11 marzo 2015

Años ochenta consumismo y transición

La movida generacional fué así: Café Gijón, años sesenta, todos éramos yeyés de izquierdas y estábamos sentaditos en el café esperando la revolución del 68. Oliver, años setenta, noches diurnas de conspiración y alcohol para matar al tiranosaurio de muerte natural (al fin lo conseguimos). Bocaccio, que ahora cierra, años ochenta, consumismo, transición, socialización (hasta la empresa Bocaccio, de Oriol Regás, se socializó entre los camareros),María Asquerino, Gerardín, del final de la utopía (Marcuse) al socialcapitalismo, el socialfelipismo, Damián Rabal y la escuela literaria del angloaburrimiento, que allí nació (la política, qué horterada, por favor, aggg). El Gijón era el teatro social de Buero Vallejo, el cachondeo erosionante de Fernán-Gómez y la poesía maldita de Carlos Oroza: «un niño me pregunta por el Norte del Vietnam...». 

El Gijón era el gulag de escritores, actores, cómicos y marquesas antifranquistas. Quedaba cuarentañismo para muchos años y allí estábamos todos esperando la perestroika nacional, que entonces no se decía así. Mónica Randall, que apenas se llamaba Aurora , andaba con Almorós y su perro. Almorós ya ha muerto y con el perro, que me lo encuentro en algunas esquinas, hablamos de aquellos tiempos. Oliver fué el implícito britanismo de Marsillach (el único catalán que mira más a Londres que a París), la poesía social de Angel González, la gauche divine madrileña y la estampida bulliciosa y triunfal de Charo López, como una Venus de Milo muerta de risa. Bocaccio, ya digo, la terminal de oro de nuestro largo viaje hacia la libertad, una catacumba de terciopelo intelectual y catalán, los chaperos y los retablos, Juan Cueto y Paco Valladares, Balbín y Pilar Miró, el andén de primera para esperar el tren de la democracia, la liberté, la transición/ruptura/reforma, un gran expreso europeo con tres vagones blindados, como el de Lenin, sólo que en vez de Lenin venía Largo Caballero con la chistera de los grandes muertos, que lo metieron por Cartagena. 

Bocaccio, ahora, muere como murió Triunfo, maestro HaroTecglen, como murió Cuadernos, la canción protesta y Blas de Otero. Todo lo que había nacido como búnker de la izquierda, como rearme intelectual de España, como barricada de ideas y licores contra el invasor de dentro, en aquella larga guerra de la independencia, que el peor gabacho es siempre otro español, cuando se pone africanista y épico. Siempre se dan otras razones, claro, se explican otras cosas para lo inexplicable, que es tan sencillo: muerto el perro con medallas, se acabó la rabia con ideas. O sea que hemos quemado nuestra juventud en tres salas de espera, hemos sido tres generaciones en una, hemos tejido y destejido largamente la utopía, penelopes con barba progre, para encontrarnos, ahora, que lo que venía era un socialismo de derechas, una guerra carlista, el yoclaudio de las opas y un Madrid más regido desde la torre Picasso que desde Ferranz. Creíamos que estábamos esperando el futuro, aguantando la noche, la crónica del alba, la buerovallejiana aventura en lo gris, el cuándo amanecerá, tovarich, a base de chivas y parla del gran Perico Beltrán, que no calla. Pero el futuro, cuando llegó, se ha instalado en otras voces, otros ámbitos, Archy, el Hispano, Coq, la Prensa del corazón financiero y el Financial/Times nacional de las bragas. 

Nuestro pasado fué de Franco. Lo que venía, sí, era el nacionalfelipismo, la España en venta, los ochenta mil analfabetos madrileños, el agua/lejía drink para rebajar el wisky, el Rastrillo, el socialcapitalismo, las chabolas en la Castellana y el padre Peyton. Y encima nos cierran Bocaccio.

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