27 noviembre 2017

Cuando Verónica Forqué interpretó a Kika

En la lista de nominaciones a los Premios Goya ha desaparecido misteriosamente la mejor película española del 93, la apuesta más brillante y arriesgada, la locura esperpéntica de devolver la vida al Generalísimo Franco para que nos eche una incómoda partida al mus. Francisco Regueiro, que tampoco es candidato a la mejor dirección, depositó en Madregilda sus sueños, sus fantasmas, los miedos que le sobreviven más allá de la tumba del Valle de los Caídos. Hizo la película más creativa y personal del año, pero no ganará el Goya. Tal vez su soldadito de plomo, su caudillito Echanove, compense la injusticia.

Otro dictador ha resucitado este año por deseo de otro rojo de toda la vida. García Sánchez ha dado nueva voz al feroz tiranuelo Santos Banderas. El film puede darle a Gurruchaga un Goya por su virrey mariquita (por cierto, enfrentado a otro personaje homosexual, el interpretado por Echanove en Mi hermano del alma, que repite nominación). El ganador debe ser el heterosexual Fernando Valverde de Sombras en una batalla, ya que Fernando Rey ha sido eliminado, probablemente porque el padre de Franco nunca tuvo influencia en el cotarro.

EL DOLOR, EL PASADO, LA SOLEDAD. Hay este año tres hermosas películas tristes, reflexivas, intimistas. Sólo una de ellas se ha encaramado a la terna de lujo, Sombras en una batalla de Mario Camus. Las otras dos son El pájaro de la felicidad de Pilar Miró, muy injustamente menospreciada en las ternas, y El diario de Lady M, la nueva entrega española de Alain Tanner. Las tres son películas que hablan de los sentimientos, del amor, de la pérdida de la comunicación, del olvido del pasado. Son películas que se apuntan a un un romanticismo frío, un romanticismo que se crece en el análisis de los sucesos que nos hirieron, del presente en soledad. Las tres son películas de extrema sencillez narrativa, muy desnudas, muy personales. En la terna a la mejor actriz figura con justicia Carmen Maura, que crea con extrema complejidad un personaje de mujer dolorida, silenciosa, secreta. Será difícil elegir entre este trabajo dramático tan profundo y el ritmo vertiginoso que Verónica Forqué imprime a Kika.


Misteriosamente no aparece en la terna el nombre de Mercedes Sampietro, absolutamente magistral en el dificilísimo personaje de la película Pilar Miró. Alcaine, su operador, es un serio candidato al premio a la mejor fotografía.

MI INTRUSO DEL ALMA. No es demasiado corriente que dos películas españolas en el mismo año cuenten la misma historia, y menos aún que las dos sean muy buenas. Con Intruso, Vicente Aranda ha dado una vuelta más a la tuerca con que apretó su excelente Amantes. Comparte esta película con las del grupo anterior su inscripción al intimismo, pero huye del realismo hacia un cine que esconde una poética oscura y violenta. Es una película difícil, casi tanto como El amante bilingüe la otra película que Aranda nos ofreció este año, menos celebrada por el público, pero igualmente excelente. En las dos estaba Imanol Arias. A mi juicio, y eliminado el Saza de Berlanga, Imanol debería llevarse el Goya, aunque tiene dos fuertes oponentes. No creo que haya impedimento para que Aranda sea considerado el mejor director del año. Apuesta fuerte y obtiene resultados óptimos. El otro intruso viene firmado por el debutante Mariano Barroso, que se presenta con un trabajo de primera fila. Mi hermano del alma es la versión realista de la película de Aranda. Tiene una narración sólida y mucha trastienda escondida. Los amigos de Intruso son aquí hermanos y se quieren más que aquéllos. Juanjo Puigcorbé y Carlos Hipólito están francamente espléndidos.

VIOLADORES« VIOLENTOS, VIOLETAS. Almodóvar presentó su Kika y originó el mayor vapuleo, de la crítica que se recordaba por estos pagos por lo menos desde que Saura llevó a Venecia su ¡Dispara! Ciertamente se espera de Almodóvar una película que se codeara con las de Allen, Scorsese o Coppola, Y Kika no ha respondido a esas expectativas, pero creo que hay en ella suficientes ideas cinematográficas, diálogos brillantes y actrices estupendas como para considerarla un peldaño más en la interesante filmografía de su director. Maniatada y bigotuda, a Rossy de Palma no hay quien le quite el Goya a la mejor secundaria. El error de Almodóvar estuvo precisamente en no seguir a Rossy a casa de su prima y dejar en paz a Peter Coyote en California.

Tampoco gustó ¡Dispara!, aunque los críticos salvaron a su protagonista, la italiana Francesca Neri. Discrepo sobre ¡Dispara!. A mí me gusta, y mucho. Tanto es así que me parece la mejor película de Saura desde Elisa, vida mía. Es modélicamente concisa, sorprendentemente sencilla y muy emotiva. El excelente trabajo de Aguirresarobe debe reforzar su candidatura a la mejor fotografía por La madre muerta, segunda y muy interesante carta de presentación de Juanma Bajo Ulloa, que eclipsa prácticamente la violencia generada en las dos películas que la preceden en este apartado. Alrededor de un personaje extremadamente violento, un psicópata asesino, un sádico y voluble secuestrador, a quien el director pretende presentar con ribetes románticos, Bajo Ulloa cuenta una historia siniestra, opresiva, profundamente desagradable. El joven director de Vitoria narra este cuento de terror con brío, rueda muy bien, aunque su guión no acabe de encontrar el punto adecuado para conseguir la credibilidad. Es, sin duda, una película prometedora, con una magnífica interpretación de Karra Elejalde, una música excelente de Bingen Mendizábal (otro olvido imperdonable de las ternas), y por supuesto, la más firme candidatura al premio a la mejor fotografía. También se muestran peligrosas actitudes violentas en la película Mal de amores de Carlos Balagué y en La ardilla roja de Julio Médem, que este año se erige con el título de mi película cordialmente detestada, a pesar de los muy buenos trabajos de Nancho Novo, Emma Suárez y Carmelo Gómez, tres jóvenes actores que no hay quien los frene.

TRAMPOSOS, MEGALOMANOS Y BUSCAVIDAS. Berlanga ha vuelto con su divertido revoltijo de Todos a la cárcel. Es una película que entronca sin dificultad con temas de Plácido, El verdugo y La escopeta nacional. Por ella desfila un ejército civil de pillos, estafadores y aprovechados de toda índole, que dan ocasión a algunas interpretaciones cómicas memorables. Es una película crítica, anarcoide y algo desabrida, en la que renace el talento de Berlanga para la observación puntual de la realidad y para la confección de gags de complicada visualización. No es una de las tres mejores del año, pero su inclusión no desdice.

Cuerda, que a menudo se ha confesado discípulo del maestro valenciano, ha hecho este año también una película sobre tramposos y fulleros de medio pelo. Se llama Tocando fondo y se presentó como la película de la crisis. Es una comedia de risa, cargada de mala leche y llena de gags intencionados. Junto a Resines, Jorge Sanz y Alexandre, destaca en esta película los trabajos de las chicas, Iciar Bollaín y Fiorella Faltoyano.

Junto a los pícaros y sinvergüenzas de Berlanga y Cuerda, Gómez Pereira colocó a los ilusos y encantadores actores porno de su ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?, uno de los éxitos comerciales del año, una comedia muy divertida, apoyada en un soberbio trabajo de Verónica Forqué. Y el simpático e iconoclasta Bigas Luna, siguiendo la línea de comedia mediterránea grosera y sexual saltó al ruedo con Huevos de oro, historia de un trepa megalómano que aspira a tener dos de todo. Javier Bardem se apuntó un éxito personal indiscutible y la única nominación obtenida por la singular película de Bigas, también detestada por la crítica. El otro megalómano es el millonario de La vida láctea, un desnudito e insospechado Mickey Rooney que decide regresar al período de lactancia para aprovechar sus cuartos y sus últimos meses de vida en brazos de la oronda Marianne Sagebrecht. Una película curiosa, fallida y muy polémica, que todos menos yo parecen haber despreciado.

MENTIROSOS, COMEDIANTES, SUPLANTADORES. Tres comedias muy diversas nos muestran el mundo del encubrimiento, del juego, de la mentira. Chávarri con Tierno verano de lujurias y azoteas, Colomo con Rosa Rosae y Juan S. Bollaín con Dime una mentira han hecho incursiones muy sugerentes y personales en la trastienda de unos personajes que simulan, que deforman la realidad para dominarla, para sentirse protegidos ante ella, ante sus semejantes, ante sus contrarios. Estas tres películas, vistas en los primeros meses del año, han caído en el silencio de los Goya.

COPLAS, BOLEROS Y GORGORITOS. Josefina Molina salvó de la quema el peligroso proyecto de un remake de La Lola se va a los puertos con Rocío Jurado. La diva canta estupendamente, pero la crítica se mostró tibia y el público no entró. La prolífica Maribel Verdú cantó preciosos boleros de nuestra memoria en Tres palabras, un nuevo intento de Giménez Rico de hacer una película como las de antes. Los gorgoritos corrieron a cargo de la inverosímil Marta Sánchez que fracasó en Supernova, su debut cinematográfico. Su interesante director Juan Miñón se sacará la espina en e194 con la recién terminada El rey de Nápoles.

VESTIDOS DE ANTIGUOS. Tres películas de época cierra este balance del cine español del 93. Querejeta produjo y Paco Lucio dirigió El aliento del diablo, una concisa y violenta narración medieval que dividió a los críticos del Festival de San Sebastián. Los catalanes Antoni Verdaguer y Gonzalo Herralde presentaron respectivamente Havanera 1820, uno de los grandes fiascos del año, y La fiebre del oro, que no he visto. Con Tirano Banderas, estas tres películas retoman el cine de ficción histórica que parecía abandonado últimamente en beneficio de las comedias. No sabemos qué inventar para luchar contra el GATT.

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