06 octubre 2012

Las experiencias que nunca cesan


«A veces, en muy raras ocasiones, me tomaba una copa en el Jockey con Olga», leemos en La fuerza de la edad, donde daba la visión edificante de una vida austera y monótona en época de guerra. La lista de los lugares mencionados en su correspondencia es muy diferente. Aparte de Jockey, está el Hoggar (para «ver la danza del vientre»), el Poisson d'Or, Agnés Capri, el O.D., el Betti-Hoop, locales en los que se encuentra siempre a «gente equívoca», en los que asiste a una disputa entre «una especie de árabe amarillo y malsano» y el patrón, o si no, a «la curiosa escenita de una madama de burdel gestionando una cita». El Castor se ha aficionado a vivir experiencias.

Esa vida nómada está también muy organizada. Aparte del callejeo, están las cartas que hay que leer de Sartre y de los demás, las cartas que hay que escribir, hay que ir a correos, buscar la correspondencia, ocuparse de la novela, hacer las anotaciones del diario, corregir exámenes (pocas veces y muy aprisa), verse con una amiga a espaldas de otra. Desde las primeras cartas de su correspondencia, el Castor muestra su robustez: la narración de sus caminatas a pie con Olga por Alsacia, con Bost por los Alpes, sola por el Cantal; contabiliza las horas de marcha, los kilómetros recorridos. Escalarlo todo, verlo todo. Y contarlo todo. Es el punto débil del infatigable Castor, del que parte la inmensa empresa autobiográfica. En París, ya en guerra, la actividad sigue siendo como ella: febril, imperativa, implacable.

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