04 diciembre 2014

Àstrid Bergès-Frisbey es una actriz española aunque no lo parezca

No entiendo muy bien qué demonios pinta su alma sensible en esta parada de los monstruos que es el Festival de Cinema Fantàstic de Sitges, pero hasta aquí he venido a conocerla, después de haber visto una deliciosa película que para mí inaugura un género desconocido: ciencia ficción sentimental (sic). 

Àstrid Bergès-Frisbey, pese a su nombre extravagante, es una actriz española de formación francesa, carrera internacional (Piratas del Caribe, The sea wall…), embajadora de Chanel y un alma que conmueve: a simple vista por su belleza pura (apenas atraviesa sus párpados una leve línea rosa pálido) y, a lo largo de la conversación, por su inteligencia natural y sensible.

Nació en Barcelona (26 de mayo de 1986), se crió entre los Pirineos, París, La Rochelle y la República Dominicana, y ahora trabaja en el cine sin fronteras. Presentó en Sitges su última película, que después de su éxito en el Festival de Sundance ayer mismo se estrenó en España: Orígenes. Son su vida y esta cinta la suma de un montón de casualidades ("tan bestias") que ella prefiere no analizar, "las vivo y las disfruto; mi padre me crió diciendo que la casualidad no existe". 

El director del filme, Mike Cahill, buscaba a una actriz exótica y cautivadora que encarnara el papel de Sofi, una chica que parece llegada de otro planeta y una vida anterior, y cuyos ojos tienen una rara heterocromía parcial. 

El actor protagonista, Michael Pitt, conoce fugazmente a Àstrid visitando el rodaje de Piratas en Londres y a su vuelta a Nueva York le pide al director que la entreviste. Hablan por skype, durante dos horas no pueden dejar de hablar, "de ciencia, de la vida y lo espiritual", y cuando se conocen en persona, Cahill descubre que Àstrid tiene en los ojos la misma heterocromía de su personaje: iris de colores diferentes, marrón en el interior, gris y azul verdoso en sus bordes, y moteado todo en distintos tonos y manchas irregulares que cambian con la luz. Tenía que ser ella.

¿Puedo verlos de cerca?

Son los ojos de la película.

Película que quiere ser un aldabonazo a la ciencia y el empirismo. ¿Dónde te sitúas tú personalmente, más empírica/racional o más creyente/intuitiva?

Hay cosas que no deben explicarse, porque pierden su encanto cuando las llevas a un plano empírico, entonces es mejor dejar que se queden en lo intuitivo, los científicos tienen una gran intuición. Yo soy una mezcla: racionalidad e intuición, pero prefiero sentir que hacerme preguntas y poner nombre a las cosas. Sí es verdad que a través del rodaje veía signos por todas partes, y nos pasábamos el rato hablando de ciencia y espiritualidad (¿el alma existe?, ¿es eterno el amor, más allá de la muerte?, ¿qué es el amor a primera vista?) Pero la película no es nada moralizadora, invita a reflexionar, simplemente.

La verán en la pantalla como ella es: racional y también salvaje, guapísima y nada sofisticada, catalana y francesa comme il faut. Solo esto último se aprecia en su dicción: quiere decir tanto que le falta la palabra exacta y, cuando la encuentra, no sabe en cuál de sus tres idiomas primordiales expresarla: "¿documentario?". Aparece preciosa en medio del negro uniforme de Sitges, camuflada bajo una visera (negra, sí, porque le espanta que la miren) y arropada en un gastado abriguito Chanel azul ala de pato que parece su segunda piel. La delatan su cadenita de perlas, su colgante déco y una virgencita madre en plata repujada, todo junto y revuelto pendiendo de su fino cuello.

Fue un ángel en la película de Xavier Villaverde El sexo de los ángeles, un personaje "fuerte y frágil al tiempo: extremo", y fue también un ser mitológico, la sirena en la cuarta entrega de Piratas, En mareas misteriosas. ¿Será que su físico la predispone para este tipo de papeles místicos o esotéricos? "No sé, pero defender un personaje como Sofi (Orígenes), que tiene a la vez 400 y 10 años, siendo vieja y niña, que vive sin planificar el segundo siguiente, sintiendo cada instante presente al cien por cien, es agotador pero maravilloso. Es capaz de explicar lo increíble con el lenguaje más común, y eso la hace muy inteligente. Y yo tengo un poco de todo esto, sin ser tan radical". Es decir, no es su físico sino su personalidad.

Cambiando a un plano más objetivo he preguntado a la actriz por qué la aprecia más el cine francés, el americano incluso, que el español. "Es que mis películas españolas no se han visto demasiado, creo que en general España no es muy amante de su propio cine y no lo ha protegido suficientemente. Además, yo no tengo representante aquí. Mi carrera es muy particular y geográficamente dispersa: no he hecho nunca películas consecutivas en un mismo país, lo que me da mucha libertad y energía, es como empezar de cero cada vez". Pero Àstrid no tiene prisa, está contenta, y "quizás algún día vuelva al cine español" por la puerta grande: "Continúo leyendo los guiones que me envían".

Dispersa su cinematografía como disperso fue su devenir vital: sus padres se separaron cuando ella tenía apenas dos años y, pese a haber vivido casi siempre con su madre en Francia, siente una profunda deuda con Cataluña, "porque la infancia de uno son los veraneos, y los míos sucedían en la Alta Ribagorça con mis abuelos, y algunos en la República Dominicana, donde mi padre se fue a vivir. Soy de todas partes. Lo normal es que en Francia parezca española y aquí, francesa: tengo un poco de todo".

Nació en Barcelona y su infancia discurrió primero en París, donde su madre (franco-americana) trabajaba como dependienta de Chanel, maison a la que ha vuelto al cabo de los años, y luego en el campo, cerca de La Rochelle. "Sí, veía a mi madre siempre tan elegante, tan chic, pero no creo que esto me afectara: yo prefería la vida de campo, subirme a los árboles y esas cosas". Crecía sana y natural y le encantaban los asuntos de la ciencia, pero en casa ya veían una actriz. 

Cuando se lo decían, la niña Àstrid se enfadaba. "Hice algo de teatro en la escuela y la gente se ponía un poco pesada: tendrías que hacer algo con todo esto… Pero para mí era muy difícil proyectarme en este mundo, ni siquiera sabía que la dramaturgia podía ser una carrera. Además, mi vida fue tan movida que lo que me apetecía era algo estable y normal: quería ser osteópata. Pero en cuanto aprobé la selectividad, después de mi primer año sola e independiente en París, con 17, me metí en una escuela de arte dramático".

En París terminaba el bachillerato y vivía a salto de mata, en casas de amigos o familia, "como podía, muy inestable". Y entonces sucede algo que reconduce su trayectoria: la muerte prematura de su padre. "Me hizo replantearme todo y pensar de otra manera; de golpe me di cuenta de lo corta que puede ser la vida y lo importante que es hacer lo que uno siente. Y no es que yo quisiera ser actriz, pero el arte dramático despertaba en mí una pasión inmensa por el ser humano, me permitía explorar la condición humana y expresarme y sentirme viva. Y así conseguí asumir lo más difícil para mí: que me mirasen, ser el centro de atención, que es lo que sigo llevando mal".

Le pregunto a la bella Àstrid qué queda hoy de su infancia en Barcelona, fallecidos sus dos abuelos, a los que siempre se sintió tan unida. "Me queda parte de mi familia y me quedan algunos lugares, como los restaurantes a los que me llevaban de pequeña y a los que sigo yendo porque me parecen los mejores del mundo. Y me queda el olor de Barcelona, que podría reconocer entre mil". Su casa o sus libros están en París, y su vida, allí donde ruede.

¿El amor puede ser eterno y vivir más allá de nosotros?

Sí, claro, cómo uno va a dejar de querer a alguien porque ya no esté aquí.

Y no podemos contar más, porque desvelaríamos el bello final de la película.

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