02 junio 2013

Es todo un Popstar

El hombre que alardea de no haberse acostado jamás con una mujer blanca (no sabe lo que se pierde el ilustrado y revolucionario racista) y que prohibió la entrada a los periodistas blancos en la «premiére» mundial de su última película concede a este bar el privilegio de su divina presencia durante unos minutos y desaparece ostentosamente bajo los copos de nieve de la noche berlinesa. Que mal me cae este campeón de las causas ganadas, este director de cine y «pop-star» lujosamente radical. ¿Y su superesperada, hiperpromocionada y polémica Malcolm X? 

Bueno, a pesar de mi fobia hacia su creador, reconozco que es una buena película, una lúcida reflexión sobre cuestiones inaplazables, un espectáculo con garra, algo que tenía que hacerse y que se ha hecho bien. El Hollywood de los «wasps», más interesado en la productividad que en las ideologías pone al servicio de su impertinente negro la impresionante maquinaria de la casa para que éste expulse su vómito contra los eternos opresores blancos. Lo hace con fuerza expresiva, con ciertas precauciones para evitar el pasote racial, con huellas de haber asimilado a la perfección el cine de Hollywood que pretende combinar el rigor político con las características del gran espectáculo.

Malcolm X comienza con las intolerables y escalofriantes imágenes de ese vídeo en el que unos nazis blancos con chapa de policía juegan al beisbol con la cabeza y el cuerpo de Rodney King y se cierra con una briosa alocución del gurú Nelson Mandela. Spike Lee considera necesarios estos fragmentos de la realidad actual para demostrarnos que nada ha cambiado en el fondo y que la lucha continúa para abolir la opresión de los blancos contra los negros. Si el arranque de esta película es ligeramente previsible su primera media hora, además de sorprenderte con un tono que le emparenta con los grandes musicales, ofrece oro cinematográfico. 

La cámara de Spike Lee se mueve vertiginosamente para describirte la vitalidad y el colorismo de la adolescencia del futuro Malcolm X en el impresionante Harlem de los años cuarenta. Lo que vemos y lo que oímos tiene ritmo y autenticidad, la maravillosa e identificable sensación de que el cine ha atrapado a la vida con su olor y sus matices, con su dureza y su poesía. 

Sería un milagro el poder mantener ese deslumbrante tono durante un metraje de doscientos minutos y lógicamente decaen el ardor y la inspiración del inventor, pero el resto mantiene un más que aceptable nivel de calidad. Después de narrarnos con admirable soltura la compulsiva primera juventud de ese chaval negro familiarizado desde su nacimiento con el racismo sin máscaras y que ha intentado sobrevivir transformándose en el más canalla del barrio, trapicheando con todo tipo de armas y de sustancias, dando «palos» progresivamente importantes, chuleando a mujeres blancas y negras y colegueando con los macarras más tirados y con los más instalados, Spike Lee pasa a contarnos su primer contacto con la Luz del conocimiento y de la redención en la sórdida cárcel a la que ha ido a parar después de un atraco.

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