24 abril 2013

Amanda Seyfried vestida de rojo

El dulce y tierno envoltorio no delata la tormenta de emociones que esconde en su interior. Tras el aire angelical, de ojos azules y labios inmaculados, hay una rebelde con causa, una mujer de 25 años con más kilometraje de lo habitual y ganas de vivir el momento. Lleva unas semanas en el top ten de búsquedas en internet (véase Google y Yahoo) expuesta al mundo más que nunca por ser la cara de Caperucita Roja, en una nueva versión de la directora de la saga de Crepúsculo, Catherine Hardwicke, con más morbo, sexo y efectos especiales de lo que cualquiera que escuchó el cuento de pequeño podría esperar.

Pese al revuelo que está generando su aventura en Estados Unidos -bajo el título original de Red Riding Hood-, Amanda Seyfried (Allentown, Pennsylvania, 1985) se lo toma con cierto aire de indiferencia, como si ya estuviera de vuelta de todo. Puede que sea por el cansancio acumulado en sus delgadas piernas, de apariencia frágil como el cristal, después de varias rondas de entrevistas y actos para promocionar la película. De hecho, justo antes de empezar la charla, en el último piso de un vetusto hotel de Los Ángeles, planta sus zapatos negros de tacón sobre la mesa de cristal, se recuesta en el sofá y contesta rozando el susurro, como desganada, pero con tino y sin cortapisas. Después de unas cuantas temporadas, ya sabe de qué va el negocio.

Empezó con nueve años en el mundo de la actuación, y con 11 en el del modelaje, además de estudiar ópera y cinco años con un profesor de canto en Broadway. Consiguió su primer papel importante junto a Lindsay Lohan en Mean Girls, en 2004, y desde entonces no ha parado de meter la cabeza en cintas como Nine Lives (Nueve Vidas, 2005), Mamma Mia (2008), Chloe (2009) y Letters to Juliet (Cartas a Julieta, 2010). Hubiera sido meteoróloga de no mediar el mundo del cine y apuntaba maneras jugando al tenis, pero lo dejó. Dice que es directa con el sexo, que su sarcasmo le ha metido en problemas y que ahora no está con nadie, aunque sueña con tener niños algún día, entre rodaje y rodaje, es de suponer.

YO DONA. Por trascendencia, ¿diría que, hasta la fecha, este es el personaje más importante de su carrera?

AMANDA SEYFRIED. No, no creo, puesto que no es un papel rompedor y tampoco busco que lo sea. Me parecía interesante expandir la idea original para llegar a una audiencia contemporánea. Pese a que no es mi interpretación más importante, sigue siendo un reto emocionante (dice bostezando para pedir perdón un segundo después).

Entonces, ¿no le preocupa la exposición ni la notoriedad?

Para nada. Eso es algo paulatino, por lo que no creo que sea mi momento de gloria ni nada parecido. Ya he tenido mi cara en pósters por toda la ciudad y no siento que sea un cambio muy diferente en mi vida, quizá por la manera en que lo manejo.

¿No tiene un plan para capitalizar el momento?

Creo que el momentum para mí es ser consistente, quizá por el hecho de que llevo rodando películas mucho tiempo. Hago varias cada año y el trabajo ya es suficiente recompensa, incluso si la gente no las ve. Lo importante es que hay mucho terreno para crecer.

Dijo en una ocasión que el papel de 'Mamma Mia' se ajustaba como un guante a su personalidad. ¿Le pasó lo mismo en 'Caperucita roja' ?

Sé que había muchas posibilidades, y me sorprendió mucho que Catherine (Hardwicke) me eligiera. Después me volví un poco reticente a participar, tanto por la historia como por la versión a elegir. Era una enorme responsabilidad para todos, por el hecho de que el mundo entero conoce el cuento. Era importante que no le quitáramos la esencia y no corromper el relato. Sin embargo, después de ver el guión, el enfoque me convenció.

Esta caperucita tiene un lado oscuro. ¿Qué hay del suyo?

Ahí está. Por supuesto que lo tengo. Puedo ser morbosa, retorcida y hacer chistes muy verdes. Tengo un sentido del humor bastante particular.

¿Ha aprendido a controlarse de cara a la industria?

Sé que tienen unas normas bastante estrictas y me cuesta mucho no decir lo que me pasa por la cabeza, pero entiendo cuando un comentario es adecuado y cuando no debo hablar.

Si no hubiera límite alguno en lo que pudiera otorgarle una fuerza superior, ¿cómo sería su carrera?

Pediría hablar muchos idiomas para poder rodar en el extranjero. Ser como Kristin Scott Thomas, que hace películas en inglés y francés y tiene muchas formas de comunicarse. Sería fascinante conectar con un mundo al que no puedo acceder enteramente por no dominar el idioma.

¿No pediría más confianza en sí misma para afrontar momentos complicados?

(Niega con la cabeza antes de contestar). Tengo mucha, y sé lo que quiero en general. Creo que sé quien soy. Aunque aún hay miedos que a veces me quitan la confianza, estoy aprendiendo a eliminarlos.

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