20 diciembre 2014

María Barranco no se avergüenza de su napia

Me gusta María Barranco porque no se avergüenza de su nariz, a medio camino entre la perfección que le suponemos a Helena de Troya y el glorioso apéndice de Cyrano de Bergerac, porque me gusta que la gente sea como es, diversa, variada, sorprendente. Hubo un tiempo en que todas las actrices querían tener el perfil de Gina Lollobrigida y hacían cola ante los quirófanos de cirugía estética, pretendían huir de sus narices o de su papada, asimilar sus pechos a los sujetadores de moda, añadirse pómulos, rebajar nalgas, cambiar el color de los ojos, convertirse en maniquís para el gran escaparate de la pantalla, como si desconfiasen del valor de sus gestos o su mirada. 

Habían caído en la gran trampa de ese terrible fantasma al que dio enllamarse fotogenia creyendo, probablemente, que consistía en una simple valoración volumétrica. 

Ahora las cosas han cambiado -o han vuelto a ser como siempre debieron- y podemos contemplar en toda su singularidad la nariz de María Barranco, ya sea sirviendo a un personaje de «travestí» o a la heroína de un «thriller» como «Todo por la pasta», su reciente y canicular estreno. Las narices de María Barranco son únicas pero no están solas, porque las nuevas generaciones de actrices nos han acostumbrado a la variedad, desde la naricita de Aitana Sánchez Gijón a los voluptuosos órganos olfativos de Maribel Verdú o Patricia Adriani, el severo tabique de Amparo Larrañaga o el narigón de Rossy de Palma. 

Las narices de Victoria Abril son otra cosa, son una cuestión más bien hormonal generalmente atribuida -por aquello del rigor metafórico- a la supuesta fuerza de los miembros viriles, porque lo chatuno, en este caso, no impide la expresión de pasiones telúricas que antaño pudieran parecer reservadas a majestuosas pavías aguileñas. Qué bien. María Barranco con su nariz al desnudo, Ana Belén con sus dientes como perlas esperpénticas, Carmen Maura con sus ojillos de perra chica, entregándose, impúdicas, a la verdad de otros seres inventados. Como debe ser. Claro que, para eso, hay que tener muchas narices.

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