20 septiembre 2013

Los norteamericanos y su moral de coca-cola

Todo presidente norteamericano necesita, para pasar a la Historia y a la montaña ésa donde les esculpen a gran tamaño y les sacan tan propios, de una gran guerra, un slogan y una meimi peluquerizada con alitas, como una chica Bond del asilo que tienen para chicas Bond y ángeles de Charlie ya macilentos. El señor Bush se está montando la gran guerra, como es debido. En cuanto al slogan, no había encontrado hasta ahora nada tan épico como «la nueva frontera», que suena a western democrático: nada tan chauvinista como «América para los americanos»; nada tan sugerente como «El sueño americano». 

Pero lo encontró la otra noche en su discurso: «La estatura moral». Ocurre que ellos tienen estatura moral y los demás sólo tienen bombas de mosquitos. Me recuerda una de las primeras novelas de Delibes: llega a un pueblo una veraneante y los chicos descubren que es tan fina porque tiene «cutis». 

Consideran el cutis como un privilegio de la gente de ciudad y las clases altas. Los demás tenemos pellejo. Asimismo, Bush ha descubierto que los americanos tienen estatura moral mientras que la vieja Europa es bajita y sólo tiene tacones de trotona. La tercera condición que le falta a Bush para pasar a la Historia es una meimi tan presentable, no digo ya como Jacqueline, que estaba riquísima, sino como meimi Eisenhower, la vieja Roosevelt o la vieja Kennedy. En la nueva serie de first laidies, obtenidas todas de Jane Wyman en «Falcon Crest», la última momia bien embalsamada, el último fósil sonriente fue meimi Reagan. 

De la señora Bush es que no se nos queda ni la cara. Ya al principió de esta guerra dijo Bush que iban a renovar las glorias de Corea y Vietnam, vergüenzas nacionales que hacen mirar a todo el mundo para otro lado, y que han llenado los armarios domésticos del Medio Oeste con varias generaciones de muertos y sar gentos que todavía te saludan mecánicamente, desde el más allá, cuando coges una percha. Pero ahora, con las industrias y raras astucias de Sadam, más la cansera bélica de Europa, Bush se ha cabreado y lo ha dicho todo: sólo ellos tiene estatura moral para imponer la moral propiamente dicha en el mundo. Es una moral de exterminio en Corea, de napalm en Vietnam, de un gran ejército contra un pueblo inerme y hambriento. Es la moral negra de la CIA y el FBI en Granada, Panamá, Nicaragua, el Chile de Allende y por ahí. 

Es una moral de cocacola, democracias títere, dictadores de usar y tirar. Como los yanquis, tan infantiles, han dejado al fin de creer en los criptonitas y los marcianos, Bush se ha sacado a los «dictadores» del mundo o sea una raza ambigua, neutra, satánica y no muy localizada, contra la que el presidente levanta Cruzada desde anoche. Es el mosqueo histórico de Bush ante la deserción del francés, seguido del italiano Buracchia, jefe de la flota de su país en el Golfo, más la convocatoria de los viejos partidos comunistas europeos a los pacifistas, insumisos, objetores, etc., que presenta el doble peligro de fomentar la paz y galvanizar inopinadamente el eurocomunismo. 

Los norteamericanos, esos irlandeses que no saben beber como irlandeses, empezaron a coger estatura moral con el exterminio del búfalo, el bisonte y todas las razas cobrizas que son los verdaderos americanos, como proclamara Henry Millar y tras él varias generaciones jóvenes, beats, hippies, comunas, etc., que vienen adoptando la forma natural de vida de los cherokees, cheyenes, sioux y, en general, el modelo de sociedad coloreado y pacífico que rige en las reservas. Desde aquellas masacres hasta doña Violeta Chamorro, los yanquis no han dejado de crecer moralmente. Es la estatura moral de un pueblo que asesina a Lincoln, los Kennedy y Lutero King, o sea los líderes de la verdadera estatura moral de América.

09 septiembre 2013

Las campañas electorales de la India no dejan títere con cabeza

A pesar de unos 200 muertos en las tres semanas de campaña electoral, la India vibraba de nuevo. Las manos, las ruedas y los lotos, símbolos de las tres fuerzas políticas principales en liza en las décimas elecciones generales desde la independencia, -se hacían flores y banderas desde las inmensas llanuras del Ganges hasta el desierto de Rajasthan. Faltaba un mes todavía para las grandes lluvias y Rajiv Gandhi había acudido a votar anteayer, primer día de una votación que debía prolongarse hasta el próximo domingo y que ha sido aplazada. 

Aunque las últimas encuestas presagian tormenta para su Partido del Congreso, el hijo de Indira, siempre taciturno y callado, se mostraba sereno y confiado. Según el calendario mitinero, ayer por la tarde tenía que hablar ante millares de seguidores en una pequeña ciudad situada a 25 kilómetros de Madrás, en el sur de la India. A las 8 de la tarde, hora de Madrid, las agencias y emisoras de radio confirmaban su muerte y la de otras catorce personas por una explosión minutos antes de comenzar uno de sus últimos discursos de campaña. Nada se sabía aún de sus asesinos, pero desde sus primeros escarceos políticos, forzados por la muerte de su hermano menor Sanjai en accidente aéreo en 1980, Rajiv se había creado demasiados enemigos. 

Entre ellos destacan dos grupos: los tamiles y los sijs. Los primeros, por la intervención militar que Gandhi ordenó en Sri Lanka contra la guerrilla de la misma etnia de los años 80; los segundos, por las represalias que adoptó contra ellos tras el asesinato de su madre en octubre del 84.