13 septiembre 2017

La boda judía del siglo

Que nadie hable hoy de bombardeos en el sur del Líbano ni de estancamientos del proceso de paz. Porque cuando la aristocracia del judaísmo ortodoxo contrae matrimonio, hasta los milicianos del Hezbolá salen de sus escondrijos para bailar al son de los acordeones y de los clarinetes. Jerusalén se vistió ayer de gala para celebrar la «boda del siglo», entre Mardoqueo Aharon -tímido, de carrillos colorados y casto a sus 18 años- y Sara Lea -frágil doncella del barrio ortodoxo de Kiriat Ata, ojos soñadores, labios de cereza y virginales 17 años-. «Este matrimonio representa la unión de los dos principales troncos genealógicos del hasidismo contemporáneo y pone fin a una guerra de sectas que ha dividido a la ortodoxia durante casi un siglo», me explica Leizer, corresponsal del diario religioso La Palabra Judía. 


Mardoqueo es el vástago del décimoctavo Gran Rabino de la secta Belz, una de las más importantes comunidades hasídicas que existen en el mundo. Sara es la primogénita del rabino Simón Lamberg, jefe de una secta poco numerosa pero que ha producido grandes teólogos. Igual que ocurría con los Capuleto y los Montescos en Romeo y Julieta, de Shakespeare, los Belz y los Lamberg se odiaban a muerte por causa de una controversia teológica que ya nadie es capaz de recordar. Hasta que un día, el rabino de Lubavitch citó a los jefes de las partes beligerantes a su lecho de enfermo en Nueva York y puso fin a la disputa histórica. El alto el fuego resultó tan eficaz que a los pocos meses ambas casas dinásticas concertaban el matrimonio de sus hijos «para mayor gloria de Israel». Cinco minutos antes de que comenzaran las bodas, Sara y Mardoqueo eran dos perfectos desconocidos. Los judíos ortodoxos sostienen que los matrimonios los concierta Dios y que el amor es producto de la convivencia. Esta última palabra rima bien con «conveniencia»: la feliz pareja es heredera de una gran fortuna, amasada en el comercio de diamantes por parte de los Belz y de la compraventa de inmuebles por el lado Lamberg. 

Pero habría que plantearse si este tipo de enlaces supone la receta perfecta para la dicha conyugal. Porque Mardoqueo se ruborizó como un querubín y se le empañaron las gafas cuando posó por primera vez sus ojos sobre Sara. Ella bajó púdicamente la mirada mientras jugueteaba con su ramillete de azahares. El milagro del enamoramiento a primera vista se estaba produciendo ante las miradas auspiciosas de los 17.000 invitados que asistieron al evento. Como en Jerusalén no existe un recinto capaz de dar cabida a tal concurrencia, los padres de los novios tuvieron que alquilar una gran carpa de circo. Jacobo Deutsch, el rabino que ofició la boda, lanzó un estentóreo «Shma Israel» (las palabras con que comienza la más conocida de las oraciones judaicas) y todos nos pusimos de pie. Fue como cuando los hinchas en un estadio de fútbol ejecutan la «ola» para alentar a su equipo, sólo que en vez de camisetas, los ortodoxos visten caftanes oscuros y van tocados con gorros de piel, el último grito de la moda centroeuropea del siglo XVIII. Sara ascendió al palio nupcial con un vestido blanco, bordado de hilos de plata, una corona con engastes de piedras preciosas y collar de perlas. Nada de joyas sintéticas, todo auténtico como corresponde a una hija de Lamberg. Mardoqueo se quitó la chaqueta negra y se instaló bajo el palio, estirado y serio. Además de pronunciar las frases del ritual, el rabino Deutsch había preparado un sermón especial para esta ocasión: «Las casas de Belz y de Lamberg emergieron de las cenizas del holocausto nazi y aquí nos hemos congregado para ser testigos de su continuidad por los siglos de los siglos. Amén». La evocación del exterminio que sufrió el pueblo judío durante la II Guerra Mundial hizo que muchos de los presentes irrumpieran en llanto. 

Pero bastó con que Mardoqueo levantara el velo de Sara y la besara, para que la tristeza diera paso a un derroche de alegría que duró hasta el amanecer. Los hombres formaron varios círculos concéntricos y pusieron en medio una botella de coñac. El baile, una especie de polka desenfrenada, consistía en acercarse lo más posible a la botella sin derribarla. Los infractores pagaban su torpeza bebiendo sin pausa, hasta que alguien gritara «dai» (suficiente en hebreo). Los viejos maestros de teología batían las palmas al son de los clarinetes. Como la religión prohíbe que hombres y mujeres alternen en una boda, las damas bailaban agitando sus pañuelos, al otro lado de un tabique divisor. Otras se dedicaban a admirar o a criticar los atuendos de sus semejantes. Todo fue grandioso en las bodas de Mardoqueo y de Sara. Sobre las mesas había 150.000 botellas de diversas bebidas alcohólicas; 17.000 litros de zumo de fresas, más de 100.000 porciones de pescado relleno; albaricoques en almíbar y dos panes gigantescos. A todo esto, una limusina negra trasladaba a los consortes al hotel ortodoxo Reyes de Israel, donde les fue reservada toda una planta. En el vestíbulo, las madres de los novios sorbían té con bizcochitos y se guiñaban los ojos.

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