A quién no le gusta Julio Iglesias??

Sospecho que el mayor desgaste de neuronas cerebrales no se lo ha producido a Martes y Trece el correcto y profesional show que acaban de realizar sino sus previas y aterradoras dudas sobre el formato y el fondo de ese show. El cerco de las diferentes y voraces tribus de indios para arrebatarles su feudo ancestral, aprovechando la preocupante decadencia y la dispersión del gran mito, se preveía especialmente cruento durante la última Nochevieja, pero el Séptimo de Caballería ha demostrado que, a pesar de su envejecimiento, a pesar de que sus hazañas actuales abusan de la fórmula más repetitiva, a pesar de los comprensibles desarreglos hormonales que acompañan a la menopausia de los grandes talentos, no existe una competencia seria para destronarles. La fatigosa sensación de «ya visto» no me ha abandonado durante la previsible actuación de mis queridos histriones. 

He vuelto a agradecer la impagable visita de la carcajada en las parodias de Hermida 7 en los diálogos telefónicos de Raffaella Carrá con el anónimo y adorable público que tanto la quiere, he comprobado la audacia josemillanesca al atreverse a aguijonear de forma mediocre a la indescriptible Rosa Conde (es la primera vez que centran su miedosa, prudente o estratégica mirada en un personaje de la política), he asistido a una soez y penosa caricatura de un dodotiano cantante moro con problemas intestinales (nunca me ha hecho gracia el ocurrido universo del «caca, culo, pedo»), he visto imitaciones tan rutinarias como eficaces de antidiluvianos y asesinables cantautores (Dyango, Iglesias, El Puma, Raphael, Luis Aguilé, María Ostiz), he sufrido a indeseada y simbólica presencia de ese buscavidas de clase ínfima, de ese folclórico analfabeto, de ese macarra con pretensiones líricas conocido como Lauren Castigo.


Todo sonaba a familiaridad, a repetición, a exprimir con patética usura las últimas gotas de leche en una vaca que alguna vez fue opulenta. Seguimos anhelando el nacimiento de otra «empanadilla» genial, la resurrección del Ave Fénix, el inconfundible y añorado rugido del león a punto de ser domesticado por la molicie y por las continuas y monótonas exhibiciones de circo. Sigue siendo el rey de la selva, pero el monarca ha academizado su magia y ha perdido la capacidad para sorprender a sus visitantes más exigentes. La tenue sonrisa ante la decepcionante actuación de Martes y Trece se transforma en mueca de asco al aparecer el carismático y excesivamente desvergonzado charlatán de feria Joaquín Prat. 

El emblemático voceador del fétido montaje publicitario El precio justo, el histérico apologista de la alegría de vivir, ha vendido en esta ocasión su alma mercenaria y su cochambrosa persuasión oratoria a los inventores de Maastricht y de esa Europa sin fronteras que va a joder todavía más a los que siempre han estado jodidos. Con el artero pretexto de ejercer de maestro de ceremonias en las doce campanadas redentoras (casi logró la proeza de hacer añorar a Marisa Naranjo) el vendedor de crecepelos recuerda los inolvidables regalos que nos hizo el Gobierno durante el esplendoroso año 92. Despues del suplicio «pratiano», le toca el turno de tortura al apergaminado Julio Iglesias, vestido para la ocasión con un terno que le asemeja al primo más tonto de la familia Corleone, empeñado en ser cantante de las Vegas. 

Vuelvo a recrearme en su alquilada y desgarrada poética («aunque haga calor vete igual por el sol, mojarse es crecer y corriendo entre charcos te puedes caer»). Sergio Dalma plantea un interrogante metafísico: ¿Y a quién no le gusta Julio Iglesias?». No hay respuesta.

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