03 mayo 2014

Michelle Pfeiffer metida en la jaula

Michelle se muerde las uñas todavía, a sus casi 60 años y con una cumplida carrera de actriz a sus espaldas. 

Es un reflejo nervioso que le viene de sus tiempos de cajera en la tienda de su pueblo natal. Lo he recordado al observar a otra empleada del supermercado de mi barrio, un lugar en el que te venden los pepinos a precio de esmeraldas y famoso un rato porque les pillaron los cuestionarios para contratar a las chicas con notas a mano del tipo: «fea, manos bastas, maquillada mejora» o «aspecto desaliñado, pero con ganas de colaborar». ¿Ganas de colaborar? Lo entendí meridianamente cuando ayer mismo, en la cola para pagar, la cosa se demoraba más de lo habitual. Tenía un viejo cantamañanas repeinado delante, que se hacía el colega con la guapa cajera. Ella soportaba el torpe acoso sin rechistar. 

El tipo, con astucia de mono capuchino de cara pálida, no cejaba. Intervine abruptamente. Ella dejó de roerse las uñas y no hizo el menor comentario, pero me sonrió como diciendo, «va en el sueldo». ¿En el de actriz también? Y aún más, tendría que preguntarme: ¿En el de guapa también? Decía T.S. Eliot, citado por Ezra Pound en El arte de la poesía, que «ningún verso es libre para quien quiere hacer una buena labor», y vuelvo a pensar en la amenazada Michelle. Ninguna bella actriz lo es tampoco, porque flota a su alrededor un vapor venenoso, la sombra de un seductor profesional. En sus papeles esa amenaza que la rodea me la hace aún más conmovedora, aunque no llegue a ser ella una víctima explícita y total, ni siquiera real. 

Siempre hay algo pestilente que revolotea entorno suyo. En El precio del poder aparece encapsulada en un ascensor transparente, bajando al infierno simbólico que siempre se acaba encarnando en todas las películas de Brian de Palma; aquí en forma de un marido trepa, corrompido y autoritario, que sólo comparte con su esposa la afición por la cocaína. 

Ella viste un leve traje verde muy escotado y puedes sentir su respiración convulsa bajo el tejido desde el primer instante. También palpita, esta vez su plumaje, pero con más propiedad, como princesa/ave castigada por un destino feroz, en Lady Halcón. Por fin, la actriz, en el punto álgido de su vuelo, es atrapada en Las amistades peligrosas por las garras de un Malkovich que la seduce en el guión y, según parece, también brevemente durante el rodaje. Para cumplir con su papel en esta vida, para «hacer una buena labor», como decía el poeta arriba, en Lo que la verdad esconde, Pfeiffer sigue atrapada. 

Ahora tiene un adorable marido intelectual que trama asesinarla en medio de una vida idílica; que sea el bueno de Harrison Ford el acechador mortal, y que lo haga con tanta eficacia, mosquea mucho. Interpretando a una mundana dolorida, en La edad de la inocencia, es, en cambio, un amante indeciso, inteligente, pero conformista, que nunca remata la jugada, quien le da la puntilla cortejándola y poniéndola en evidencia ante los ojos ávidos de escándalo del ocioso círculo aristocrático que ambos frecuentan. No, la belleza no es libre, como no lo es la poesía, por eso son ambas tan «arduas» -Spinoza- y tan volátiles, añado yo.

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