29 mayo 2013

Berlín es una fiesta

Estamos acabando el siglo y todavía el amor mueve montañas. El amor a la libertad ha convertido a Berlín en una fiesta. El muro de la intransigencia, de la vergüenza, se ha desmoronado. No se puede ponerle muros al campo, y el de Berlín -tema fijo en todas las revistas, esta semana- acabará siendo comercializado por algún suizo avisado y sus ladrillos se expandirán, con IVA o sin IVA, como reliquias del pasado, como chucherías turísticas. 

El amor está pulverizando la Torre Picasso -tótem o tabú de esta España, que necesita qué le echen cristianos a los leones en ese «pan y circo», y que así lo detectan por escrito sesudas sociólogas del ámbito íntimo como Carmen Posadas, a ella iremos líneas más abajo, y en consecuencia los buitres planean en torno. Para Cambio 16 que, aunque tarde y moderadamente, se incorpora a este folletín postmoderno, a este cantar de ciego por entregas, «poderosos inversores acechan la tormenta sobre Torre Picasso» y cree ver, en el reportaje con que se inicia su información nacional, en lo alto, al borde del precipicio, con los pies por delante, a los propios Albetos. El amor va a hacer que Alberto Cortina se desligue y que su marcha tenga un precio. Esta semana la cotización ha bajado: seis mil millones de pesetas. 

El amor hizo perder la cabeza, en su día, y la compostura -no así, tal vez, la postura- a Marta Chávarri, cuya historia supersecreta es contada, por entregas, a partir de ya, en Lecturas: El periodista Paco Ordóñez, colaborador fijo de la Agencia EFE, relata, en ese estilo «falso/nuevo periodismo» con el que se cuentan, ahora, las cosas, el romance de la casada infiel. El amor, ay, amor, cuando lo es, lo es, loco e imprudente, o si no, no es. Veamos, como muestra, un fragmento de la verbena. Protagonistas, Manuela Argenta, al servicio de los señores de Falcó, y la marquesita, joven y pizpireta. . «Bueno, pues resulta -habla Manuela- que ella tenía un pañuelo que le había dejado Alberto Cortina de él, grabado con las iniciales suyas encima de la cama. Yo le tuve que decir: «Pero señora ¿cómo deja usted esto aquí?» «Ay Mamela, es que no quiero separarme de ninguna cosa suya. 

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