01 enero 2012

James Rizzi, artista de lo cotidiano.

En la muerte del artista James Rizzi abundan las referencias laudatorias con niño incorporado, recordando que su arte era asumible por los infantes merced a su colorismo selvático y a la facilidad para leer sus códigos, pero Groucho Marx, siempre avizor ante las trampas del tópico, ya sentenció aquello de que «incluso un niño de cinco años podría entenderlo. ¡Que me traigan a un niño de 5 años!». Los collages, pinturas y dibujos de Rizzi no merecen catalogarse como juguetones animalitos destinados al público de cero a cinco años por mor de su simpleza o blandenguería. En realidad, gustaba a los nenes y también a los mayores con los radares estéticos bien engrasados. Lo suyo, sus figuritas cómicas, su uso del 3D previo a la murga del fenicio Cameron, sus abigarrados mundos paralelos de seres entrañables rezumaban pop adictivo, kitsch sin ironía y finalmente talento para destacar haciendo lo mismo, aunque mejor, que otros 2.000 artistas callejeros que sueñan con abandonar las partisanas calles para encontrar una cálida galería.

Nacido en Brooklyn, Rizzi estudió arte en la Universidad de Florida. No es baladí el cambio. Nueva York, antes de su reconversión Walt Disney y su posterior embalaje turístico como buñuelo chic vía Sex and the city, era, junto a Chicago, una de las últimas ciudades-ciudades de EEUU: no un conglomerado de adosados pastel y centros comerciales sino un núcleo urbano sólido, maloliente y rugoso, o sea, serio. Florida, en cambio, del art decó a Corrupción en Miami, es el reino del aire acondicionado, las fachadas fucsia y los delirios en tecnicolor. Sus artistas, por tanto, son fieles representantes de una sentimentalidad multifrutas, de la que Rizzi sería buen representante sino fuera porque cierto ruido neoyorquino, la condición mestiza de su ciudad natal, también burbujeaba en sus obras.

En cualquier caso fue en Gainsville, Florida, donde Rizzi acertó a definir su lenguaje. Pinturas con toques escultóricos, el sonriente murmullo de muñecos sin problemas, campanas de espumillón y otros tirabuzones sin peligro sobre las crines de un infantil caballito más disneyworld que machadiano. Tras regresar a NY y exponer en alguna muestra grupal y no pocos muros abandonados, la fama llegó del extranjero. En Asia, tan devotos de la sentimentalidad naif que asocian a lo occidental, y sobre todo en Alemania, su trabajo recibió tratamiento principesco. Entre los encargos se cita el diseño de la portada de un periódico alemán, la decoración de varios modelos del escarabajo de Volkswagen y el embellecimiento de unos cuantos aviones comerciales de Lufthansa a base de pájaros, estrellas y otros celestes caminantes.

Pronto sus diseños podían encontrarse en multitud de objetos cotidianos, incluyendo una bella serie de billetes de metro que le encargó la Autoridad Portuaria de Nueva York. También diseñó algunas portadas de elepés, años antes de que se decretara que los discos ocupan lugar y que las estanterías de las casas visten mejor ocupadas con imprescindibles porcelanas, cucharitas y portarretratos antes que con carátulas de los Beatles.

Venerado fuera, reconocido en casa, vivió entre el Soho y Alemania, contrajo matrimonio, se divorció, vivió 61 años y ha fallecido en su apartamento de Manhattan, dicen que de forma plácida, dejando madre, dos hermanos, no pocas obras de valía y numerosos admiradores.

James Rizzi, artista, nació el 5 de octubre de 1950 en Nueva York, donde falleció el 26 de diciembre de 2011.

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