19 febrero 2015

El cine reaccionario de Walt Disney

Ahora puede parecer extravagante, pero hubo un tiempo en que se llegaba a presumir de inteligencia mediante el desdén de la obra de Walt Disney. Desde ciertos sectores de estudiosos del cine e intelectuales muy poco versados en él, se veía como un grave pecado edificar un imperio industrial a partir de la creación de filmes; lo distinguido era el creador enfrentado a la industria, el artista masacrado por los altos ejecutivos de las compañías, el hombre que en Hollywood producía belleza pero no dinero. En consecuencia Walt Disney representaría el espíritu mercantilista, y había, por tanto, que atacar su obra. Quizás influyese también en los rechazos a Disney una freudiana inclinación a matar al padre. 

Durante décadas los filmes disneyanos habían arropado los sueños de la infancia de quienes, al enfrentarse luego a la dureza de la vida adulta, se sentirían traicionados y abjurarían de cuanto antes les hizo creerse felices. Si Disney, el padre, les había hecho soñar, Disney era el culpable y había que matarlo, como autodefensa frente a un munlo amenazante. Así que lo que antaño fue visto como lirismo tenía que ser contemplado ahora como sensiblería con objetivos lacrimógenos; lo que pareció en su día emotivo humanismo debía ser condenado como una falaz manipulación.

Dada la puerilidad aguda de unos y otros razonamientos esgrimidos por los adversarios de Disney, no es de extrañar que generaran vergonzosas contradicciones. A modo de sintomático ejemplo, recuérdese que mientras se reprochaba la violencia de los filmes disneyanos se enarbolara en cambio y como feliz alternativa los dibujos animados, no ya violentos sino notóriamente sádicos, de Tex Avery. También resultó peculiar la tentativa de conferir a Walt Disney la imagen de un reaccionario e incluso, por más ridículo que parezca, la de un parafascista. 

Se utilizó los acontecimientos relacionados con las huelgas en los Estudios Disney para atacar las obras cinematográficas de la compañía, sin reparar en que buena parte de los valores estéticos de las mismas habían surgido precisamente de la creatividad, elevadísima, de destacados huelguistas. Y las declaraciones de Disney, en plena caza de brujas, contra los promotores de conflictos laborales dieron pie -forzado, por supuesto- para que se tildara de fascista a un hombre que en los años anteriores había producido filmes y filmes expresamente orientados a combatir al fascismo. Incita a graves sospechas el hecho de que algunas rememoraciones de los filmes antinazis realizados en Hollywood olvidaran los disneyanos de este carácter. De cualquier forma, las manchas sobre la producción artística de Walt Disney se han evaporado con el transcurso del tiempo, y en especial al compás de que la crítica cinematográfica de bases subjetivas y especulativas quedase paulatinamente arrinconada por rigurosas y profundas investigaciones de la historia del cine. Según este último punto de vista, la figura y la obra de Walt Disney se han agigantado progresivamente; e incluso está muy claro que desbordan el, ya por sí solo, vastísimo campo del lenguaje fílmico. 

Más que ningún otro cineasta, Walt Disney aparece hoy como un representante eximio del arte y de la cultura del siglo XX. A él cabe referir el nacimiento y el desarrollo de una mitología monumental, plena de personajes de gran riqueza de significaciones,con Mickey Mouse, Donald Duck y Goofy como impresionantes vértices. A él se debe una más rápida y brillante incorporación del sonido por el cine' que cualquiera en manos de otro creador fílmico: cuando se estrenó el cortometraje de Mickey Steamboat Willie en 1928, el lenguaje del cine sonoro aún estaba en mantillas. 

A su mentalidad de artista por encima de sus actitudes de hombre de negocios responde que no dudará en hipotecar una y otra vez los intereses económicos de la empresa cuando realizaba Blancanieves y los siete enanitos, Pinocho, Fantasía, Los tres caballeros, obras con ambiciones de vanguardismo que rebasaban obviamente las contemporáneas en aquel glorioso Hollywood; y no se olvide que al estrenarse Dumbo, seis meses después de Ciudadano Kane, un crítico perspicaz subrayó que contenía un mayor número de angulaciones de cámara que el de las aportadas por el revolucionario filme de Orson Welles. Hay que atribuir asimismo a Disney el mérito de haber reunido y acoplado en sus estudios a una legión de grandes creadores cinematográficos, algunos de los cuales merecen superior prestigio que el de muchas personalidades del cine de imagen real desmesuradamente idolatradas; Art Babbitt, Bill Tytla, Ward Kimball; Ub Iwerks, Grim Natwick, son, entre otros, nombres . que hacen patente el enorme caudal de invención que fluyó en las producciones del Mago de Burbank. Y de éste deriva también una muy sobresaliente y vasta obra de cómics en la prensa diaria, con las tiras de Mickey Mouse en primer término, donde se alzó sobre todo la labor de uno de los más grandes autores en la historia de la nanativa dibujada, Floyd Gottfredson.

En su famoso libro de 1939 The Rise of the American Film (aquí La azarosa historia del cine americano), un experto tan prestigioso y progresista como Lewis Jacobs no dudó en valorar a Walt Disney como la máxima figura del cine sonoro hasta el momento. De los capítulos dedicados al Hollywood de los años treinta, sólo uno estaba referido de forma específica a un cineasta, y éste era precisamente Walt Disney. De él decía Jacobs que había «comunicado al cine americano un toque personal (el gusto por la obra acabada, por la dimensión estética) y un desprecio, casi convertido en temor, por el cine de fórmula» y «logrado la más bella expresión de arte cinematográfico en la América.

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