08 mayo 2013

El cepo de Oriente

Thomas, púdico, no se explaya mucho sobre su estado de ánimo. Intenta comprender: «Existe este indudable "Gemütlichkeit" -NDLR: algo intrínsecamente germánico entre la cama turca inglesa y el niño bueno francés. El 99% de las personas de aquí están contentas cuando tienen el suficiente dinero para pagarse una cerveza. En Alemania Federal ocurre lo mismo. El cepo aquí es que, económicamente, vamos mejor que en los otros países del Este. Siempre hemos sido los reyes de la Europa del Este». Thomas estudia lenguas orientales. Ha viajado, eso sí, siempre por tierras comunistas: China, Corea del Norte. Sueña con Nueva York y Australia. Es un privilegiado y lo sabe. Va todos los días al café de Husemannstrasse para reunirse con sus amigos, con los que no han desertado, claro. La voz andrógina de Tracy Chapman nada en el humo opaco de los pequeños cigarrillos liados. 

El cáfé, de Husemannstrasse está situado en el lugar más alto del Berlín Este ramificado. Entre un decorado retro restaurado, se bebe whisky escocés o chocolate caliente. En esté momento también se puede tomar algo muy apreciado: un «earnembert» francés pasado por el horno y regado con jugo de aránganos. Thomas lleva unos pantalones de cuero negro ceñidos en la cintura mediante un cinturón claveteado y un polo tipo Lacoste por fuera. Tiene barba de un día y el pelo muy corto. Los amigos se sientan alrededor de una pequeña mesa de mármol falso. 

Está Dominik, un diseñador de moda de 23 años con aspecto de adolescente con gafas de montura en rojo vivo. Está Volker, de 28 años, que dibuja comics y discursea sobre el teatro barroco y el estructuralismo llegado de Francia. También encontramos a Kartsen, un rubio de 27 años con gorra de ferroviario y un pendiente malva de pacotilla, que vende cosas en un mercadillo, hace algo de música, un poco de todo, pero nunca gran cosa. En Prenzlauer Berg se vive aislado. En el argot berlinés, a esto se le llama «Kietz», el nido, el capullo. Resguardado de una sociedad estancada, represiva, se vive en paralelo. Prenzlauer Berg tiene sus normas, su ritmo: Volker, el más docto, explica: «Esta atmósfera ya no se encuentra en Leipzig, ni en Dresde ni en ninguna otra parte de la RDA. Aquí hay cafés, teatros, bares, lugares estimulantes para estar con los amigos. En Berlín no dejamos que nos manejen: Nos excluimos de las estructuras impuestas por el Estado. 

Prenzlauer Berg es para todos nosotros el único sitio soportable de la RDA». Husemannstrasse desemboca en Kollwitzplátz. Bajo los árboles rojos, un grupo de niños se reúne alrededor de una figura de barro. Una galería presenta una exposición de fotos del viejo Berlín. Un letrero en un café promete helados con sabores prohibidos: «Capri», «Sueño de los mares del Sur». En la acera de enfrente, la persiana de chapa ondulada de la cervecería «Restauration 1900» está bajada. El propietario no soportaba más dejarse provocar insolentemente por esos postres con nombre evocador. Pasó al Oeste este verano, a través de Hungría. 

Las preciosas casas de principios de siglo de Husemannstrasse han sido restauradas recientemente, pero en las calles adyacentes, las fachadas se caen hechas trizas y los ladrillos aparecen desnudos. En el triángulo «LSD» (Lychenerstrasse, Schliemannstrasse, Dunckertstrasse) donde viven Thomas, Dominik y Volker, las fachadas no han sido retocadas tras la guerra y ya se apilan los trozos de carbón para el invierno delante de las puertas y en los patios de luces. Detlef ha recreado en el otro lado del muro, en Kreuzberg, este «kitz» que le hace sentirse seguro. Obtuvo este verano la autorización de emigrar legalmente, llevaba dos años esperándola. Con gran ironía, una semana más tarde, Hungría abría sus grandes puertas y ahora el muro se derrumba. Detlef acaba de encontrar un apartamento y está esperando que el subsidio de bienvenida acordado por la RFA para todos los alemanes del Este llegue a su cuenta bancaria, todavía sin estrenar.

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