23 octubre 2012

Desde que tenemos el ordenador ya no se leen libros


No es un ordenador. Es un marciano. Estoy seguro de que es un marciano que ha entrado por el jardín y se ha instalado en la biblioteca de las enciclopedias (donde las tengo todas: todas las que tengo). La tecnología, los multimedia que denunciaba yo ayer mismo, la guerra de las galaxias, Batman y Bush me han enviado un primer marciano. Esto sólo puede ser el comienzo de la invasión. Socorro. Mi dacha tomada por los marcianos.

O es un marciano o es un ordenador que tiene un japonés dentro. Tras el primer susto, he probado a dialogar con él, a utilizarlo a mi favor, como hacía Napoleón con los generales enemigos. Pero el marciano/ordenador/criptonita me impone una ética tecnológica, una conducta lacónica y una mística de la impersonalidad. Todos los ordenadores son impersonales, objetivos y coñazo como Flaubert . Flaubert, hoy, hubiera nacido ordenador: ahí están Bouvard y Pecuchet. Como primer ejercicio de doma le propongo al marciano que hagamos juntos lo que más puede indignarle: un poema, un romance, que el octosílabo es la medida del castellano. Hasta el Quijote decía Juan Ramón Jiménez que empieza en prosa octosilaba.

Al enterarse de mi propuesta, al ordenador se le ha puesto lívida la pantalla, de terror o repulsión. Pero vamos a ello: y además romance agudo, que se joda (el ordenador, no el interesado): Corren rumores de fronda, mi querido don Narcís, de que le van a hacer pronto algo así como minís, minís como Pacordóñez, de los que van por ahí con asuntos exteriores que resolver al país. ¿Qué asuntos resolverás, ministro liliputí, si los sargentos te han puesto a que hicieras la mili? iAy qué fue de tu piano con las teclas de marfil, ay piano del presupuesto y la defensa atlantí! iAy qué fue de aquella OTAN para matar al mujik, ay tus glorias que ahora canto en romance andalusí! (El ordenador ruge, se atranca como una carreta, el marciano maldice en su idioma, «Fl, Ctl, F9, replace, salvar y seguir, salvar y seguir...» Yo creo que quiere salvarse, más algo así como «coño» en marciano, más los espasmos verdes y sintácticos de la pantalla. Este ordenador es de derechas. Pero sigamos, que ya hay medio romance): Mas no para aquí la cosa, mi querido don Narcís, que ya es usted el «tapado» para después de Felí, que dice que se retira a descansar en Seví. iAy qué será de la España y de la democrací cuando la rija hombre de armas como ya lo es don Narcís! ¿Para eso tanto roneo y tanto votar que sí, para esto la mayoría por un escaño escañí?

Para acabar como entonces, con un presidente amí de los grandes generales, de Bush y de su misil. iAy qué fue de tu piano, sinfónico de la mí, mejor serías director de nuestra Orquesta Nací, que tienen montado un cirio contra Halfter, el mi amí! Mejor márchate a una banda para tocar la ocarí o que te me hagan sargento de nuestra Guardia Civil. ¿Para esto tanta movida, ordenador de mi ví, que empezamos de sociatas y terminamos así? ¿Para esto don Pablo Iglesias y el marxismo leniní? Voces corrían por España y cuchillos por Madrid de que los équites vuelven a gobernar la nací, de que los milites llegan sobre las Autonomí, cuando deje don González de gobernar el país. Ya militar de paisano, nos mandará don Narcís. (Gañidos electrónicos, obstinaciones de hierro, toda la felinidad de las electricidades.

«Salvar y seguir». O sea que quiere irse. Esto no es precisamente la máquina de hacer versos de Juan de Mairena. Pero yo jamás he dejado un romance ni una columna sin terminar): Adiós, ministro del miedo, adiós, catalán bají, hola, Señor Presidente (el del Nóbel Asturí). Por qué tú precisamente. Cien mil hijos de San Luis escoltan hoy tu estatura por si al fin llegase el dí en que el ministro/soldado nos llegase a presidir. Porque hasta aquí hemos llegado el romance y la transí: a la sospecha marcial de si se van a fundir los rojos descamisados y los hombres del fajín. (Ya me he cepillado al marciano).

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