23 febrero 2015

Walt Disney sabía cantar, dibujar y hablar como nadie

Un debonaire pudo haber sido, un galán de frac como Adolphe Meniou. Tenía el perfil preciso, que recordaba vagamente al de Barrymore y también el bigotillo imprescindible. Se quedó en dibujante de un zoo de animales entrañables y dejó detrás suyo todo un imperio que fue creciendo a sus espaldas, un poco sin que acabase de creérselo. 

Falleció a las puertas de Navidad hace ya veinticinco años y yo le conocí dos años antes. Estaba preparando un largo trabajo sobre la vida en la pantalla del ratón Mickey y cuando mandé a los Estudios mi texto para que lo revisasen, recibí como respuesta una serie de correcciones y una invitación para visitar aquella factoría de ratones y elefantes que vuelan. Walt nunca llegó a ver publicado mi trabajo, que vería la luz en «Vanguard» tres años después, pero me recibió en su despacho, un ratito. Parecía como si en cualquier momento fuese a hacer crack y quedarse muy quieto, como uno de los maniquíes de Disneylandia. 

Pero yo creo que era real. Juro que no llevaba bajo el brazo aquel libro gordo del que salían las historias -refritos de cortometrajes olvidados- que solía mostrar al iniciarse su programa de televisión. Pero lucía los mismos coloretes, el bigotillo sin una sola cana y decía las mismas frases rutinarias, engoladas, cordialmente introductorias a su mundo millonario. Cuando su correcto secretario le insinuó con un leve arqueamiento de cejas que ya era hora de despedirse, sucedió el milagro. Me vió ojear con curiosidad la partitura legendaria que reposaba en el atril de su piano -la de Los tres cerditos- y un minuto después estaba sentado en su taburete, tocando y tarareando el estribillo «Quién teme al lobo feroz». Ahí se acabaron los relojes y los secretarios. 

Me regaló una cabeza de Mickey en onix y unos bocetos de su adaptación de Pedro y el lobo. Walt Disney era de verdad, sabía dibujar, cantar y hablar sin darle cuerda. Necesité mucho tiempo para saber -en una época en la que se puso de moda destruir su imagen- que seguía siendo un genio. Lo siento por el furibundo y entrañable Robert Benayoun, pero el dibujo animado después de Disney, no es el mismo. Con él se fue todo un concepto del espectáculo, y se quedó la mecánica, la plantilla, los lugares comunes. 

De todos los grandes creadores que vivieron a su sombra, anónimamente, ni uno solo de los supervivientes deja de reconocer su capacidad de fascinación, sus dotes para conducir historias, el valor de sus consejos. Aunque biógrafos o historiadores se empeñen en negarle otro valor que no sea el de empresario, la verdad es que Disney creaba sin parar, personajes, guiones, ideas tan fantásticas que sólo él era capaz de llevarlas a cabo. 

Por eso es preciso beber en las fuentes de su producción primera, aquélla en la que por escasez de medios y de colaboradores, se veía obligado a dibujar los bocetos de muchas secuencias. La serie de Alicia en 1923, la del conejo Oswald cuatro años después, con la que se inicia su fértil colaboración con Ub Iwerks, o a partir de 1928, los dibujos animados de Mickey, iniciados con el silente Plane Crazy. 

Y las Sinfonías tontas, un prodigio de inventiva y ternura, que llegaban a España en forma de cómic en las páginas del semanario «Mickey». Y recién estrenados los años treinta -lejano aún el torbellino del éxito que le engulliría y anquilosaría para siempretras pasarse las noches en su estudio de aquella época dibujando sin parar, aún tenía tiempo para experimentar con nuevas técnicas y sobre todo con el prodigio del cine sonoro, que le fascinaba. 

Ese mismo año de 1930, colaboraba con su rudimentario equipo en la primera y única película musical dirigida por Xavier Cugat, Charros, gauchos y manolas grabando personalmente todos los números musicales de la que sería la primera película sonora de Hollywood hablada en español. Aunque se había prometido a sí mismo casarse sólo cuando tuviese 25 años y 10.000 dólares en el banco, cuando conoció a Lillian Bounds, que trabajaba como entintadora en los Estudios, le dijo sin pensarlo dos veces: «Me voy a comprar un traje nuevo. Cuando lo tenga ¿qué tal si te llamo?». 

Fue quizá la única vez que actuó impulsivamente, sin razonar. Luego, se dedicó a sugerir que la sirena Cleo de Pinocho debería parecerse a Mae West, a diseñar el sombrero del ratón Timoteo, a poner guirnaldas de nenúfares sobre los pechos de las sirenas de Peter Pan y de las muchachas centauro de Fantasía, a discutir noche tras noche los gags que tendrían cada uno de los siete enanitos. Cuando falleció, el ratón Mickey lloró en la portada del «París-Match», con una lágrima gorda resbalando por sus mejillas blancas. Si Walt Disney fue algún día de plástico, merecía que el Hada Azul de Pinocho, la que se parecía a Carole Lombard y era tan sexy, le tocase con la varita mágica y le convirtiese de nuevo en un dibujante con bigote capaz de cantar como sus tres cerditos.

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