16 abril 2014

Para estar siempre enamorado no hay que casarse nunca

Estoy de acuerdo con Céline en que nunca se desconfía bastante de las palabras que se pronuncian porque el mejor uso que se puede hacer de ellas, según el proverbio chino, es callarse aunque, personalmente prefiero, como Demóstenes, las palabras que salvan a las palabras que agradan. 

Como ésas de la ministra de Medio Ambiente, Elvira Rodríguez. que, al ser preguntada por Javier Lorenzo qué tal se lleva con sus hijos, respondió con toda la sinceridad: «Razonablemente y aunque yo no he sido muy pegona, de vez en cuando un capón...». 

Y es que como decía mi paisano Federico García Lorca tener un hijo (la entrañable Elvira es madre de cuatro) no es tener, precisamente, un ramo de rosas. Aunque Chabely lo parezca, no es incompatible cuando reconoce que «una cosa es ser caprichosa y otra consentida, lo cual, implica culpar a mis padres». Posiblemente por haberle dado demasiado.

Otros hijos los culpan por haberles dado demasiado... poco. La culpa, siempre, para los mismos. De ellos, nunca. Cualquiera que sea la cosa que se quiera decir no hay más que una palabra para expresarla, un verbo para animarla y un adjetivo para calificarla. Todo ello y mucha intención le ha echado Angel Antonio Herrera, en su Canalla fina cuando define a David Beckam, el spice boy, como «una Lady Di macho, que protege su intimidad de hombre anuncio a base de pistoleros acuáticos». 

Hasta que un día le cacen en bolas como a la pobre manipuladora princesa Diana con las teticas al aire. Y además, en España. Las palabras de amor y amistad son las que no se pueden pronunciar. Mejor dejarlas escritas como ha hecho don Esteban Román Arlasca, a título póstumo, en su esquela mortuoria del pasado lunes 4 en El País, con el siguiente texto bajo su nombre: «Se despide de todos sus amigos y familiares con mucho afecto por todos ellos. He disfrutado». 

Aunque Oscar Wilde escribió que se debería estar siempre enamorado y, por esta razón, uno no debería casarse nunca, Lorenzo Caprile, el gran modisto, famoso por sus trajes de novia, nos regala esta mi semana una hermosa perla blanca y radiante como una novia, al confesar con valentía que «las de penalti no deberían casarse de blanco». A lo peor, no se casaría casi ninguna así. 

De todas las maneras a las que no se les nota, cuando se casan, acaban siendo madres de sietemesinos o dan a luz en la localidad portuguesa de Estoril, como hizo, en su día, la hoy muy famosa dama, icono de la sociedad española cuando ésta era glamourosa.

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