04 junio 2015

El hormigón también tiene sensibilidad

«No habrá nunca una puerta. Estás adentro y el alcázar abarca el universo. Y no tiene ni anverso ni reverso. Ni externo muro ni secreto centro». J. L. Borges Nunca he conocido a nadie que haya concebido el hormigón con la sensibilidad estética, con la originalidad técnica y con la esencial naturalidad con que lo hace Eduardo Chillida. Durante muchos años he convivido con ese curioso conglomerado artificial, utilizado desde la antigüedad, que llamamos hormigón. 

Después de la guerra, desde niño, mi padre -que era un gran ingeniero- me llevaba a sus obras y a sus fábricas de hormigón. Me extrañaba entonces como Pablo, aquel, más que obrero, artesano del hormigón, colaborador de mi padre desde finales de los años 20 en que acabó su carrera de ingeniero de caminos, hablaba de aquella masa informe y ambigua. «Don Francisco -decía- este hormigón tiene demasiada calentura»... «este encofrado no lo abriga bien»... «este hormigón está arrebatado», como si de un ser querido se tratase. Fui aprendiendo poco a poco que el hormigón es un material vivo, desde el momento de su gestación hasta pasados varios siglos. Más tarde, he conocido y tratado personalmente, como alumno y como amigo, a Eugene Freyssinet y a Eduardo Torroja, los más grandes ingenieros del siglo en la técnica y creación de obras de hormigón. 

Durante 50 años, pues, me he relacionado con el hormigón, tanto en su fabricación directa, como en el proyecto de obras públicas, y en su estudio teórico y práctico. Si digo todo esto no es porque piense que al lector pueda interesarle mi experiencia, que no tiene demasiada importancia, sino para alabar, en la medida que puedo, la afirmación con que iniciaba estas líneas: nunca he conocido a nadie que haya concebido el hormigón con la sensibilidad estética, la originalidad técnica y la esencial naturalidad de Chillida.

A partir de su primera escultura, que fue hormigonada en 1972, y que colgamos bajo el puente de la Castellana, si no recuerdo mal, son doce las esculturas de hormigón que ha realizado Chillida. En todas ellas, desde aquella primigenia, para mí inolvidable, tanto por su belleza que se agiganta con el tiempo, como por su enorme valor simbólico, colaboré estrechamente con él, intenté ayudarle a alcanzar los misteriosos objetivos que anhelaba. Para ello hemos realizado a la largo de estos últimos 18 años, ciento de probetas, ensayos e investigaciones, acerca del hormigón, a través del camino soprendente que Eduardo me señalaba, confiado en su intuición y en el arcano de su arte. 

Decir que estas esculturas son de hormigón es decir bien poco. Aún considerando la armadura de acero como una constante, para relizar estas esculturas contamos, como mínimo, con seis conjuntos de elementos necesarios (cementos, áridos, cremas, dosificaciones, encofrados y tratamientos) con cuatro variables; al menos, cada uno de ellos. Combinadas estas posibilidades, obtenemos 4.096 tipos de hormigón. 

Entre estos miles, están los hormigones de las esculturas de Chillida. Sus características son extrañas, produciéndose un fenómeno parecido al que puede comprobarse con la mayoría de las esculturas de alabastro o acero-Corten que ha realizado. Este hormigón adquiere otra naturaleza, tiene una densidad que no viene en los prontuarios: así como una mala escultura puede transformar el bronce en un material blando, o en algunas esculturas griegas, el carbonato de cálcio desaparece para dar paso a una piedra oculta, transparente, musical, eterna. Este hormigón tiene una masa sujeta a leyes de gravedad todavía desconocidas, una resistencia que no se mide en Kg/cm2 sino más bien parecida a la de los grandes encajadores de la historia del boxeo. 

(Revista de Occidente. Enero 1976). Desde el formidable hormigón romano, son innumerables la variantes técnicas y estéticas del hormigón. A mi entender, no es ninguna exageración afirmar que Chillida es el exponenete máximo en cuanto a la creacción de un hormigón nuevo, con expresión estética propia, partiendo siempre de encofrados, áridos, arenas, dosificaciones, aditivos y tratamientos naturales. En cuanto a su escultura a Gijón, ¿qué podría añadir?, ¿cómo podría expresar lo que siento? Creo que es una de sus mejores esculturas, si no la mejor. La primera versión que me envió Chillida me dejó perplejo: bajo una elegante sencillez se ocultaba una misteriosa complejidad estética. 

Tuve a mi lado algún tiempo el pequeño original definitivo de hierro, y lo estudié detenidamente, como había hecho con sus anteriores modelos. Sin duda era una muy hermosa escultura, como cualquiera de las suyas, pero en esta había algo enigmático, como un vacilante espacio cerrado y abierto al mismo tiempo, desde lo profundo hasta lo más alto, pero cuya esencia no adivinaba. Ya oculta en su encofrado, antes de hormigonarse, en aquella hermosa colina de Santa Catalina, sentí la inminencia de una revelación. Una vez desvestida de su maravillosa envoltura de madera, se me apareció como un milagro.

A pesar de tantos años trabajando con Eduardo, a pesar de conocer aquella escultura, como todas las suyas de hormigón, desde las sutiles medidas hasta sus tripas de acero, había sido incapaz de percibirla hasta que la vi en su verdadera dimensión, en aquel lugar sagrado, y me introduje en ella. Con su pureza, con su intemporalidad, con su verdad al margen de toda novedad, con su potencia religiosa, como una gran «taula», esta escultura es un templo enfrentado a la vasta mar. De vuelta a Madrid, lo comenté con Antonio Lopéz, conocedor y admirador de la obra de Chillida. Inquieto por mi testimonio, a los pocos días fue Antonio a Gijón y de inmediato subió a la colina amurallada. Allí la vió, en silencio, en la noche. Volvió emocionado: al menos esta vez, no había exagerado en mis palabras. También para él, esta es la mejor escultura de hormigón de Eduardo. 

El mes siguiente visitamos juntos, los tres, la exposición de Velázquez en el Prado. En la escultura de Gijón no hay nada de espectacular o teatral, sino algo mágico y misterioso, y a la vez, una elegante y natural complejidad. En toda esta experiencia de Gijón, como en tantas otras esculturas suyas de hormigón, lo extraordinario para mí es que en Chillida, además de un maestro, encuentras siempre un camarada, un amigo verdadero.

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