08 septiembre 2015

Los periodistas esos difamadores profesionales

A mí nadie me ha pedido la firma para el documento ése de los periodistas contra las nuevas leyes restrictivas del Gobierno, pero allá va, desde aquí la ofrezco. Y no es sólo por espíritu corporativo, sino porque lo de la «difamación» me afecta muy directamente, ya que soy un difamador profesional. 

Más de una vez tiene uno escrito sobre el género periodístico de la difamación. La difamación es pariente próxima de la calumnia y la calumnia es ya un género literario y volteriano que comporta siempre un miligramo de verdad (de otro modo no sería viable), como la tonelada de agua de mar comporta un miligramo de plata. A mí, si me quitan la calumnia, me han recortado la pensión, como hace ahora Felipe con los pobres jubilatas. Una vez me lo preguntó la aguda y miope Pilar Urbano (en mi dacha sólo veía «unos rastrojillos», cuando hay pinabetos de siete metros): - ¿Tú has dado alguna vez una noticia, Umbral? - No, qué horror. 

Pero en cambio he difundido muchos rumores, que es más eficaz. Creo en el rumor. El Libro de Estilo que nos hacían estudiar cuando yo estaba en «El País», empezaba diciendo que «los rumores no son noticia». Tampoco las conversaciones telefónicas privadas del gran Jesús Cacho son noticia, y «El País» las usa, Cebrián y Polanco, tanto monta, monta tanto. O sea que al fondo de mi piscina el Libro de Estilo (el estilo es otra cosa, estilar es otra cosa, tíos), y vengo en hacer campaña por la difamación, que no es sino la manera de sugerir una verdad prohibida. En la entrevista televisiva de doña Rogelia a la Pantoja (y cómo abusa Mari Carmen del muñeco de la vieja) acaba de quedar claro que Isabel lo dice mejor cantando. Ella había encontrado un maduro (o que hacía las veces) que la sacaba de viudedades, y el chischibeo y la difamación la han vuelto a dejar de luto, aunque use las bragas blancas. 

Difamar supongo que significa quitar la (buena) fama, según los letárgicos lingüistas (un lingüista es todo lo contrario de un estilista), pero el que tiene fama es que es famoso, y los famosos ya saben que están expuestos a todo. Sócrates contó difamaciones del teatro griego, Cervantes difamó la novela de caballerías y a Joanot Martorell, Fernando de Rojas, judío, difamó a los godos en «La Celestina», Quevedo difama a todo cristo, el Alighieri difama a toda Florencia en su «Comedia», Voltaire difama a los jesuítas, Proust a los aristócratas y Marx a la burguesía. Difamar, a través de la Historia, se ha convertido en sinónimo de decir la verdad, una verdad socialmente oculta, «protegida». Sólo se difama a partir de un indicio real, pues que de otro modo la difamación no corre fortuna, como no la correría el decir que Ferrer Salat es bajito (con las cosas que se pueden decir de Ferrer Salat). Mi periodismo es pura difamación, una verdad con antifaz de mentira o ingeniosidad, para que pase. 

Pues claro que Cacho ha difamado a Mariano/Banco, pero la Historia dirá quién tenía razón. Para difamar, como para hacer sonetos, hay que intuir una verdad y luego saber desarrollarla. La difamación es poética porque es imaginativa, intuitiva. El Gobierno legisla ahora contra la difamación, pero en realidad legisla contra la verdad pública y publicada. González, negándose a aceptar la dimisión de Rubio, manifiesta que él sólo cree en las verdades que él mismo inventa: Maastricht, qué ridi. Una democracia fuerte no le tiene miedo a la difamación, como la Dolores, que era decente, no le tenía miedo a las coplas. 

Los ministros y los partidos le tienen miedo a un referéndum sobre Maastricht porque prefieren no conocer la verdad del pueblo. A semejante estrategia de suprimir la verdad ignorándola responde el decreto contra la difamación. Yo, si me quitan la difamación, me retiro a cultivar mi huerto como Voltaire, el gran difamador.

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