08 julio 2013

La Fórmula 1 es un área reservada

La pregunta se repetía en el estreno de la carrera urbana española: «¿Tienes invitaciones para la fiesta esa de la Fórmula 1?». Y el énfasis se ponía en lo de esa, señal de misterio. Desvélomoslo de una vez: la «fiesta esa» fue el cierre del fin de semana en el Amber Lounge, el mayor jolgorio nocturno que acompaña al espectáculo de los monoplazas, con sede recién inaugurada en Valencia. En la madrugada de domingo al lunes, la ciudad mediterránea clausuró su primera edición del Gran Premio de Europa con siete horas de barra libre a 375 euros por cabeza. Uno de los ansiados pases all included, de color oro y forma de pulsera, testigo directo de la celebración más exclusiva, costosa e íntima que acompaña al circo de Alonso y compañía por todo el globo.

Justo a medianoche del domingo pasado, el club de fútbol más rico de la ciudad se jugaba la Supercopa de España en Madrid; también hacía nueve horas, 59 minutos y 32 segundos desde que el piloto asturiano había depositado en los talleres de Renault su siniestro total. Pero lo que importaba era que el Amber Lounge comenzaba a coger temperatura. Una velada trasnacional, con el color de los euros como variante inmutable. Valencia mascaba la resaca de cuatro días de decibelios y de exposición global. La Fórmula 1, con el asturiano como motivo, atracó en la dársena de la Copa América, con vocación de continuidad y hambre colonizadora. Pero, con los motores ya fríos, la última parada de la carrera estaba prevista a medianoche.

Pomposo repostaje, con cubiteras gigantes, jaimas con velas y sofás blancos. Lugar: el flamante Hilton de la ciudad. Hora: a partir de las diez. Excusa: cualquiera vale, siempre que la discreción, los billetes y el espíritu encajen en la filosofía de este show de monoplazas que se ha incrustado en la vida cotidiana de los españoles.

«Buenas noches, caballero. Permítame acompañarle». La recepción en el Hilton era de seis estrellas, con una decena de chicas vestidas de negro, pidiendo primero las escarapelas oficiales con firme elegancia, antes de ofrecer sonrisas sin freno a la hora de explicar las normas de la reunión. Primero, básico, bajo amenaza de expulsión -seas quien seas-: fotos no. «A ellos, como es lógico, no les gusta», explican desde el recibidor donde se recoge la entrada en forma de acreditación para colgar del cuello. El «ellos» va referido a los vips que detrás de las cortinas de franela comienzan ya en la medianoche con los primeros tragos de espumoso. Y sí, hay rostros conocidos, con los pilotos a la cabeza. Con ellos, intiman los jerarcas del inmenso negocio de la F1 que deciden finalizar el gran premio con una juerga de purpurina, camisas blancas entalladas y tacones altos.

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