21 enero 2012

El Soul ya tiene su fiera

Etta James lo ha sido todo en la historia de la música. Niña prodigio del gospel, aprendió a espabilar almas en el coro. Había nacido en Los Ángeles, y como su historia parecía excavada con una pala mágica se dice que, aparte de no conocer a su padre, creía que éste bien podía ser el Gordo de Minnesota (recuerden el filme El buscavidas). Parece que muchos años después se encontraron y que el viejo Fat le explicó que era posible, o no, porque no recordaba muchos capítulos de su vida excesiva. 

Arrebatada, aparatosa, repleta de luces y pozas fue también la biografía de Etta. Con una madre ausente, conoció un hogar tras otro. Como Sam Cooke o Aretha Franklin, comenzó a cantar en la bancada sagrada hasta que la descubrió, entonando un tema en la calle, Johnny Otis, el productor de Hound dog de Big Mama Thornton y que, ironías del destino, ha fallecido 24 horas antes que su gran hallazgo. 
De la mano de Otis, Etta James firmó por el sello Modern Records, donde brillaba Little Richard. Allí registró su primer éxito, Dance with me, Henry (el título original, Roll with me, Henry, hubo que cambiarlo por la censura). Poco después se mudó a Chicago, a la discográfica Chess, legendaria casa de Muddy Waters, Howlin' Wolf o Willie Dixon, Otis Spann y demás leyendas del blues eléctrico. 

Lanzada como una cantante de crossover, entre el pop, el rhythm & blues, el doo-wop y el jazz, los hermanos Chess envolvieron su poderoso grito con cuerdas, pianos y coros, facturando múltiples gemas. Muchas pueden encontrarse en su primer disco largo, At last, repleto de clásicos como el juguetón Spoonful, el arrebatado All I can do is cry, la sexualidad de I just want to make love to you, la volcánica At last o Anything to say you're mine, declaración de principios donde la voz de Etta noquea desde el primer segundo. De 1964 es Rock the house, un brutal directo de blues derretido que mostraba la ductilidad de una mujer que en cada corte se rompía la carótida. En 1967, tras un par de años flojos en ventas, sus jefes decidieron enviarla a los estudios FAME. Semejante hito bien merece párrafo aparte... 

En la esquina norte del Estado de Alabama hay un pueblo miserable, Muscle Shoals, que sin embargo refulge. Allí, el productor Rick Hall fundó los estudios FAME. Poco después su sección rítmica creaba su propio estudio, Muscle Shoals. Entre los dos alumbraron muchos de los grandes discos del soul y el rock and roll. Bob Dylan, Willie Nelson, Duane Allman, Tom Jones, Paul Anka, Paul Simon y los Rolling Stones grabaron allí, atraídos por la mística y la fabulosa calidad, de unas habitaciones por las que habían pasado Otis Redding, Wilson Pickett, Joe Tex, Aretha Franklin, Arthur Alexander, Percy Sledge o, claro, Etta James. 

Apodada Peaches, James había llegado a FAME de la mano de Chess. La historia resulta conocida: empaquetar a tus mejores vocalistas rumbo al profundo sur. Rodearlos de fieras autóctonas como Hall, Spooner Oldham, Jimmy Johnson, David Briggs o Jerry Carrigan. Llamar a compositores como Dan Penn u Oldham. El resto, pura alquimia, daba como fruto joyas inverosímiles como Tell mama, el disco que James registró en 1967, monumental simbiosis soul que alumbraría clásicos como la canción homónima, la gloriosa recreación del Security de Redding o esa agónica, espeluznante balada llamada I'd rather go blind. 
A semejante obra maestra le sucedió una caída a las tinieblas. Bebedora compulsiva, Etta se había aficionado a la heroína a principios de los 60. El bajón de Chess, unido a sus problemas con los venenos, los contratos poco generosos y su carácter pendenciero, propiciaron que la gran vocalista conociera años oscuros. Saltó por varias discográficas, peleó con sus demonios, pasó incluso por la cárcel, tocó por cuatro perras en garitos infames. Su legado era patrimonio de nostálgicos, pareciera que nadie iba a reconocer tan fastuosa herencia. Hasta que en 1988 James, feroz y orgullosa, firmó por Island Records, regresó a FAME y registró nuevas canciones junto a Jerry Wexler. 

De ahí en adelante se sucedieron los discos (siempre dignos) y los reconocimientos. Fue elegida miembro del Rock, el Blues y el Rockabilly Hall of Fame. Recibió varios Grammy. Publicó su autobiografía, la tremenda Rage to survive. Y hace dos meses lanzó su último disco, The dreamer, un suculento recordatorio de que ninguna muñeca pixelada podría sustituir el empaque de quien cantaba con la daga en el muslo y los cojones en las cuerdas vocales. 

James merecía todos los honores, pero no fue invitada a cantar en la ceremonia de investidura de Obama. Aquella noche, cuando bailaron el presidente y la primera dama, fue Beyoncé la que usurpó a la emperatriz del soul el privilegio de cantar su monumental At last. Tenía sentido: Beyoncé había interpretado a Etta en la película Cadillac records, y sin duda era más conocida. Pero qué ocasión perdida para que los niños hubieran aprendido en directo la diferencia entre la potencia sin pellizco de la actual diva del r&b y la urgencia felina, el vozarrón con duende, la garganta de oro de una Etta mil veces más artista que su fatua imitadora. 

La historia de siempre: el marketing, lo cool, recogía los cheques y aplausos que correspondían a los pioneros. Y qué. Aunque Obama no se entere, nadie en su sano juicio negará la primacía de Etta en el panteón divino, sentada junto a Solomon Burke, Cooke, Pickett y Redding, Ray Charles o James Brown. 
Descanse al fin la dama que nunca retrocedió, torbellino que atacaba el micrófono con las tripas, enemiga de sí misma, brillante, maldita y brava, suprema tigresa soul. 

Etta James, cantante, nació el 25 de enero de 1938 en Los Ángeles (California, EEUU) y falleció el 20 de enero de 2012 en Riverside (California, EEUU).

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