20 junio 2013

Mujer con la lengua afiliada

De todos modos, lo intentaría, y después de seguir la ribera otros tres kilómetros, llegó a la vía romana que se dirigía hacia el norte. Lockhart la cruzó y siguió a campo traviesa mientras, a sus espaldas, el pinar oscuro que rodeaba el embalse se iba volviendo más y más pequeño. 

Más allá quedaba Britherton Law y veintisiete kilómetros de campo raso. Aquella noche tendría que dormir fuera de casa, pero sabía de una granja con paja en los establos abandonada desde hacía largo tiempo. Pasaría la noche allí y a la mañana siguiente bajaría por el valle Farspring hasta Divet Hall. 

Mientras caminaba, se agolpaban en su mente palabras extrañas procedentes de algún recoveco de su personalidad que no le era del todo ajeno pero que, sin embargo, siempre había ignorado. Le llegaban en fragmentos de canciones y rimas que le hablaban de cosas que nunca había vivido. Lockhart dio rienda suelta a sus pensamientos sin preocuparse de por qué ni de dónde venían. Aquella noche le bastaba con estar solo y poder caminar por sus tierras de nuevo. A medianoche llegó a la granja de Hetchester y, tras deslizarse al interior por el hueco que en otros tiempos ocupaba el portalón de la entrada, se preparó un lecho de paja en los antiguos establos. La paja olía a humedad y a viejo, pero se encontraba cómodo y se quedó dormido al poco rato. 

AL alba ya volvía a estar en pie y en marcha, pero eran más de las siete y media cuando cruzó Farspring Knowe y contempló desde la cima el frondoso valle. Divet Hall quedaba tan sólo a un kilómetro y medio de distancia y se divisaba ya el humo que salía de la chimenea. Encontró a la señorita Deyntry despierta y rodeada de perros, gatos, caballos, loros y hasta de un zorro domesticado que rescató de las fauces de una manada de perros que estaban despedazando a su madre. A los cincuenta años, la señorita Deyntry estaba en contra de los deportes sangrientos con la misma vehemencia con que se había entregado a ellos en su loca juventud. 

También estaba en contra de la raza humana y era muy conocida por su misantropía, actitud que la gente solía atribuir al hecho de que le hubiesen dado calabazas en tres ocasiones. Fuera cual fuere la causa, todos coincidían en que tenía una lengua muy afilada y solían huir de ella. Los únicos que no la evitaban eran los vagabundos y unos cuantos gitanos nómadas que seguían viviendo como antaño. 

Conocidos antiguamente como alfareros, por su costumbre de hacer vasijas de barro cocido en invierno para venderlas en verano, tenían aún unos cuantos carromatos por el campo y en otoño acampaban en un prado, justo detrás de Divet Hall. Al bajar de costado por la empinada ladera, Lockhart vio un carromato y un perro empezó a ladrar. Al poco rato, el jardín zoológico de la señorita Deyntry seguía su ejemplo. Lockhart abrió la puerta de la cerca a una cacofonía de perros, pero los ignoró como había ignorado todo lo demás, pasó por delante de ellos sin detenerse y llamó a la puerta. Pasados unos momentos la señorita Deyntry apareció en el umbral. Llevaba una bata que se había confeccionado ella misma, guiada por criterios más de orden práctico que estético, con la pechera llena de bolsillos. La señorita Deyntry era más decorativa que atractiva, y también arisca. 

-¿Quién eres? -le preguntó, después de examinar a Lockhart y reparar en la brizna de paja que traía enredada en el pelo y en la barba sin afeitar con una mirada de aprobación casi imperceptible. A la señorita Deyntry no le gustaba la gente exageramente aseada -Lockhart Flawse -repuso Lockhart con la misma brusquedad que había la mujer al hacerle la pregunta.

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