El honor es lo primero

Sigue la comunidad financiera inundada por los ecos del reciente auto del juez Moreiras sobre el Banco Santander y las cesiones de crédito. Con el paso de los días, se van sabiendo algunas cosas y se van aclarando algunos perfiles que parecían borrosos el pasado 13 de enero. El tiempo, sin embargo, no consigue desempañar la difícil posición del Banco Santander. Esta es la historia de una presión en cadena. A Clemente Auger le presionan de arriba -que así está el poder judicial y nuestra pobre democracia desde el asesinato madrileño de Montesquieu, y el presidente de la Audiencia Nacional, como ya ocurriera con pasados desmentidos, presiona al juez Moreiras en pos de una salida airosa para el Santander, y el juez ofrece a su superior un argumento jurídico para retirar la fianza de 8.000 millones que había impuesto. 

Pero Moreiras se toma cumplida revancha. El juez no quiere pasar ante la opinión pública como un cantamañanas, os vais a enterar, y salva su reputación con un relato de los hechos que resulta demoledor para los intereses de Emilio Botín. Una de las cosas más notables del nuevo auto es que describe las prácticas de la entidad bancaria como si fueran hechos probados, con la misma contundencia. La transcripción de las cartas cruzadas entre la cúpula de la entidad y los responsables jurídico y fiscal son ciertamente demoledoras. ¿Cómo puede una entidad como el Santander haber dejado testimonio escrito de tales idas y venidas? De modo que Miguel Moreiras le ha dejado a Botín bajo la cama una carga de nitroglicerina con la mecha encendida. El problema para el banquero es cómo se presenta ante su Junta General, el 6 de febrero, con un asunto así pendiente.


Ya sabemos de sobra que en las Juntas bancarias nunca pasa nada, pero no se trata de eso. Se trata de que es poco airoso presentarse ante los accionistas con semejante papelón bajo el brazo, ante unos accionistas a quienes has dejado con el culo al aire, unos señores que colocaron ahí su dinero porque alguien les dijo que no iban a tener problemas, y que ahora se ven, solos ante el peligro, obligados a acudir a confesarse con Hacienda para hacer una complementaria. Porque el banco ha desplazado, o ha tratado de hacerlo, su responsabilidad a sus clientes y accionistas, lo cual no es precisamente una gracia. Malos tiempos para la lírica, admirado consejero delegado. La propiedad está tratando de aislar el problema en una sola cabeza, y lo está logrando, a pesar de que el responsable de la red no se apellide Echenique, sino Rodríguez Inciarte. 

Esa página 38 en el Boletín Oficial de la Casa Común del día 14 de enero, con tu foto de cuerpo serrano entero, dicen en el Madrid financiero que no es casual, que es casi tu veredicto, así es la vida, alguien tiene que ser inmolado en el ara del Santander, porque ni Banacloche ni Uclés - «ésta es una prueba que Dios me manda»- son suficientes para lavar el honor de los Prizzi. Será siempre una salida plena de honores y dinero, mochuelo de oro, y lo suficientemente dilatada en el tiempo para dar tiempo a la bella Ana Patricia a terminar de madurar para tomar el relevo. P.D. Otro asunto que tiene convulsa a la comunidad financiera es la brillante operación diseñada al alimón entre Solchaga y Luzón para limpiar las sentinas de Argentaria, endosando el lastre maloliente de más de 300.000 millones en créditos de dudoso cobro al pobre ICO. 

Así, cualquiera. Pero ¿qué es lo que se está saneando, Argentaria o el BEE? Porque da la casualidad de que en el Exterior hay accionistas privados, de donde se colige que alguien está intentando sanear un Balance a favor de accionistas privados con cargo a fondos públicos. Un escandalazo en ciernes, con el visto bueno del Consejo de Ministros. Habrá de volver sobre ello.

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