19 septiembre 2017

Margarita, la perfecta dama británica

Cuentan que le llevaron la audiencia desde los cuatro rincones del antiguo imperio británico, en barco, en avión, en ambulancia y en silla de ruedas. Solemnidad, más de medio millar de viejos lores, siglos de historia disecados, y Margarita. El miércoles era su día. Y ahí la ves, a Margarita, con el aire didáctico de sus papeles y sus gafas en la mano. Con la media sonrisa cortés, algo sexy, de perfecta dama británica y ese gesto civilizado, que igual sirve para preguntar si le gustó el té, muchas gracias, o si el gurka le degolló eficientemente al pibe en el desembarco de San Carlos. Margaret Thatcher sigue siendo la dama de las bragas de hierro, la mujer que no dudó hace 11 años en enviar un ejército a pelear salvajemente a los argentinos una cuestión de honor por unas remotas islas. No hace un mes que las encuestas señalaban ciertas preferencias por ella, en vez de ese muchachito, Major, al que en The Guardian pintan con los calzoncillos por encima del pantalón, para llamarle medio bobo.


Las encuestas, claro, son lo que son. Y allí estaba ella, traje azul, collar de perlas, el fundamentalismo, la Alfonsa Guerra del Partido Conservador, entre los viejos loros de pico colorado y ojos lacrimosos, apelando al pasado, aventando el fantasma del antagonismo con Europa sobre los últimos restos del imperio. La baronesa Thatcher, asuntos personales, intentando castigar al gobierno de los suyos que la defenestró, con la coartada de reclamar por principios un reférendum contra Maastricht. Buen intento, pero mala jugada contra la historia. Aún es posible que el último lunes de julio los comunes le den un «eurorevolcón» al muchacho de los calzones por fuera, en rechazo del capítulo social comunitario. Pero, para entonces, Margarita, la férrea dama del gesto apáticamente cortés, no podrá presumir de haber removido en su contra siquiera a una institución hereditaria y anacrónica. «No somos una cámara elegida», se excusó Lord Gray, antes del 445 a 176 de la votación. Y los fantasmas, la política de carisma y visceralidad, fueron barridos por un suave soplo de viento añejo: la historia siempre acaba por dejarse atrás a sí misma. Pobre Margarita.

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