿me da dos duros de castañas?». La señora, con aire despitado, ya le ponía a Angel las diez pesetas en la mano cuando se encontró con la fatídica respuesta: «Lo mínimo son 20 duros, señora». «Así todos los días, se llevan cada chasco... Si nos las siguen vendiendo como el oro, el año que viene estarán a 150 la media docena. Así no hay quien compre». El puesto de Angel, en la plaza de España, está abierto entre diez y doce horas. 

Pero los fines de semana toca guardia: «Eso sí que es negocio. Salen de las salas de fiesta a las cuatro de la madrugada y les apetece algo calentito. Se ponen las botas».

La novedad de la temporada se llama «mogollón»: nada menos que 500 pesetas de castañas, un cucurucho gigante donde entran ni se sabe cuántas. «Lo compran sobre todo las pandillas de estudiantes o de noctámbulos, pero lo que sigue mandando es la docena. Yo tengo preparados ya los cucuruchos, bien colocaditos y sobre la lumbre». A Pepe Jaraíz, el castañero por excelencia, le parecen un camelo ésta y otras moderneces: «Que se cuenten las castañas una a una y que se vean todas, bien hermosotas». «Que no me vengan ahora con la gaita de un sindicato de castañeros o queriéndome quitar el puesto». 

«Que yo me me he ganado esto con muchos sudores y aquí me quedo, con mi "burra"». Y en su «burra» trabajan también su mujer y algún que otro hijo. Así, por lo menos, puede regalarse el lujo de dar un paseo de cuando en cuando. Aunque sea para acercarse al banco y dejar el dinero. Pepe se pierde en los túneles del metro de Callao mientras intenta recordar socarronamente aquel dicho que le escuchó alguna vez a su madre: «Lo que yo saco con castañas, mi marido lo pierde con el nabo. O algo así».

No hay comentarios:

Publicar un comentario