21 abril 2013

Sandra Bullock es muy discreta

Muchos aficionados al cine saben que un «Mac Guffin», tal como lo definió y lo utilizó Alfred Hitchcock, es el truco, el pretexto o la complicidad que sirve para desencadenar los resortes dramáticos de una película de intriga o de acción, una fórmula sofisticada, un perverso plan, un documento importantísimo, secretos de Estado, cualquier cosa que sea más inquietante que concreta.

La red sigue el patrón de muchas películas de Hitchcock, en especial el de Con la muerte en los talones, para contar la angustiosa peripecia de una mujer, una especialista en informática aislada ante la pantalla de su ordenador y acostumbrada a la solitaria charla de las autopistas informáticas, que se ve asediada por un enigmático enemigo cuando por casualidad llega a su poder un poderoso programa capaz de paralizar aeropuertos o alterar las cotizaciones de la bolsa. 

En el negro panorama que se le presenta hay gente que muere a su alrededor, ella misma pierde su identidad y el único amigo que la conoce físicamente, ve amenazada la integridad de su madre y para proteger la suya propia, debe recurrir a la violencia y a sus conocimientos profesionales.

Los ingredientes son idóneos para un relato intenso y movidito, sin embargo, hay algo que no acaba de funcionar. La lógica narrativa permite una gran libertad a la hora de elegir el pretexto, en este caso la maléfica capacidad de una oscura organización para manipular intereses mundiales, pero exige a su vez un gran rigor en el desarrollo para que el conjunto resulte verosímil. 

La red se sigue en términos generales con agrado, en buena medida por la convincente interpretación de Sandra Bullock, la protagonista absoluta, pero los guionistas se permiten excesivas licencias en su construcción, demasiados puntos oscuros, demasiadas cosas que ocurren casi porque sí, sin explicación, o se esconden en el indescifrable y frío dialecto de la informática. Irvin Winkler es un veterano cineasta que ha mantenido una línea más que interesante como productor, pero en sus escasas incursiones en el terreno de la dirección se ha mostrado más voluntarioso que verdaderamente acertado.

Sus intenciones siempre son buenas, abanderando incluso un inusual movimiento progresista dentro de la industria americana, como ilustra el argumento de La caza de brujas o la advertencia escondida sobre los peligros de una dictadura informática en las imágenes de La red, pero no acaba de encontrar la fuerza necesaria para hacer que una película vaya más allá de la discreción.

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