09 noviembre 2014

Dónde está el Papa en las catástrofes humanas

EL Papa, que no ha dicho esta boca es mía en lo que llevamos de conflicto petrolero, ni siquiera en los momentos en que la escabechina parecía depender sólo de que algún imbécil uniformado se pusiera nervioso, no ha tenido empacho, sin embargo, en inaugurar oficialmente la demencial basílica de Yamusukro (7.363 metros cuadrados de vidriera francesa, 11.000 de mármol rosa italiano, 24.000 millones de pesetas) en el corazón del continente más pobre y hecho polvo del mundo. 

Felipe González, en cambio, sí ha dicho esta boca es mía, aunque no hacía ninguna falta, porque cuando a los pocos días de la invasión de Kuwait dijo que eso era un asunto interno, enseguida se notó que, efectivamente, era su boca, y no otra, la que decía semejante cosa. 

Ayer, casi un mes y medio después del inicio del conflicto del Golfo, el presidente tuvo, al fin, el detalle de comparecer ante los supuestos representantes del pueblo colocados en la Carrera de San Jerónimo, y aunque hubo sus más y sus menos, la cuestión quedó, una vez más, en una conversación de amiguetes. La situación en el Golfo, de momento, está en un impase, o, como se decía antiguamente, en un ni cenamos, ni se muere padre. 

Aunque nadie hizo caso a Gamir el otro día, cuando dijo en el telediario que lo ideal sería que la crisis se resolviera con una guerra corta, pero contundente, el espectro de la guerra sigue deambulando, siniestro, por los rincones del planeta, con la particularidad de que si se arma, algún pepinazo nos podemos llevar nosotros, vía Armada Invencible. 

El Papa disfruta en Yamusukro, González disfruta en el Congreso de los Diputados, Gamir. disfruta diciendo monstruosidades en la tele, pero el que más disfruta, con diferencia, es Narcís Serra, ministro del ramo, que se vistió de gran guerrero el otro día para visitar en alta mar la fragata y las corbetas. 

¿Que por qué disfruta tanto? Muy sencillo; porque ha conseguido hacer realidad el sueño de todos los mozos en edad de merecer la negra suerte del servicio de armas: hacer la mili de jefe. Y durante unas pocas horas nada más.

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