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Mónica Naranjo una araña en el escenario

Cuando todavía Mónica Naranjo no se había transformado en una araña en el escenario, conversión que costó una hora de retraso, Mario Circe, Camy y la abogada combativa estaban saliendo ya de ver Indiana Jones en el Plaza Mayor, donde habían aparcado la mayoría de los que fueran a ver a la diva de los gays. Y de Lula, a la que no le pega nada pero va de impredecible.

A la diseñadora gráfica le dejaron pasar al Parador de milagro, porque la conoce de toda la vida el de seguridad, que estaba allí para que decenas de listillos como ella no aparcaran en el hotel estatal de lujo. Ni el escritor vocacional sin obra publicada ni la abogada habían ido nunca a esos cines de ocio masivo. Ellos siempre han sido más de los Albéniz y el Alameda. Así que su noche en el Plaza Mayor les pareció el colmo del exotismo. Estaban positivos.

«Mira, se ve a gente medianamente normal, en fin, no quiero parecer extremadamente pijo, pero es que me habían dicho que esto era como un campo de concentración voluntario de merdellones.

Fíjate en esa familia, pro ejemplo, los niños van vestidos de niños, todos los hermanos iguales e incluso con la raya al lado, nada de mechas y crestita», dice señalando a una mesa que tiene detrás.«Y tengo que reconocer que, puestos a hacer una cosa masiva de ocio, pues en Málaga tiene más sentido hacerla así, al aire libre, que no meterte en algo como el Málaga Pestum, interior y con pestazo a depuradora a la salida. Lo único malo es que hay que rezar para que los pilotos de los aviones que nos peinan vayan todos sobrios», continúa la abogada. Y el abanico de ofertas es impresionante. Las hamburguesas más universales, frente al campero, especie de bocata malagueño. Italianos, indios, chinos, brasileños, de carne a la brasa y heladerías de mostradores infinitos y una lista de sabores tan larga como un menú degustación en El Bulli. Camy no opina porque, al fin y al cabo, los centros comerciales los inventaron ellos.

Sí que anda un poco inquieta con una familia árabe que camina cerca de ellos. Cosas del 11-S.La última va una joven muy alta, pálida, de andar lánguido y mirada profunda, vestida de negro del velo a los pies. «Parece la muerte», dice la americana. La muerte viaja en Cayenne, según ven media hora después, matriculado en un concesionario de Marbella.«Estos se sienten como en casa, se dedican a los centros comerciales, como en los Emiratos», dice la abogada. Antes, han estado en el local de la bolera. Han echado unos euros en The Fast and the furious, como deberían llamarse los peones de obra en paro que tienen que elegir entre la coca y la letra del BMW. Allí, al volante de ese simulador, han roto faroles en el barrio chino de San Francisco, se han chocado con los árboles de Central Park y casi se caen por el Golden Gate. 

«No entiendo porqué no se desfogan aquí los macarras y no con el coche de verdad», dice Mario. En ese momento entra una despedida de soltero. El protagonista va vestido de presidiario antiguo, con pijama de rayas, tiene cara de pringadete pero rastas de Bob Marley y lo que parece la panda del pueblo le jalea cuando se sube a un toro de rodeo mecánico con su muñeca hinchable. 
Cerca, una familia nórdica de niños de anuncio se anima y empieza a aplaudir. Se van con la sensación de que han visto un mundo, desde la tumba de Orellana hasta esa escena. El domingo está consagrado a la melancolía.Lula está triste incluso cuando gana España a Grecia. Paul Newman se está muriendo. A Mario no le pega eso de ver el baloncesto a la hora del desayuno y cambiar cerveza y patatas por café y tostadas. La abogada, nada olímpica, está preocupada. Tiene que dar explicaciones en Marbella a cinco comunidades de propietarios sobre las alegaciones al PGOU. No le han contestado a ninguna.

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