09 mayo 2016

Si Bruce Springsteen no hubiera salido enano

Fue en el Estadio Municipal de Cleveland, Ohio, durante la inauguración del Rock and Roll Hall of Fame en septiembre de 1995. Ahí estaban los Chuck Berry, John Fogerty, Jerry Lee Lewis, Bob Dylan...y Bruce Springsteen, que volvía a hacer soñar a sus fieles cuando para la ocasión rescataba, después de siete años de «separación amistosa», a la inigualable, mítica y legendaria E Street Band.

La reunión no fue determinante, ya que Springsteen se iba a enfrascar en solitario meses después en el laureado The Ghost of Tom Joad, pero la noche nos dejó algunos momentos memorables. Tal vez el que más, cuando Dylan hizo subir al escenario a Springsteen y juntos interpretaron una emotiva y desigual versión de Forever Young. Como diría un buen amigo «¡Qué momentazo!».

Por fin podíamos ver el dueto soñado entre el de Minneapolis y ese chico de New Jersey al que algún crítico había bautizado en sus orígenes como «el nuevo Dylan». Pues bien, ya han pasado ocho años de aquello y ese Forever Young bien se podría tomar como una declaración de principios.

Y no me estoy refiriendo únicamente a ese envidiable aspecto y forma física con la que le hemos disfrutado estos días en Gijón, Barcelona y Madrid, tocando durante más de tres horas, deslizándose por el escenario y hasta colgándose del revés en un micrófono.

La juventud de Bruce Springsteen nos llega a través de su música, de la manera de estar en el negocio del disco, de las cosas que no ha hecho («tener un chimpancé como mascota, cambiarse la sangre en Suiza »*) y de poner su voz en los ideales que aún defiende y trata de renovar haciéndolos reales noche tras noche encima de un escenario: honestidad, esfuerzo, compromiso y, cómo no, algo tan serio y fundamental como es la capacidad de divertir.

Bruce nos divierte y se divierte, muestra y demuestra complicidad con su banda y convierte el concierto en una fiesta con el público.Y ahí está la mejor muestra de juventud de Springsteen: su público.Sin perder a los seguidores de siempre, en las primeras filas se comprimen una legión de adolescentes que se desgañitan cantando Waiting on a sunny day, y que darían cualquier cosa por que Bruce reincorporara la costumbre de sacar una chica al escenario a bailar con él en la oscuridad.

Entre sus fans, ellas le adoran y ellos le ven como un colega (y no como rival o una rutilante estrella del rock). Conseguir esta conexión con el público, generar este sentimiento de comunidad y que, pese a las diferencias sociales, económicas y de edad entre ellos y el músico de New Jersey, todos hagan suyo el grito de «vagabundos como nosotros, nena, hemos nacido para correr», debe querer decir algo.

Pero hay más. Este verano tuve la suerte de compartir con Springsteen su camerino en las horas previas a su concierto en San José, California, en la gira de presentación de The Rising, y me habló del que para él era el papel del cantautor: «Es el canario en la mina de carbón, debe cantar aunque el aire no sea tan puro».Los mineros en tiempos de la revolución industrial los tenían como indicadores de lo respirable que era el aire, y la verdad es que en estos tiempos que corren, ponerle voz al miedo o a la confusión no es sencillo, pero es estar en el centro del diálogo.

Bruce Springsteen no es un cantautor político y, pese a eso, los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 han marcado su último trabajo, (como a Bush). Pero que nadie busque declaraciones de buenos y malos, legitimaciones o ataques al poder; Bruce Springsteen habla de personas que sufren, que han perdido a seres queridos, que buscan un sentido a la vida, que buscan consuelo.

Hay quien cree que no es suficiente. Hay quien espera que Springsteen además de músico sea un político, y no es su cometido. Tiene la habilidad de hacer canciones que tanto un republicano como un demócrata han tratado de hacer suyas (¿se acuerdan de Born in the USA?), pero también de empezar sus conciertos en Australia en plena crisis de Irak, con War, un alegato en contra de la guerra dedicándolo a los inocentes civiles iraquíes, o de lamentar a través de su página web, la censura y falta de libertad de expresión para con el trío tejano Dixie Chicks, muy críticos con el Gobierno de Bush.

De hecho, uno de los deseos menos ocultos de sus fans era poder escuchar en directo un nuevo tema llamado Devils and dust (Diablos y polvo), sobre la reciente Guerra de Irak. Tal vez resulte clarificador para más de uno.

Aunque estoy seguro de que hablará de gente corriente, de los que acaban pagando las decisiones de sus gobernantes. A Bruce le gusta poner ahí su voz, y ésta se vuelve arrolladora cuando la envuelve la E Street Band, felizmente reunificada precisamente en Barcelona el 9 de abril de 1999 y ¡Hasta hoy!

Juntos son una apisonadora del mejor rock, con Steve van Zandt y Clarence Clemons flanqueando a Bruce en el escenario con una gran fuerza escénica, el virtuosismo de Nils Lofgren, Roy Bittan o Danny Federici, dando cuerpo a cualquier melodía, Max Weimberg y Gary Tallent marcando compás, y las voces de Patti Scialfa y Soozie Tyrell que ayudan al Boss en los tonos más agudos. Son la E Street Band, la banda de rock más poderosa de la Tierra.

Bruce Springsteen tiene 53 años y el sábado en Barcelona le pedí que no piense en dejarlo, por lo menos hasta dentro de 30 más. Mi hijo Max está a punto de cumplir un año y me encantaría que pudiera disfrutar, tanto como yo, de este joven llamado Bruce y de sus amigos de la calle E. Y es que estos días he vuelto a ver el futuro del rock and roll y su nombre es Bruce Springsteen.¿Quién si no? 

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