06 mayo 2013

Año cero en Berlín

Dos barrios siameses. Uno es punk, turco, revuelto, noctámbulo, violentamente ramificado. El otro es anticuado, frustrado, silencioso, sordamente explosivo. Uno, Kreuzberg, está en el Oeste. El otro, Prenzlauer Berg, está en el Este. Están uno enfrente del otro, a unos cientos de metros y sin embargo el uno es inaccesible, por ahora, para el otro. En Kreuzberg, BerlínOeste, viven Elka y Detlef desde que saltaron el muro este verano. En Prenzlauer Berg, Berlín Este, viven Thomas, Volker y Dominik. La postal pasa de mano en mano. «Muchos besos. Todo va bien». 

Elka la ha firmado con un corazón herido atravesado con una flecha. Llevaba dos años intentándolo todo para irse legalmente al Oeste. Incluso había rellenado un formulario de los que arreglan un matrimonio con un compañero de Alemania Federal. Pero este verano la frontera húngara se abrió milagrosamente y la tentación fue demasiado fuerte. No lo dudó, todo su equipaje fue un bolso de mano. Elka se fue a través del campo hacia Austria y la libertad. Un rodeo de 2.000 kilómetros para finalmente llegar al otro lado del muro, en Berlín Oeste. Es la primera vez que la pandilla de Prenzlauer Berg tiene noticias de ella. Thomas está emocionado. Este verano acompañó a Elka hasta la frontera. Pasaron juntos él último día en Budapest, charlando en un baño turco, despidiéndose con calma. Elka se fue y Thomas volvió a Prenzlauer Berg solo, un poco derrotado. Actualmente está algo, desorientado. «Cuando regresé atrás las vacaciones, unos veinte amigos ya no estaban aquí. Se han ido sin dejar ninguna dirección. Fue una extraña sensación. 

Tuve la impresión de un vacío terrible y me pregunto qué es lo que voy a hacer. Preferiría quedarme aquí, pero tengo treinta años, e incluso si las cosas comienzan a moverse en la RDA, no me apetece esperar diez años para poder vivir como quiero. El tiempo pasa rápidamente». Para este joven, la apertura del muro sólo le infunde esperanzas a largo plazo. Demasiado tiempo quizá.

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