16 agosto 2013

Los actores negros como Denzel Washigton vuelven a estar de moda

Cuando en la edición del 2002 los Oscar de interpretación fueron para Halle Berry y Denzel Washington se habló de un gesto de reparación hacia los actores negros excluidos casi sistemáticamente de los premios de la Academia. En efecto, si el de Berry era merecido por su trabajo en Monster's Ball, el de Washington por el de Training Day era exagerado.

En esta edición, de nuevo dos actores negros se han llevado los premios de protagonista: Jamie Foxx, y secundario, Morgan Freeman, y otros dos, el americano Don Cheadle y la británica Sophie Okonedo, fueron candidatos a los mismos (ambos por Hotel Rwanda). Además, en la pomposa ceremonia se concedió también protagonismo a otros afroamericanos: la presentó el cómico Chris Rock y Beyoncé interpretó alguna de las canciones candidatas.

Sin embargo, los actuales premios sí que son merecidos ahora, y no una recompensa a un grupo profesional o a un sector social: no se trata de si son los mejores actores (la competición en el terreno de la creación es un absurdo) sino de si sus trabajos tienen gran altura. Y la tienen. En el caso de Morgan Freeman, el hecho es indiscutible y avalado por las tres anteriores candidaturas al Oscar: como secundario en El reportero de la calle 42 (1987) y como protagonista en Paseando a Miss Daisy (1989) y Cadena perpetua (1994). Freeman no sólo tiene suficiente talento sino también mucha personalidad y ha impuesto a lo largo de su dilatada carrera una imagen de hombre con autoridad moral, incluso cuando es el malo de la película (raramente lo es), expresada con economía y gesto sobrio. Es un extraordinario actor dramático, aporta hondura, cualidad idónea para una película como Million dollar baby -ya estuvo magnífico en Sin perdón, por la que también Clint Eastwood ganó los Oscar a la mejor película y director-.

Jamie Foxx tiene una carrera completamente distinta y constituye un ejemplo de ambición creativa. Cómico popular gracias a la televisión, Foxx podía haberse convertido en un habitual de la comedia idiota americana, pero ha ido demostrando tener poso dramático y ganas de superación. El hecho de que optara al Oscar en dos categorías, la de protagonista y finalmente ganador por Ray y la de secundario por Collateral, prueba la madurez de este actor, cantante y pianista que hace creíble su recreación de Ray Charles.

Disipados los recelos sobre los merecimientos de estos premios, las miradas se han vuelto hacia el supuesto gran perdedor de este Oscar: Martin Scorsese. El mecanismo es precisamente el inverso: si se consideraba favorito a Scorsese, o lo que es lo mismo a su película El aviador, era por esperarse la gratitud de la Academia a uno de los clásicos modernos de Hollywood. Ocurre que Scorsese ya había sido candidato en cinco ocasiones anteriores como director y como guionista y habría resultado algo absurdo que quien no ganó el premio con sus obras mayores por calidad o riesgo -Toro Salvaje (1980), La última tentación de Cristo (1988) y Uno de los nuestros (1990)-, se lo llevara por una menor.

La carrera de Scorsese en los últimos años, desde Casino (1995) a El aviador, pasando por Kundun (1997), Al límite (1999) y Gangs of New York (2002), es una dorada decadencia, con producciones muy costosas en la línea del más puro Hollywood y sin la personalidad que le convirtió en uno de los renovadores del cine americano en los 70.

Además, la historia de Howard Hughes ya había sido contada, aunque bajo capa de ficción, en Los insaciables (1964). Esta biografía es más fiel pero menos amena que ese precedente y no por ello más verosímil, empezando por un reparto decepcionante: Cate Blanchett (aunque ganadora de un Oscar) no recuerda a Katharine Hepburn y Kate Beckinsale y Gwen Stefani ni de lejos tienen la personalidad de Ava Gardner y Jean Harlow. La frustración italoamericana se extiende a Leonardo DiCaprio: rememora a Hughes con talento sin conseguir transmitir su faceta excepcional.

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