11 noviembre 2014

Lo que no sabías del comercio de las armas

Un informe de los obispos de la Iglesia de Inglaterra anunció la guerra de la Iglesia. No se aceptaron por más tiempo sanciones piadosas... la intransigencia de Sadam... una guerra justa... fuerza mínima para alcanzar el objetivo... resolución de todos los problemas de la región... En mi Iglesia local, prediqué el otoño pasado sobre qué era la doctrina de la guerra justa. Mi presentación fue tan neutral -pensada para que la gente forjase su propio juicio- que algunos creyeron que estaba diciendo que la guerra para liberar Kuwait sería una «guerra justa».

El domingo después de comenzar la guerra, volví a hablar de lo mismo, dejando clara mi oposición a la guerra. No me di cuenta -quizá estaba demasiado influido emocionalmente para ser todo lo sensible que quería- pero no estaba preparado para ser llamado traidor (una afirmación pronto retractada). Presioné sobre la lectura del día, de Jeremías, haciendo notar que, también, fue acusado de colaboración con el enemigo. Hoy en día no hay profetas como en el Antiguo Testamento. Dije que sólo hay personas con opiniones. Pero corren tiempos en los que debemos decir lo que pensamos. Pienso que podemos encontrar una forma de convivir juntos durante la guerra. La gente puede dialogar en privado, pero quiere algo más, algo que les tranquilice, cuando oye el sermón. Pero dudo que pueda ofrecer esta tranquilidad durante una guerra que, me parece, no puede aportar nada bueno a su confort. 

Cuando la guerra se hace más dura, deben empezar a comprender por qué he compartido mis peores temores, por qué he elegido palabras como «desastre» y «locura total», y entender que esto no era un intento de minar la moral sino de subrayar la inutilidad de la guerra. Algunos todavía deben querer un líder como el Obispo de Oxford, que habla de un deber cristiano de «reforzar la resolución de las naciones para usar la fuerza militar antes que minarla cuestionándose la legitimidad moral de una opción militar». Pero, ¿es la habilidad para plantearse cuestiones sobre moralidad la primera baja que ha tenido la Iglesia en la guerra? 

Necesitamos agarrarnos al Evangelio de la paz, necesitamos trabajar con los textos santos que nos dicen: «El Señor es un guerrero que nos da la victoria» (lección de mañana del Antiguo Testamento), pero que nos ofrecen la oportunidad de poner la otra mejilla, renunciando a la espada de Cristo. Pero estamos en guerra y las pasiones se despiertan, y realmente parece ser demasiado tarde para los sermones, al menos mientras la precisión de los bombardeos» y «algún daño colateral» vayan negando las masivas bajas civiles. No puedo decir, como algunos esperan, que lo que creía ser falso el 14 de enero se hizo verdad el 16 de enero. Incluso con esto, sé que los argumentos para no ir a la guerra ya no se usan mucho ahora.

Ahora que ya está aquí, y hago circular impresos para la suscripción para la Campaña contra el Comercio de Armas, ¿quién va a unirse? Esta guerra, como la de las Malvinas, es una exhibición del comercio de armas, y todo el mundo quiere armas de gran precisión. Las llamadas armas de precisión quedan muy bien en la doctrina de la guerra justa: son discriminatorias, puedes hacer que apunten a objetivos militares y reducir las bajas civiles. Pero una vez que los traficantes comienzan a vender armas de precisión alrededor del mundo, éstas serán a menudo disparadas contra civiles. ¿Quién va a unirse a Amnistía? Todo el mundo ha visto el informe sobre el terror en Kuwait, y las lágrimas de George Bush. Pero Bush era director de la CIA, organización que publica manuales de cómo torturar para aterrorizar a los contrarios. ¿Dónde está Dios en todo esto? ¿Está todo en las manos de Dios? 

He oído esto mucho porque se rezaron muchas oraciones por la paz, y el hecho de que la guerra comenzase significa que es el deseo de Dios. Intento relacionar esto con la enseñanza de Jesucristo, y no lo consigo. Respuesta al estilo Barchester: «Jesucristo no tiene nada que ver con esto». Pero sí que tiene que ver. Dale Aukerman, en su libro Darkening Valley, presenta una letanía de monstruosidades antiguas y modernas, y concluye: «La pavorosa magnitud de estos horrores permanece como un misterio impenetrable a menos que lo concibamos a través del Hombre de Getsemaní y Gólgota». 

Ahora la frase de Bush «ningún precio es demasiado caro» es una fórmula para la monstruosidad como lo es la resolución de las Naciones Unidas que permite «todos los medios necesarios». ¿Qué quiere decir? ¿Armas nucleares? Quizá las iglesias puedan unirse en una única voz cuando llegue la oportunidad para el establecimiento de la paz, pero que contenga algunas concesiones. La versión de Kennedy era «ninguna carga es demasiado pesada para llevar», una frase tan dicha que al final sugiere un deseo de sufrir, que habla del calvario más que de Wall Street.

Los líderes de la Iglesia, persuadidos de lo que es la guerra por el precedente de Hitler más que la paz por el precedente de Cristo, deben declarar ahora que hacer una concesión que permita la guerra total puede ser la carga que deben soportar las .naciones unidas contra Irak. Los líderes de la Iglesia no necesitan la casuística de la «guerra justa». La Declaración de Independencia de América dirá: «La indistinta destrucción de personas de todas las edades, sexos y condiciones» es un precio demasiado caro que pagar. Y si las vidas humanas individuales no parecen en sí mismas suficiente causa para detener la guerra, puede entenderse que visto lo que hacemos al resto de sus hermanos, hacemos esto a Cristo. El es la víctima central, identificándose tanto con el soldado muerto como con el civil muerto. Esta no es una guerra santa. No es una guerra por Cristo. Es, como todas las guerras, una guerra contra Cristo.

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