12 diciembre 2014

Las rebajas alteran las neuronas de las charos

Las rebajas alteran las neuronas de los seres humanos hasta convertirlos en hordas de hienas. Ni santa claus ni los reyes magos son capaces de controlar este fenómeno socioeconómico.

Durante los últimos años y por estas mismas fechas cientos de miles de mujeres pasaron horas de frío a la espera de las rebajas de invierno. Empezaban, según la voluntad de los dueños de los comercios, por Navidad y padecían días de ansia, quietas las mujeres en las calles, avenidas, paseos, galerías, pasadizos, callejas, detenidas ante los escaparates de pequeñas, medianas, grandes y descomunales tiendas, elige que te elige, sin todavía poder comprar el objeto deseado, a causa de sus precios. 

Las suelas y los tacones de los zapatos gastados por las muchas horas paseadas a través de las grandes superficies, en los comercios de recoveco, todas en busca de descubrir el regalo propio y ajeno que luego, aunque quizá tardío, «cuando las rebajas», podrán adquirir a un precio más justo, asequible, y sorprenderse o fascinar a los suyos con lo más bonito y barato gracias a la información que obtuvo, al madrugón, a la ligereza de sus pies. De essa manera, por una vez creerán haber vencido a los dueños de los comercios y a las demás mujeres que buscan lo mismo y luchan por llevarse iguales prendas «especialmente rebajadas» de las que los comerciantes sólo suelen sacar unas cuantas, siempre a la espera de que luego se emborrachen «ellas» con el ambiente y compren por comprar algunas de las pocas o muchas porquerías cualesquiera que sacan cuando las rebajas. 

Hasta ahora se podían encontrar rebajas desde antes, durante, y después de las Navidades porque siempre había un local que las ponía por muy diversas causas, y eso daba alegría de vivir, renovada fantasía a las «fans» y a las obligadas a las rebajas, pero va y sale la nueva Ley de Comercio nacida de una proposición presentada en julio de 1993 por Convergencia i Unió (CiU) que luego, durante su larga tramitación, fue enmendada por todos los grupos parlamentarios hasta que el Pleno del Congreso la aprobó por unanimidad. 

Se abstuvo una, o uno, debía de ser la única «señoría» que hacía la compra durante la reunión habida el jueves 21 de diciembre del 95, día trágico para los consumidores de rebajas porque dicha ley prohíbe, impide, que las rebajas de invierno comiencen antes del 1 de enero sólo habrá otras en verano y día trágico para los consumidores en general a los que dicha ley les restringe los horarios comerciales y las aperturas en domingos hasta el año 2015. 

Entonces los gobiernos autónomos y el central establecerán mediante acuerdos las tan anheladas libertades de horarios y días que precisan desde hace años todas las consumidoras y los consumidores que no poseen un comercio variopinto propio, consumidoras y consumidores a los que la nueva ley ha dejado de momento y durante algunos años de lado, olvidados, estilo fantasma, sin tener en cuenta sus necesidades presentes marcadas por los horarios de trabajo o de su búsqueda que coinciden con los de los comercios pequeños, a la espera incierta del 2001; 60 meses más de agobio, de malas compras por lo precipitadas. 

Agárrense pues las amantes de las rebajas al dulce recuerdo, cuando podían acudir unos días antes a ciertas ofertas, entonces, las regaladoras sin demasiados recursos y las colgadas de las rebajas podían echar unas Navidades a su gusto, bucear entre las abaratadas maravillas, sorprender a familiares y amigos en la fecha requerida, no como en los futuros años, cuando los regalos supuestamente traídos por Papá Noel, Santa Claus, el çrbol, los Reyes, y demás prodigios de invierno caigan por Santa Prisca o San Vicente. Consuelo S. Dentrago, autora de un vasto libro sobre las rebajas, cuenta que las mejores rebajas las suelen disfrutar los sacrificados vendedores y vendedoras de los grandes almacenes que llevan desde el Otoño fascinados por el abrigo de pelo de camello, por ese traje de seda negro de noche, o aquellos zapatos italianos confeccionados con cocodrilo del Nilo, y aparcan las prendas soñadas en las barras con la consabida etiqueta de «reservadas» después de verse repetidas veces con ellas ante los favorecedores espejos, y aguardan la llegada de las rebajas, entonces pasan por caja, pagan el ajustado precio para luego gozar, pasear, lucir, el tesoro obtenido. 

Cuenta Consuelo S.D. que sólo por gozar de tamaña aventura una señora muy adinerada pagó por hacerse vendedora durante una temporada.

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