16 febrero 2016

Ser rey es agotador

Ser rey debe de ser agotador. Es un trabajo a tiempo completo pese a la errónea percepción de que la vida de estos funcio-narios perennes consiste en una perenne bartola. Nada de eso. 

Cualquier cosa que concierna a estas ajetreadas criaturas (un almuerzo, unas vacaciones, un partido de tenis) deviene un complejo protocolo que se convierte, por el mero hecho de su asistencia, en un acto de estado. 

Tienen que sonreír aunque tres horas de peloteo en Wimbledon sean un coñazo. No, no están comiendo caviar iraní ni disfrutando de la playa privada sino incorporando un papel complejo donde los haya, un papel que hubiese acojonado a Marlon Brando: nada menos que representar a la totalidad de los españoles.

Imagínense por un instante la dificultad y la responsabilidad del cargo. Tener que representar al mismo tiempo a Juan Marsé y a Belén Esteban, a Chiquito de la Calzada y a Plácido Domingo, al republicano más ferviente y al monárquico más recalcitran-te, a usted y a mí, sin ir más lejos. Es un auténtico ejercicio de esquizofrenia contro-lada, una proeza actoral de primer orden llevar entre las costillas a más de 40 millo-nes de almas, sabiendo que de tu actuación depende el prestigio de un país, la buena marcha de la economía, las relaciones in-ternacionales. 

Saber que, tras la sinceridad de un apretón de manos, se esconden contratos millonarios, la indulgencia de los grandes y el respeto de los pequeños, los tronos y las abominaciones. Caminar por la cuerda floja, visitando siempre a otros acto-res menos entrenados, a presidentes elec-tos y a déspotas medievales con los que hay que fingir que sí, que lo suyo también es un régimen decente aunque algunas gotas de sangre manchen irremediablemente las exquisitas perlas de caviar en los platos.

Normal que la boda de uno de estos acto-res magistrales provoque pasmo mundial, desmayos unánimes, loas y alabanzas. Es lógico que los expertos en enlaces dinásti-cos se echen las manos a la cabeza cuando ven peligrar el trabajo de tantos años al po-ner el futuro cetro en manos de una plebe-ya, es decir, de una aficionada. 

Para estar a la altura del taquillazo, el guión de la boda tendría que haberlo escrito Shakespeare pero recuerden que hay que unificar crite-rios, satisfacer las exigencias contradic-torias de la señora abonada al Covent Gar-den y del hincha borracho del Manchester, de la aristocracia y de la chusma, que también tiene derechos, pobrecilla. 

Por eso la ceremonia de ayer, como toda boda real, desprendía el aroma hortera de una tarta decorada con bajorrelieves y el aire invero-símil de un cuento de hadas. Con la morale-ja feliz de que cualquier mujer decente pue-de llegar a calzar el zapatito de Cenicienta. Salvo quizá Belén Esteban, que es princesa por votación popular y no le hace falta.

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