27 mayo 2013

Relación de Dios y Solchaga

Han tenido que venir los socialistas, ha tenido que venir un Estado aconfesional y un Gobierno ateo para que los curas consigan cobrar un impuesto religioso. Franco nunca se hubiera atrevido. Franco andaba bajo palio, siempre muy aforrado de obispos, de modo que hubiera sido nepotismo conceder el cobro de un impuesto católico a la Iglesia española. Sus curas habían bendecido los crímenes del Glorioso Alzamiento y habían luchado junto a los moros de Alá contra los paisanos de su parroquia. Franco mató mucha gente, pero sabía guardar las formas, era un dictador aseado y jamás habría incurrido en la demagogia de un impuesto celestial sobre el pueblo español. Sólo Solchaga , laico, aséptico y macroeconómico, puuede permitirse pedirnos dinero para la clerecía sin levantar sospechas. Nada como un socialismo obrero, un partido descamisado y un Estado laico y social para que los banqueros y los arzobispos hagan carrera. 

El nacionalcatolicismo, como tiene el cielo comprado por parcelas desde los tiempos en que Dios era de la CEDA, o sea de Gil Robles, no le debe nada a la Iglesia. Pero los «buenos marxistas» de Tierno y los buenos socialistas de Felipe necesitan ganar indulgencias todos los días, y mayormente ganar votos, que han dicho los analistas que al PSOE le votan los burgos podridos, y en los burgos podridos se va mucho a misa, aunque no haya una boda ni nada, sino porque no hay otra cosa que hacer y teatro sólo echan una vez al año, por el Cristo, que van los cómicos de Madrid. Entre Felipe y Solchaga, que son dos listos, se han sacado, de acuerdo con Tagliaferri (el Nuncio es en Madrid todo un partido, lo que De Gaulle llamaba «el partido del extranjero», por los comunistas), ese impuesto sugerido y sugerente, optativo y suasorio, que tiene, naturalmente, mucha más fuerza de persuasión que si fuese obligatorio (la Iglesia apela sabiamente, como siempre, a la libertad de conciencia: su gran arma es la duda bien administrada, su más intelectualizado tormento no es la hoguera, sino la incertidumbre). 

De otra parte, el impuesto obligatorio ya lo tienen asegurado, pues que disfrutan de una subvención estatal que pagamos todos los españoles, tanto el beato como el budista, el relapso como el menonita, el ateo como el mormón, el presidente de cofradía como el anticlericalote, usted, yo y el adventista del Séptimo Día, que también hay. Lo que estos sociatas no saben, porque son rojos desde pequeños y nunca fueron a la catequesis, es que la Iglesia es eterna por insaciable, o a la inversa, y ya están pidiendo que se les aumente la subvención oficial o beca/bolsa de estudios, que entender/explicar eso de la Santísima Trinidad requiere mucho estudio. Sólo un Gobierno de Izquierdas, ya digo, puede llegar a tanto sin levantar calumnias de beatería. Hay que pagar bien a los obispos vascos para que sigan echándonos homilías etarras, que es que las bordan. 

Dice la papela tributaria que si no asignamos esa limosna a la Iglesia, pasará a «otros fines de interés social», y me pregunto yo cuáles: ¿el cultivo y fomento de la seta y el champi para exportar y copar el Mercado Común? ¿La alfabetización de los académicos? ¿La promoción universitaria de la carrera de binguera para chicas privadas de ambiente familiar, El Rastrillo? Los archiarzobispales dicen todos los días que la Iglesia ha de ser independiente, autónoma, y parece que tienden a un Dios autogestionario, al mismo tiempo que se trabajan el impuesto voluntario, que yo llamaría, sí, impuesto de conciencia, o sea el peor, más el aumento del impuesto franquista o de toda la vida. Es la vieja doble política de los padres procesales y los sacristanes de pueblo. 

El socialismo, después de siglos, ha derrotado al nacionalcatolicismo en todos los frentes y feligresías, basílica por basílica y hasta reclinatorio por reclinatorio, pero el nacionalcatolicismo vuelve por la puerta de la sacristía, vendiendo votos (como antes vendían bulas) a González, que quiere ser el Felipe de todos los españoles. El cepillo de las ánimas, la hucha del Domund y los sellos para los chinitos eran procedimientos artesanos de una Iglesia catacumbal. Ahora nos hacen luz de gas con algo mucho más teológico, cardenalicio y florentino: el impuesto de conciencia.

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