07 marzo 2015

La iglesia condena el perservativo

Todo va demasiado deprisa como si el tiempo histórico se acelerase y nos cogiera en bragas. O puede que el tiempo histórico, esa entelequia, sea siempre así: desmedido, a saltitos, incongruente y apabullante con el hombre de a pie que se resiste y se encoge y, sin embargo, obstinado, se empeña en predecir, adivinar, extraer leyes generales. Hace tiempo que la Historia con mayúscula, ese sueño del Espíritu encamado, dejó de serlo para convertirse en la madrastra, la Gran Puta imprevisible y tenebrosa. 

La Historia es lo que hay, esta amalgama de pesadumbres y opresiones, de individuos aislados que a veces se rebelan y son zarandeados, pisoteados por la inercia de un Capital que tiene las fauces del diablo e insaciable se alimenta, como Baal, con sangre humana... 

Ese cadáver del periodista inglés, allá en El Salvador, o los seis jesuitas acribillados y la criada y su hija y los miles sin nombre que pasean desorientados sus banderas blancas, mientras los generales engordan y preparan nuevos tanques y nuevos aviones, más metralla. Vemos el horror en la pantalla y al instante las imágenes de los panties, los yogures, o la moda moda nós tranquilizan y nos abotargan. Es pequeño el umbral de atención del ser humano, distraído y cambiante, siempre a la defensiva, atrincherado en un confort de chocolatina y productos del desarrollo. Aquí no pasa nada. 

En la voluntad de resistir de Ellacuría, Montes, Martín y los demás vemos algo osceno, inquietante.. ¿con qué derecho?... ¡Esa Iglesia de los pobres a trasmano, tercermundista, impenitente que nos remueve las tripas y la mala conciencia! Mártires, idealistas... de otro tiempo. La Iglesia de Europa es la que condena el preservativo, bendice a Polonia, la hija pródiga que regresa y hace grandes representaciones en suntuosas carrozas anti-balas. 

El Este estrena libertad y Europa satisfecha, eruptando tras una buena comida, lo primero que hace es crear un Banco. El negocio es el negocio. Y allí seguirá muriendo cada día, mientras nosotros comemos hamburguesas y cambiamos de coche. ¡Cuánta dignidad en esos hombres que ahora han muerto y qué inerme nuestra abulia cotidiana de ricos recién llegados a la sociedad opulenta!

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