13 marzo 2015

Trozos del muro de Berlín se reparten como turrón

Los yanquis están comprando cachos del muro de Berlín como si fuera el turrón de la libertad en estas «navidades blancas» que se aproximan (las primeras que va a pasar el mundo sin Irving Berlin , el creador de la bellísima música con ese título). Alemania, pues, vende como souvenir sus ruinas ignominiosas. Peor es lo de España. Y digo que peor es lo de España porque la «España en progreso» es un slogan que debiera sustituírse por España en venta. Todo y todos estamos en venta, desde los viñadores que se van a hacer la temporada a Francia hasta los castillos medievales. La revista «Papeles de Son Armadans» denunció hace muchos años la venta de castillos españoles por piezas, con las piedras numeradas para luego montar otra vez el castillo en un rancho tejano. 

Y la cosa no ha cambiado con el cambio político, sino que se ha extendido. Aquí están en venta las grandes editoriales, la Universidad de Gustavo Villapalos, las televisiones, la Banca, todo el arte que se le escapa al Patrimonio Artístico Nacional, los valores espirituales (vendidos a la Banca Ambrosiana), el ajo de Pedroñeras (muy cotizado en Estrasburgo), las famosas que cobran por asistir a un cóctel, la costura española de tanta prosapia (que no funciona si no es aceptada en Milán), los pilotos militares que quieren pasarse a lo civil para ganar bien, el voto de Nicolás Piñeiro, el español que se ha vendido al inglés comercial (ni siquiera al literario), los raíles del tren (vendidos a François Miterrand, y hasta el pub Bocaccio, viejo apeadero de revoltés cansados. 

Lo que pasa es que todo esto a uno no le parece mal, ya que, demostrada nuestra incapacidad colectiva, que es que nos liamos solos y matamos a Josu Muguruza entre plato y plato, como en John Ford, lo mejor es que quien nos entienda que nos compre, y así lograremos ser europeos o americanos o japoneses o lo que sea, sin mayor esfuerzo, con sólo dejar de ser españoles, ya que, con el lío autonómico que montó Adolfo Suárez , nadie parece que quiera ser español, quitando Joaquín Leguina, que quiere ser madrileño y presidente aun pasando por sobre el cadáver de Ruiz Gallardón y de alguna que otra cucaracha sanitaria. Cuando los japoneses nos hayan comprado la chapela de Ricardo García Damborenea, la chatarra de Vandellós, la rosa de Felipe González, la queimada de Manuel Fraga, las pistolas de papá, el testamento de Francisco Franco, el fino laína, la toga de Pedrol Rius , las novias de Amedo , los controladores de Iberia, el defensor del pueblo, el bordillo de Medel, los calzoncillos de Camilo José Cela (que son de rayita roja) y la carretera de La Coruña, que no sirve para nada; cuando los yanquis nos hayan comprado tres o cuatro autonomías meramente folklóricas, una tropa de bingueras para Las Vegas, las bragas de la Isabel Pantoja, los apellidos de Nicolás Sartorius, los editoriales coñazo, las máquinas de afeitar nacionales, que trepidan como afeitarse con un tanque, el monóculo de don Jaime de Mora, la chabola de la Castellana, la lejía drink del agua, para rebajar el whisky, el socavón de Cristo Rey, los trescientos conferenciantes de cada tarde, el pomo del Boletín Oficial del Estado y el cuponazo de Durán; cuando los europeos nos hayan comprado a José María Mohedano , la obra completa de Revello de Toro , los ujieres de la Real Academia (como antigüedades), el socialismo de Jávea, los nuevos filósofos de Archy, las tenazas de la Castellana, el vespino y las ruinas prematuras de la Almudena, entonces, ay, qué respiro nacional. 

Entonces, a partir de cero, con España en blanco y en limpio, a lo mejor podemos dedicamos, matinal e ilusionadamente, a la hermosa, violenta y antigua tarea de ser españoles.

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