11 febrero 2013

Cualquier cosa menos una historia de amor

Yo empecé en esto como quien no quiere, de forma ocasional. Ya sabes, la francachela de los amigos... Vivía en Villaverde, y allí le daba al vino y a la cerveza. Era muy tímido, recuerdo. En aquella época buscábamos la sombra de los guateques. El caso es que me eché novia, pero tuve que dejarla para marcharme a la «mili». Me tocó Melilla, que en aquellos tiempos era como la muerte. Y allí, no sé si por la distancia, tal vez una soledad mal disimulada, me enganché fuertemente en el alcohol, en esta droga... Tan fuertemente que me tenían que subir en volandas al autobús para llegar al campamento. Terminé la «mili», volví con mi novia y me acabé casando. Entonces era un bebedor que abusaba, pero tenía mucho, mucho aguante...

iMe agarraba unos «pedos» de no te menees! ¿Sabes? En aquellos tiempos se estiraba el macho, macho. Y en mi caso el macho se hartaba de juergas. Me daba muchas «espantadas». Daba el «sablazo» a los amigos y a la familia, desaparecía así, de pronto. Me fui hundiendo, cada vez más, y empecé a perderlo todo: la familia, un trabajo de bastante responsabilidad en una empresa... Pasé ni se sabe cuánto tiempo así, en medio de un mar de dudas. Bebía sólo cerveza. Eso sí, hasta cuarenta o cincuenta tercios en un día. Yo dependía físicamente del alcohol, pero no he sabido nunca lo que es el «mono». Eso sí, cuando empecé a dejarlo me pasé noches enteras sin poder dormir.

Tenía dos críos, ¿sabes? y yo cada día me daba más asco. Hacía verdaderas aberraciones y la gente se hartaba de mí. Estaba hecho polvo. Yo mismo me repetía: «Chico, si te quitas de enmedio dejas de hacer sufrir a la gente, ya está bien». Yo he intentado matarme varias veces con el coche, quería terminar con todo. Una vez tuve un accidente muy grave, dos vueltas de campana. Pero al final, nada. Me encontré con ese ángel que tienen los alcohólicos y que les salva en el último momento. Un día, en una de esas «espantadas» acabé en un pueblecito de Toledo. Estaba sin un duro y me fui a un comedor de Cáritas.

Le conté mi vida a una asistenta social de 18 años. Se llamaba Inmaculada, aún me acuerdo de ella. Me dijo que era muy joven para matarme. Me dio una dirección, la de la Asociación de Alcohólicos Rehabilitados de Madrid. Y allí fui, con diez o doce cervezas en el cuerpo, pensando qué sé yo, que me iban a poner una camisa de fuerza. Pero me encontré con un ex alcohólico que me dijo que esto era exacatamente igual que una droga y que tenía que desintoxicarme. Y ahí empezó el camino de la recuperación. Se dice fácil: veinticinco años, veinticinco años como un túnel en mi vida. Esto era en el 86 y yo ya me había separado, en 1981, el mismo día que el golpe de Estado. Yo no me siento culpable de la ruptura. El caso es que me separé o nos separaron: se unieron todos contra una causa común. De aquella etapa prefiero no recordar nada, ni siquiera veo a mis hijos. Yo prefiero hablar del nuevo Julián Izquierdo, del hombre que empezó a fraguarse desde el momento en que integré en un grupo de autoayuda. Desde el 14 de marzo del 86 no pruebo una gota de alcohol.

Nos reuníamos una, dos veces a la semana. Compartíamos nuestras experiencias y nos echábamos una mano para salir de la droga. En el grupo conocí a Aria. El doce de octubre del 86 empezamos a salir juntos, lo llevamos inscrito en este anillo. No entendían nuestra relación, no comprendían que dos personas alcohólicas podían llevarse bien. Nos hemos ayudado mucho, sí, pero hubiéramos salido también cada uno por su lado. La soledad se cura de mil maneras sin tener que recurrir al alcohol. Cuando pasas por todo esto te quedan muy claras ciertas ideas. Por ejemplo, que el futuro de un alcohólico dura 24 horas, lo que tiene que aguantar sin beber para matar otro día.

Yo sé el daño que puede hacer esto, y me revienta ver a adolescentes con una «litrona» en la manó. Tenía que haber más control; esto no. puede seguir así. A mí no me importa dar la cara. He sido un enfermo, y aún sigo curándome cada día. Si la gente que tiene un problema, con alcochol son ya dos problemas. El otro día, viernes y 13, me dijeron que no me renovaban el contrato. Hay gente que sé ha llevado las manos a la cabeza: «¿Y qué vas a hacer ahora?». Pues mira, cualquier cosa menos beber. ANA (37 años) De pequeña siempre andaba con niños; nunca supe lo que era una muñeca. Yo me decía: «No soy menos que ellos y tengo que hacer las mismas cosas». Y, claro, bebía sin ser consciente que mi organismo era más débil. Estudié una carrera técnica; me marché a Inglaterra. Al volver me salieron buenos trabajos.

Entonces le conocí a él y nos casamos al poco tiempo. Mi marido empezó a sentirse importante, y la secretaria-jefa de administración de una empresa tuvo que cargar con su «yo» tan fuerte y recluirse en casa. Tuvimos un cría preciosa. Yo empezaba a pasar largas horas encerrada en casa, sin otra cosa que hacer que esperar a que viniera. Me deprimía muchísimo. El señor empezó a llegar cada vez más tarde a casa, y cuando estás sola esperando se te ocurre beber. Un «cubata», dos, tres... Llega un momento en que uno empieza a perder el, control sobre uno mismo, y encima estás junto a una persona violenta que descarga la mano sobre ti. Se le va tanto que un día tienes que recibir atención médica por su culpa... Decides separarte, empezar una nueva vida, pero cuando te quieres dar cuenta tienes al enemigo en tu propia casa. Empieza un quiero y no puedo. Encima resulta que eres una mujer y tienes que ocultarlo más todavía.

Y el médico... El médico no te hace caso, te manda unos tranquilizantes y resulta que es todavía peor. Yo estaba sola, con la cría... Me levantaba tiritando y tenía que desayunar güisqui con cerveza para que se me pasaran los temblores. Me dio por dejar de comer, me quería quitar la vida, y me vino una anemia de caballo. Un día, al regresar de la compra, me di cuenta de que no podía hacer una cuenta, y me precupé mucho, muchísimo. Fue mi madre quien me recomendó que vienera a la asociación: Había oído el teléfono en la radio y me lo dio para que llamara. El caso es que vine, me integré en un grupo de autoayuda y empecé a imponerme una disciplina: «Soy capaz de leer un libro», me decía. Y poco a poco lo fui consiguiendo Yo ya lo había dejado cuando conocí a Julián, pero me sirvió de mucho conocerle.

Nos reíamos mucho; hubo una emporada en que la gente iba al grupo de los sábados para reírse un rato. El y yo jugábamos al clásico juego de un tercero que no te entiende. El grupo me sirvió de mucho; lo utilizaba para aprender el mundo masculino. Y yo me sentía nueva, como su tuviera de nuevo 16 años. Me convencí de que era el mejor momento para hacerme a mí misma. Ahora tengo un trabajo y he empezado a estudiar Psicología. Nunca es tarde... ¿Si no estuviera Julián? Estaría sola con mi hija. Sola, pero sin probar una gota.

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