13 noviembre 2014

Las guerras democráticas son un bulo

Estados Unidos -me dice un amigo- nunca ha ganado una guerra después de 1945». Nunca la ha ganado -sostiene- porque es una sociedad democrática y porque, después del 45, las sociedades democráticas son sociedades de la comunicación democrática. Es el pueblo americano quien ha obligado a la paz a los generales enloquecidos que querían lanzar la bomba atómica sobre Corea, es el pueblo americano quien ha obligado a su gobierno a la rendición en Vietnam: un pueblo organizado por la información y escandalizado por los horrores de la guerra. Esta consideración -añade Paul Virilio- es aún más válida hoy día. 

Después de los años 50 y 60, la comunicación ha dado pasos de gigante: hoy la guerra se nos presenta en «tiempo real», el espectáculo televisivo nos hace partícipes de la tragedia. Una sociedad democrática no puede aceptar este tipo de participación, que implica una responsabilidad compartida en cuanto a los efectos y un delegar en cuanto a las causas, así como una inmediatez de la participación en el desastre y una irresponsabilidad espectacular. 

El «tiempo real» trastorna los mecanismos de la representación democrática, mostrando como realizado lo que debe decidirse realizar, volcando sobre los ciudadanos la responsabilidad de las monstruosidades que la guerra comporta y sobre las que ellos no han deliberado. El problema parece estar claro para los gobernantes americanos. Pocos días antes del inicio de la guerra, Neil Postman, profesor de «ecología de los medios» en la Universidad de Nueva York, se preguntaba: «¿Conseguirá lo imaginario, criatura exclusiva de la televisión, engancharse a la realidad tosca y durísima de la verdadera guerra sin hacer que estallen la cabeza y los nervios de la gente»? «¿Cómo será el momento en que la narración del «próximamente» se acabe, y se comience a combatir de verdad, se comience a morir de verdad?». 

A estas preguntas ya se ha comenzado a responder. Algunos han sostenido que sólo una anticipación imprevista y breve de la guerra, un «raid» velocísimo y triunfador, una «guerra israelí», podían garantizar que los mecanismos democráticos de participación y de representación no resultaran heridos por la decisión belica y por el conjunto de sus consecuencias. En este caso el peligro habría sido evitado, la comunicación envuelta por la brevedad y por la velocidad del acontecimiento y justificada por el inmediato éxito: una feliz operación de policía internacional. Pero ésta no ha sido la elección del gobierno americano.

Otros han pensado que la solución era la de mostrar una guerra «distinta», una guerra tecnológica, una guerra que se parece a una exploración espacial. Esta vía parece que es la seguida en las primeras semanas de la guerra por las televisiones de todo el mundo: una solución «protestante», un poco hipócrita pero sustancialmente correcta en las primeras semanas de guerra. En este caso el peligro ha sido evitado de nuevo, y la comunicación esterilizada, al mismo tiempo presentada y neutralizada. 

¿Pero, y después? ¿Podrá seguir funcionando este atajo cuando la guerra se convierta en lo que todos esperamos, una guerra de masas con infanterías diseminadas por las trincheras, soldados con título de enseñanza media, una familia en casa, en contacto constante, que lo sabe todo y que lo ve todo? ¿Podrá continuar esto cuando las imágenes de los cormoranes ahogados en petróleo comiencen a ser continuas, y al desastre de los hombres se añada el de la naturaleza? De nuevo el problema fundamental -el de la compatibilidad de la democracia con la conducción de una guerra moderna, total, tecnológica y de masas- volverá a plantearse. Queda una alternativa: la del bloqueo de la información, la de la transformación de la comunicación en propaganda. 

En esta dirección parecen haberse movido las jerarquías militares de todos los países, impulsadas por una «racionalidad instrumental» que aprecia sólo el modo relativo, y a veces mínimamente, las razones de la verdad y de la democracia. Pero contra esta decisión no es difícil prever -es más, ya comienza a verificarse- una fuerte resistencia, más que por parte de los órganos de comunicación, por parte de la ciudadanía democrática, en todos sus componentes. En efecto, el bloqueo de la información infringe los principios mismos de la democracia, y muestra las necesidades de la guerra como enemigas de la democracia. ¿Cómo se podrá ratificar la pretensión de reafirmar el derecho y la democracia allí donde los instrumentos para alcanzar el fin niegan el derecho y la democracia? Planteado en estos términos, el problema se abre a abismales interrogantes: ¿no podrá nunca una democracia moderna, fundada sobre la comunicación, afrontar y vencer una guerra sin recurrir a métodos que la deshonran, y ceder a una opinión pública sublevada ante el horror de la verdad y convencida de que el fin no justifica los medios? 

No es fácil, es más, parece irreal poder responder a estos interrogantes. Ello no quita que alguna indicación pueda ser formulada como respuesta. La primera indicación reside en insistir sobre el hecho de que la guerra, cada vez menos puede ser una solución aceptable para los conflictos que atraviesan el mundo, tanto entre naciones como en el interior de las naciones. Aquella solidaridad visiva que los modernos instrumentos de comunicación ofrecen a los ciudadanos del mundo, revelan una efectiva proximidad de los ciudadanos del mundo. 

La matanza indiscriminada de ciudadanos del mundo que la guerra moderna -total, tecnológica y de masa- provoca, la destrucción o la disminución de los recursos naturales que ésta necesariamente ocasiona, es en sí repugnante. La conciencia normal del hombre moderno, formado en la comunicación, rechaza la guerra como continuación de la politica. ¿Significará esto que es imposible reaccionar a los actos anti-jurídicos que ciertas naciones realizan? No, con toda seguridad no. Existen, efectivamente -y ésta es la segunda indicación-, la de que el derecho internacional sea igual para todos los sujetos, que en éste no se constituyan figuras privilegiadas o hegemónicas que se arroguen la predeterminación de lo justo y de lo injusto. 

Podemos, así, volver a las primeras observaciones de este artículo y considerar ahora cuán positivo es el hecho de que los Estados Unidos no hayan ganado ninguna guerra a partir de 1945. Esta constatación equivale a la constatación de que la opinión pública democrática, formada sobre la comunicación moderna, siempre ha vencido contra sus gobiernos, contra concepciones del orden mundial que nada tenían que ver con la restauración del derecho o con la fundación de la democracia.

Nuestro deseo es, así pues, que también en la guerra que hoy presenciamos en nuestras pantallas, y que afecta tan profundamente a nuestras conciencias, la democracia venza, que la comunicación no sea bloqueada, que la igualdad del derecho sea afirmada también en el terreno internacional. No es tarde para imponer las reglas de la democracia contra las de la guerra. 

Y es urgente hacerlo, de nuevo, continuamente, sin descanso. Un amigo, ante la televisión, observaba en estos días: «¿Por qué es tan complicado definir al enemigo, por qué no basta con una sola frase (como en los tiempos en que se decía "defensa de la libertad y de la democracia") para describir lo que está sucediendo en el Golfo?». La respuesta es simple: antes de definir al enemigo, en la democracia de la comunicación, tenemos que definir al amigo. El amigo es la democracia, y cualquier cosa que vaya en su contra, incluso los instrumentos y la propaganda de la guerra moderna, eso es nuestro enemigo.

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