16 marzo 2014

El valor de un hombre se mide por la cantidad de soledad capaz de soportar

Alguien dijo que el valor de un hombre se mide por la cantidad de soledad que es capaz de soportar. Y no fue un torero, sino un filósofo alemán, que es aún peor. Alfonso Cuarón (México D.F., 1961) no es Nietzsche (fue él), pero no tendría ningún reparo en darle la razón. "Uno de los grandes temas de nuestro tiempo es el sentido de la soledad. Lo hemos perdido. Nos pasamos el día conectados", dice. La reflexión viene a cuenta de Gravity, la película protagonizada por una Sandra Bullock sola y en mitad del espacio exterior, y de la que él es director.

La cinta, que se estrena el 4 de octubre, va camino de convertirse desde su presentación en Venecia (donde inauguró el festival) y tras su paso por San Sebastián (donde ya ha agotado el diccionario de halagos) en la gran película del año. Sin paliativos. Y todo ello, por su capacidad para ofrecer al espectador unas reglas nuevas con las que entender un lugar nunca visitado, raro, incompresible; un sitio en el que no valen ni una sola de las herramientas mentales y físicas que estructuran y arman el mundo que habitamos por culpa de la gravedad. No hablamos sólo de un logro técnico (que también), sino cinematográfico.

"Soy un gran creyente de eso que Hitchcock llamaba ‘cine puro’. Lo que realmente importa es la experiencia cinematográfica y todo (la historia, los actores o la tecnología) no son más que herramientas para crearla", dice para quizá justificarse y, de paso, marcar distancia con alguno de los titulares que le han coronado como mesías del nuevo cine. "Nunca he hecho cine con la idea de innovar. Al revés, acabas innovando porque ésa es la única manera de conseguir lo que quieres... Pero por díos, ¡si me cuesta mandar un simple mail!". Y rompe a reír.

Sea como sea, Cuarón reconoce que la película le ha tenido detenido más tiempo del que nunca hubiera imaginado. Fue en 2006 cuando terminó Hijos de los hombres. Lo que vino después fue, primero un proyecto que cayó al mismo ritmo que surgió la crisis de 2008 y, después, una idea que acabó transformada en pesadilla. "Iba a rodar Desierto. Se trataba de una experiencia muy física en la que el espectador tendría que sentir la misma angustia del protagonista perdido en mitad de ninguna parte. Digamos que esto es lo que se mantuvo cuando decidimos trasladar ese mismo argumento al espacio", recuerda.

Cuenta que de pequeño, como todos, quería ser astronauta; que pertenece, como casi todos, a la generación que vio a Armstrong pisar la Luna, y que nunca ha tenido claro si prefería viajar al espacio o hacer cine. "La duda me la resolvió un primo mío. Me dijo: ‘Para ser astronauta tienes que ser soldado o gringo’".

–¿Se siente, como le ha señalado entre otros James Cameron, como el pionero en una nueva forma de entender el cine?

–Pienso en las películas que han marcado un antes y un después técnicamente y me siento incómodo. El cantor de jazz introdujo el sonoro y, además de ser una cinta bastante mediocre, hizo que el cine retrocediera años como lenguaje.

En cualquier caso, y sacudido el polvo de la falsa modestia, el mexicano dice sentirse halagado. "Me llama la atención el revuelo. Y más después de haberme pasado los últimos cinco años dentro de una cueva. ¿Inaugura su película un nuevo paradigma? "Quizá pueda inaugurar uno de ellos, porque lo que está ocurriendo no es un cambio de paradigma, sino el nacimiento de muchos a la vez. Vivimos un paradigma mutante. Cada cineasta y cada espectador corren el peligro de quedarse solos...". Nietzsche no lo habría dicho mejor.

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