16 octubre 2012

Que son cuatro horas

Poco más de cuatro horas. Largas cadenas de pesadas barcazas siguen su camino lentamente río arriba. LLueve todo el día y se estropea el panorama. Entonces hojeamos el material esencial de lectura: Patrick Leigh Fermor (Un tiempo de regalos y Entre las maderas y el agua), por sus evocadores relatos de viajes en la Hungría y Rumania de entreguerras; Claudio Magris (Danubio), por sus brillantes ensayos sobre todos los aspectos de la vida y cultura del Danubio (hay traducción española en la editorial Anagrama); y la Rough Guide de Hungría, Rumania y Bulgaria (de Dan Richardson y Jill Denton), por sus conocimientos enciclopédicos, sus refrescantes puntos de vista y su ingenio y estilo. A intervalos a lo largo del río, la muchacha de la Compañia Naviera Húngara (en cuyo hidrofoil viajamos) da una chovinista explicación de los márgenes del río. Aquí a la izquierda está la ciudad eslovaca de Bratislavia, o, como ella aclara, «la antigua capital de Hungría». Más allá, a lo largo de la ribera norte, se extiende Komarno, «húngara hasta 1920», recuerda pesarosa. Es una oportuna introducción a los incipientes nacionalismos de la región.

El contacto entre el margen eslovaco y el húngaro es caprichoso y espasmódico. La viga del puente de Esztergom (en medio del cual Leigh Fermor se demora lánguidamente al final de su tercer volumen), que fue destruido en la guerra, no ha sido remplazada. Al cabo de tres horas aparece el famoso Danubio Bend, con colinas que descienden hacia el agua por ambas orillas. Son las huellas agonizantes de los Cárpatos. El río describe una amplia curva hacia el sur y enseguida el barco atraviesa por debajo los puentes de Budapest. La endeble embarcación gira, da la vuelta y apunta río arriba para atracar en Pest. Llegamos a tierra en una barcaza, pasamos rápidamente un indiferente control de pasaportes y equipajes y forcejeamos entre un reducido grupo de hombres que ofrecen taxis, «wechsel» (cambio de moneda) y hospedaje. Está oscuro y llueve a cántaros. Cruzamos el río hacia Buda por el puente de la Libertad.

Hay un inmenso y muy ornado edificio que parece un baño turco. Lo es. Pero es también la entrada lateral del Hotel Gellert, una extravagante creación de antaño, de cuando el almirante Horthy, un dictador de la Hungría de entreguerras, lo puso en funcionamiento en 1920. Pronto conseguimos una habitación con balcón en el segundo piso, con minibar y vídeos pomo en inglés y alemán para dar gusto a su clientela. Este es el discreto encanto del comunismo «goulash». A través de la lluvia, más allá del río, se ve la romántica Pest, con dos enormes y nuevos hoteles norteamericanos en la ribera. El monstruoso Hilton, en las laderas de Buda, queda afortunadamente fuera del campo de visión. No se trata de la destrucción que el presidente Ceaucescu de Rumania ha hecho en el antiguo casco urbano de su ciudad. La reformista Hungría lo está haciendo muy bien.

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