10 diciembre 2014

Victoria Abril la más marrana de las actrices españolas

Desde que esa actriz singular, pequeñita y camaleónica llamada Victoria Abril colocó delante de una cámara su proteica energía, su hambre de triunfo, su necesidad y su arte para transformarse en un montón de personajes, la historia de amor con el fascinado espectador no ha tenido comprensibles altibajos, irremediables crisis ni lacerantes tiempos muertos. Es lógico que sus deslumbrantes interpretaciones en Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto y en Felpudo maldito hayan servido para que la incluyan en ese honor tan pomposo y gratificante de los Españoles del Año, pero sospecho que jamás ha dejado de estar de moda entre los profesionales y el público del cine español, que todos siempre hemos poseído la certidumbre de que el talento histriónico de Victoria Abril está a la altura de las tres o cuatro actrices más eximias del cine mundial.

Resulta encomiable la habilidad de la douce France para integrar en su heterodoxa cultura a los artistas foráneos e intentar borrar sus auténticas señas de identidad. Me parece bien. Les dieron asilo, descubrieron o potenciaron su talento y, a cambio de su chauvinismo, sólo les pide que se sientan hijos adoptivos de Francia. En el pasado, el mecenazgo francés consiguió que dos artistas tan inconfundible, violenta, surrealista e irremediablemente españoles como Pablo Picasso y Luis Buñuel fueran confundidos con ciudadanos franceses. Al igual que ellos, Victoria Abril se largó un día a Francia con la intención de buscarse la vida. Su exótico talento les sedujo inmediatamente y encontró un hueco privilegiado en su cine. El posibilismo le ha aconsejado no apalancarse en ningún sitio y escoger las ofertas más sugerentes que le hacen en Francia y en España. 

En la primera gozaba del prestigio de actriz de culto (su instinto y su fuerza consiguieron salvarse del naufragio que sufrió la insoportablemente artística La lune dans le caniveau ), pero no había conseguido romper taquillas con una película francesa (sí lo hizo con Tacones lejanos, de Almodóvar) hasta que tuvo el olfato de protagonizar a las órdenes de Josianne Balasko Felpudo maldito, una astuta comedia que plantea con morbo y comicidad una bastante insólita relación sentimental y sexual a tres bandas.

Victoria Abril interpreta con brillantez, espontaneidad y gracia a una modélica casada y ama de casa, que ante la constatación de los cuernos cotidianos que le pone el semental de su marido, decide enrollarse con una enamorada camionera que ha aparecido por su casa. Victoria Abril borda con ritmo, sentido del humor y complejidad emocional al tragicómico personaje de esa mujer que descubre su heterodoxa capacidad afectiva y pretende compartir bajo el mismo techo al marido y a la amante.

Si en Felpudo maldito Victoria Abril logra hacernos sonreír y reír, en la terrible y desasosegante Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto logra conmovernos, emocionarnos y enamorarnos. También que comprendamos la miseria y la grandeza, el patetismo y la determinación, la soledad y la intemperie, el infierno y la redención, las luces y las sombras de una desheredada de la vida a la que interpreta con incontestable genialidad. 

El personaje que le ha escrito Agustín Díaz Yanes es espléndido y ella le devuelve el regalo fabricando el inolvidable retrato de una perdedora ancestral. Es imposible transcribir los matices, la energía, la sensibilidad, el miedo, la valentía, la desesperación, la generosidad, el vitalismo y la fiebre que Victoria Abril aporta a esa mujer. Hay que verla y oírla. Después de verla planchar, conducir un camión, cojear, peinar a la suegra, taladrar el suelo de una joyería, probarse un capote ante un espejo, beber a morro de una botella después de hacer una mamada pagada, buscar curre, mimar a una anciana, enfrentarse con pavor a la tortura, puedes comprender las ineludibles razones de incluirla en la lista de los Españoles del Año.

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